El mejor progreso tecnológico del año no fue deslumbrante: fue aquel que respetó a los usuarios, funcionó de verdad y supo cuándo apartarse.
Cada final de año invita al balance, pero en tecnología ese ejercicio se ha vuelto especialmente complejo. Durante demasiado tiempo, el sector ha confundido avance con omnipresencia, innovación con inevitabilidad y progreso con velocidad. El repaso de 2025 deja una sensación ambivalente: un año mayoritariamente positivo, aunque salpicado de excesos, errores y advertencias claras. La buena noticia es que, por primera vez en tiempo, los desarrollos más valiosos no han sido los más ruidosos.
Shira Ovide, columnista tecnológica de The Washington Post, propone una lectura que se aleja tanto del entusiasmo ciego como del pesimismo automático. Su balance anual pone el foco en algo esencial: qué avances han sido realmente útiles para las personas, no para las métricas de las grandes tecnológicas.
Una inteligencia artificial más discreta y por eso más valiosa
El gran protagonista del año volvió a ser la inteligencia artificial. Pero no en su versión más espectacular, sino en su forma más contenida, práctica y respetuosa. Frente a modelos invasivos, opacos o diseñados para absorber datos sin límite, surgieron alternativas que cuestionan el dogma dominante de Silicon Valley: que la IA debe ser omnipresente y obligatoria.
DuckDuckGo se convirtió en el ejemplo más citado. Su planteamiento es casi subversivo por simple: la IA debe ser útil, privada y opcional. Permite acceder a chatbots como ChatGPT sin que las empresas de IA puedan rastrear al usuario, y ofrece algo cada vez más raro: interruptores claros para apagar funciones algorítmicas. No es solo una decisión técnica; es una postura política sobre quién controla la tecnología.
Ese enfoque explica por qué Ovide señala a DuckDuckGo como la empresa tecnológica del año. Incluso para quienes no utilizan sus productos, su existencia demuestra que hay alternativas viables al modelo extractivo que domina el sector.
En la misma línea aparece el anuncio de un chatbot cifrado impulsado por Moxie Marlinspike, figura clave en el desarrollo de Signal. La expectativa no está en la novedad, sino en la posibilidad de establecer un estándar de conversación con IA que no sacrifique privacidad en nombre de la comodidad.
Buscar mejor, no buscar más: el giro pragmático de la IA
Otro cambio relevante fue la normalización de la IA como herramienta de búsqueda para tareas concretas. No sustituyó a Google ni al rastreo clásico de fuentes, pero sí se volvió útil para preguntas específicas, investigaciones preliminares o consultas que los buscadores tradicionales resuelven mal.
El valor está en la escala adecuada. Nadie afirma que estas herramientas transformen la vida cotidiana, pero sí que ahorran tiempo y orientan mejor el trabajo intelectual, siempre que el usuario mantenga criterio y contraste. Esa es la clave del año: la IA funciona mejor cuando acompaña, no cuando pretende reemplazar.
Los problemas estructurales siguen ahí —consumo energético, riesgos laborales, impacto sobre medios y creadores—, pero el debate de 2025 fue menos ingenuo. La pregunta dejó de ser “¿podemos hacerlo?” para pasar a “¿deberíamos hacerlo aquí?”.
El gran fiasco: los agentes de IA que prometían hacerlo todo
Si hay un consenso claro sobre el fracaso del año, es el de los agentes de IA autónomos pensados para ejecutar tareas cotidianas completas: comprar, reservar, decidir. Salvo en ámbitos muy delimitados, como la programación, el resultado fue decepcionante. Sistemas frágiles, errores encadenados y promesas incumplidas.
Más allá de lo anecdótico, este fracaso reveló algo importante: delegar sin supervisión no es eficiencia, es irresponsabilidad. El entusiasmo por los agentes contrastó con una realidad tozuda: muchos usuarios no quieren renunciar al control, y menos aún a cambio de resultados mediocres.
El dato más inquietante del año es otro: mientras el uso de IA crece, la desconfianza hacia ella también. No es una contradicción, es una señal de alarma. Usar una tecnología no implica creer en ella; a menudo significa no tener alternativa.
Una tecnología que sí bajó precios: la guerra móvil
En un contexto inflacionario, hubo una sorpresa positiva: el abaratamiento de los servicios móviles. La competencia feroz entre operadoras tradicionales y nuevos proveedores alternativos redujo tarifas y multiplicó ofertas. Es un recordatorio poco habitual de que la rivalidad empresarial, cuando existe de verdad, puede beneficiar al consumidor.
El reverso de la moneda apunta a 2026: el encarecimiento probable de portátiles y otros dispositivos, en parte por la presión de los costes asociados a la IA. El progreso tecnológico no es gratis, y alguien termina pagándolo.
Tecnología como herramienta de empoderamiento colectivo
Más allá del mercado, 2025 ofreció recordatorios poderosos del potencial social de la tecnología. En Estados Unidos, trabajadores públicos recurrieron a Signal y Reddit para organizarse, informarse y apoyarse frente a decisiones políticas abruptas. En países como Indonesia o Nepal, jóvenes utilizaron TikTok, WhatsApp o Discord para movilizar protestas, difundir mensajes y desafiar a élites políticas.
Estos movimientos evocaron ecos de la Primavera Árabe: la tecnología como catalizador, no como solución. Su impacto a largo plazo es incierto, pero su significado es claro: las plataformas digitales aún pueden amplificar voces que de otro modo quedarían al margen.
YouTube, el verdadero centro de gravedad cultural
Si hay una tecnología que definió 2025 por encima del resto, fue YouTube. No como red social más, sino como infraestructura cultural dominante. Supera a Facebook, TikTok e Instagram en uso, concentra más tiempo de visualización en televisores que cualquier otro servicio y ha desplazado a Hollywood como intermediario principal entre creadores y audiencias.
YouTube alberga desde imperios mediáticos personales hasta grandes eventos deportivos y culturales. Ha capturado atención, inversión publicitaria e influencia simbólica. Por eso, más que cualquier otra plataforma, define cómo se produce, distribuye y consume cultura hoy.
El segundo puesto lo ocupan los smartphones. Pese a los intentos de imponer gafas inteligentes o dispositivos dedicados a la IA, el teléfono sigue siendo el ordenador central de miles de millones de personas. Quizá el gran dispositivo de la era de la IA no sea nuevo, sino el que ya llevamos en el bolsillo.
Un año menos ingenuo, y por eso mejor
El balance tecnológico de 2025 no celebra milagros ni promete futuros deslumbrantes. Celebra algo más modesto y más valioso: tecnologías que empiezan a respetar límites, usuarios más conscientes y una conversación pública menos fascinada por el “todo es posible”.
No es poco. En un sector acostumbrado a la exageración, aprender a elegir cuándo usar tecnología —y cuándo no— puede ser el avance más importante de todos.
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