“Hay redes sociales que han entrenado IA para optimizarse y mantenerte dentro. Esa parte de la web es un problema.”
En el auditorio del Talent Arena —el gran encuentro de talento digital que acompaña al Mobile World Congress en Barcelona— Tim Berners-Lee, el ingeniero británico que creó la World Wide Web, puso palabras a una inquietud que recorre gobiernos, familias y escuelas: las redes sociales están diseñadas para retener atención, y ese diseño, cuando se combina con inteligencia artificial, puede convertir la experiencia de uso en un circuito adictivo especialmente dañino para los adolescentes.
Su receta fue clara y polémica: prohibir el acceso a redes sociales a los menores de 16 años, alineándose con el enfoque que ya ha adoptado Australia.
No se trata —según su planteamiento— de demonizar internet ni de renegar de la web que ayudó a nacer. Al contrario: Berners-Lee afirmó sentirse satisfecho con gran parte de la evolución de la web, pero confesó su decepción con las plataformas que han convertido la optimización algorítmica en una máquina para capturar tiempo y atención. En su diana citó explícitamente a TikTok como ejemplo de “algoritmos adictivos” y pidió a los desarrolladores que no diseñen productos “como TikTok”, recomendando modelos menos adictivos como Pinterest.
“Algoritmos adictivos”: cuando el producto es tu permanencia
La advertencia de Berners-Lee no es nueva en términos conceptuales, pero sí es relevante por quién la pronuncia. El creador de la web describió un patrón que hoy define a buena parte de la economía de las plataformas: sistemas que entrenan IA para maximizar la permanencia del usuario y, por extensión, la exposición publicitaria y la extracción de señales de comportamiento.
“Hay redes sociales que han entrenado la inteligencia artificial dentro de sus sistemas para optimizarlos y mantener a la gente en su plataforma”, dijo, antes de rematar: “estas partes de la web son un problema”.
En su intervención, el problema no es la IA en abstracto, sino la función objetivo: si el sistema está optimizado para retención, el incentivo a empujar contenidos extremos, emocionales o compulsivos crece. Y ahí el menor es el eslabón más vulnerable: menos autonomía, más presión social, más exposición a bucles de comparación, validación y ansiedad.
Australia como laboratorio: prohibición, multas y cuentas bloqueadas
Berners-Lee citó Australia como referencia y explicó que allí habló con niños y adolescentes sobre la medida. Su impresión fue que sus opiniones eran “matizadas” y que muchos no se oponían: algunos, dijo, descubrieron que un mundo en el que podían jugar con sus amigos sin teléfonos resultaba “bastante gratificante”.
Australia ha ido más lejos que la mayoría de democracias occidentales con una ley que obliga a bloquear el acceso a redes sociales a menores de 16 y prevé sanciones millonarias para las plataformas si no toman “medidas razonables” para impedir cuentas de menores. Reuters sitúa el inicio operativo del bloqueo en diciembre de 2025 y recoge penalizaciones de hasta 49,5 millones de dólares australianos.
En paralelo, se han publicado cifras de millones de cuentas revocadas en las primeras semanas de aplicación.
El debate de fondo, sin embargo, no es solo si la restricción funciona en términos administrativos, sino qué coste colateral genera: desplazamiento de menores a plataformas “gris”, suplantaciones, mercado de identidades digitales, o presión hacia métodos intrusivos de verificación.
El gran escollo europeo: verificar la edad sin romper la privacidad
En España —donde la restricción a menores de 16 también se ha colocado en el centro del debate político y social— el punto más espinoso no es el titular, sino la ejecución: ¿cómo verificas la edad sin construir una infraestructura masiva de vigilancia o recolección de datos sensibles?
En análisis recientes se subraya que los sistemas basados en DNI, biometría o pruebas de identidad abren riesgos claros: almacenar imágenes faciales o documentos, crear bases de datos atractivas para ciberataques, o empujar a soluciones que chocan con la protección de datos. También se menciona que métodos “blandos” (comportamiento, geolocalización) pueden ser poco fiables o discriminatorios, y que herramientas como VPN podrían facilitar la elusión.
En ese marco aparece una alternativa que encaja mejor con el estándar europeo: credenciales que prueben “mayoría de edad” sin revelar todo lo demás (principio de minimización), por ejemplo mediante identidad digital y pruebas criptográficas. La idea es sencilla: demostrar que tienes 16+ sin entregar tu nombre, tu cara o tu número de documento a cada app. La práctica, de momento, es compleja y desigual.
La paradoja: prohibir puede exigir más datos que permitir
Aquí está el dilema que atraviesa la discusión: una prohibición bienintencionada puede empujar a un escenario peor si la única forma de cumplirla es obligar a todos —adultos incluidos— a pasar por controles de identidad agresivos.
Ese es el equilibrio que Berners-Lee parece sugerir cuando distingue entre “web” y “plataformas adictivas”. Su crítica no pide una internet cerrada, sino redes diseñadas con límites, donde el crecimiento no dependa de capturar el máximo tiempo posible.
Barcelona, Talent Arena y el retorno a la filosofía original de la web
El contexto de su charla también importa: el Talent Arena se presenta como un evento europeo centrado en talento digital y comunidad de desarrolladores, co-ubicado con MWC y con foco en habilidades técnicas.
Allí, Berners-Lee recibió el aplauso del público no solo por “haber inventado la web”, sino por una decisión clave: hacerla libre de regalías para que pudiera usarse de forma masiva. En su explicación, recordó que otros sistemas paralelos —como Gopher— no prosperaron, entre otras razones, por ser más restrictivos.
Ese recordatorio funciona como mensaje político: internet creció porque fue abierta, interoperable y accesible. La cuestión, treinta años después, es si esa apertura puede convivir con plataformas cerradas que, gracias a IA y diseño persuasivo, maximizan retención y dependencia.
¿Prohibición o rediseño? El debate que se abre
La intervención de Berners-Lee empuja el debate hacia dos carriles que no son incompatibles:
- Edad mínima y protección del menor, con límites claros a productos que explotan atención.
- Rediseño de plataformas, para que la calidad del servicio no dependa de patrones adictivos.
En la práctica, los legisladores tienden a actuar por el primer carril porque es más visible y más rápido (límites de edad, sanciones, obligaciones). Los tecnólogos y diseñadores tienen más palancas en el segundo (recomendación menos agresiva, feeds opt-in, límites por defecto, transparencia algorítmica, controles parentales reales, auditorías).
La clave es que, en la boca del creador de la web, el debate deja de ser una pelea partidista y se convierte en una pregunta fundacional: ¿qué tipo de red queremos cuando la atención humana es el recurso más explotado?