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El reto de la inteligencia artificial no es técnico: es educativo, social y moral, y definirá qué tipo de sociedad construiremos.

La transformación tecnológica ya no es una promesa ni una tendencia: es el entorno en el que vivimos. La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización transversal de procesos están redefiniendo la economía, el trabajo, la educación y la forma en que nos relacionamos. En este contexto se sitúa el nuevo libro de Antoni Garrell Guiu, La segona revolució digital: una nova era per a la humanitat, una obra que propone una lectura crítica y humanista del cambio en marcha y plantea una tesis clara: la gran cuestión no es qué puede hacer la tecnología, sino cómo decidimos convivir con ella.

El libro no se limita a describir avances técnicos. Propone un marco de reflexión sobre el impacto estructural de la segunda gran ola digital —marcada por la inteligencia artificial— y sitúa el foco en la responsabilidad colectiva. No es un texto de fascinación tecnológica, sino de advertencia constructiva: sin pensamiento crítico, ética aplicada y educación digital, el progreso puede derivar en exclusión, manipulación y pérdida de autonomía personal.

No es solo digitalización: es un cambio de condición humana

Una de las aportaciones centrales del libro es conceptual: la actual fase tecnológica no es una simple continuación de la primera digitalización (internet, software, movilidad), sino un salto de naturaleza distinta. La IA ya supera la capacidad humana en múltiples tareas analíticas, de cálculo, clasificación y generación de contenido. Sin embargo —subraya Garrell— sigue sin poseer empatía, intuición moral ni responsabilidad ética.

Esa asimetría es clave. La máquina puede optimizar, pero no deliberar moralmente. Puede decidir, pero no asumir consecuencias. Puede recomendar, pero no responsabilizarse. Por eso el autor insiste en que el debate no debe centrarse solo en capacidades, sino en marcos de gobernanza y cultura del uso.

La pregunta que recorre el libro es incómoda y profunda: ¿qué significa ser humano en un entorno donde sistemas no humanos participan activamente en la toma de decisiones, en la creación de conocimiento y en la mediación de nuestras relaciones?

No es una pregunta filosófica abstracta. Tiene derivadas directas en contratación laboral, evaluación educativa, selección de información, diagnóstico sanitario y diseño de políticas públicas.

El riesgo no es la máquina: es la sociedad sin criterio

Garrell desplaza el foco del miedo tecnológico al déficit formativo. El peligro no reside en que existan sistemas avanzados, sino en que la ciudadanía no disponga de herramientas críticas para entenderlos, cuestionarlos y condicionarlos.

La digitalización —explica— es transversal: atraviesa economía, empleo, educación, política, salud y relaciones sociales. Por tanto, no puede tratarse como un asunto sectorial. Requiere cultura cívica digital. Requiere alfabetización tecnológica. Requiere ética aplicada.

Tres conceptos aparecen como ejes de su propuesta:

  • transparencia
  • responsabilidad
  • pensamiento crítico

Sin estos tres vectores, el ecosistema digital tiende a concentrar poder, amplificar sesgos y favorecer la manipulación informativa. Con ellos, puede convertirse en una infraestructura de progreso compartido.

Redes sociales: del ágora digital al campo de distorsión

Una parte sustancial del planteamiento conecta con el deterioro del ecosistema informativo en redes sociales. El autor advierte que ya no son solo plataformas de conexión y promoción, sino espacios donde proliferan insultos, desinformación y manipulación emocional, con efectos especialmente intensos en menores y adolescentes.

No se trata —según su enfoque— de demonizar la tecnología, sino de reconocer su doble filo. Las redes pueden difundir conocimiento y colaboración, pero sin criterios éticos y verificación se convierten en aceleradores de confusión y polarización.

El impacto no es superficial:

  • afecta a la salud mental
  • condiciona la percepción de la realidad
  • altera la formación cívica
  • tensiona la convivencia democrática

El libro conecta este fenómeno con la necesidad de una cultura digital responsable, donde el uso de plataformas esté acompañado de educación en verificación, contraste y debate argumentado.

Menores, educación y límites inteligentes

Uno de los puntos más concretos del planteamiento es la cuestión de los menores. Garrell defiende que limitar el uso de redes sociales en edades tempranas no es censura ni miedo: es pedagogía y protección. No se trata de prohibición absoluta, sino de gradualidad y acompañamiento.

El paralelismo que propone es claro: igual que no se expone a un niño a ciertos riesgos físicos sin preparación, no debería exponerse a entornos digitales de alta carga emocional y manipulativa sin competencias previas.

Eso implica dos obligaciones simultáneas:

  1. establecer límites razonables de uso
  2. crear entornos educativos donde la tecnología sea aliada del aprendizaje

Escuela y familia deben integrar la tecnología con propósito formativo, no como simple entretenimiento o distracción. La competencia digital no es saber usar herramientas: es saber interpretarlas y cuestionarlas.

Organizaciones y liderazgo: estrategia o dependencia

El libro amplía la responsabilidad más allá de la escuela. Interpela a líderes políticos, empresariales y sociales. La adopción tecnológica sin estrategia ética puede generar dependencia de proveedores, opacidad decisional y automatismos irresponsables.

Las organizaciones —sostiene— deben formular estrategias inclusivas y sostenibles de digitalización. No basta con incorporar IA: hay que definir criterios de uso, supervisión humana, evaluación de impacto y mecanismos de corrección.

Esto incluye:

  • auditoría de sistemas
  • explicabilidad de decisiones automatizadas
  • protección de privacidad
  • evaluación de sesgos
  • gobernanza de datos

La segunda revolución digital exige dirección consciente, no adopción acrítica.

Libertad, creatividad e identidad en la era de la IA

Otro eje fuerte del texto es la dimensión existencial. Si la tecnología participa en la producción de ideas, arte, decisiones y relaciones, ¿cómo se redefine la creatividad humana? ¿Qué ocurre con la autoría? ¿Cómo se preserva la libertad cognitiva?

Garrell plantea que la clave está en mantener la capacidad de pensar por cuenta propia. La IA puede asistir, sugerir, acelerar. Pero delegar el juicio es otra cosa. La autonomía intelectual pasa a ser una competencia estratégica.

La creatividad no desaparece con la máquina —argumenta—, pero sí puede diluirse si el ser humano se acostumbra a aceptar respuestas sin proceso reflexivo. La comodidad algorítmica puede erosionar el esfuerzo cognitivo.

Progreso compartido o brecha ampliada

El libro advierte también sobre la desigualdad. La tecnología tiende a concentrar beneficios en quienes controlan infraestructura, datos y talento. Sin políticas activas, la digitalización puede ensanchar brechas sociales y territoriales.

Por eso insiste en que el conocimiento debe situarse en el centro. Conocimiento accesible, formación continua, reciclaje profesional y políticas de inclusión tecnológica son condiciones necesarias para que el avance sea colectivo y no elitista.

El progreso digital —según su tesis— debe medirse no solo en eficiencia, sino en equidad y cohesión social.

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