Skip to main content

El “Nobel” de la informática entra en la era cuántica: Bennett y Brassard reciben el Turing por cambiar para siempre la idea de información. El Premio A.M. Turing 2025 reconoce a Charles H. Bennett y Gilles Brassard no solo por haber abierto la criptografía cuántica con el protocolo BB84, sino por haber ayudado a fundar toda una disciplina: la ciencia de la información cuántica, hoy en la base de la computación cuántica, la teleportación cuántica y las nuevas arquitecturas de comunicación segura.

La Association for Computing Machinery ha decidido que el máximo reconocimiento de la informática, el Premio A.M. Turing 2025, recaiga en dos nombres que durante décadas han trabajado en una frontera donde la física y la computación dejaron de ser mundos separados: Charles H. Bennett, de IBM Research, y Gilles Brassard, de la Université de Montréal. El anuncio no distingue únicamente una carrera brillante ni una colaboración histórica. Señala algo más profundo: que una parte decisiva del futuro de la informática ya no puede explicarse sin la mecánica cuántica, y que la disciplina que hoy llamamos ciencia de la información cuántica tiene en Bennett y Brassard a dos de sus arquitectos fundamentales.

La formulación oficial del premio es muy precisa. ACM les concede el Turing por su “papel esencial” en el establecimiento de los fundamentos de la ciencia de la información cuántica y por haber transformado la comunicación y la computación seguras. Esa redacción importa porque no se limita a premiar un hallazgo aislado. No dice solo que inventaron una técnica concreta. Dice que ayudaron a fundar un campo entero. Y en un momento en el que la computación cuántica ha pasado de ser una especulación académica a convertirse en una carrera científica, industrial y geopolítica, ese reconocimiento tiene un peso simbólico enorme.

Para entender por qué este Turing es tan significativo, conviene volver a una idea que hoy parece natural pero que no lo era en absoluto cuando Bennett y Brassard empezaron a trabajar en ella: que la información no es una abstracción pura separada del mundo físico, sino algo condicionado por las leyes de la naturaleza. Bennett ha dedicado buena parte de su carrera a esa intuición, explorando la relación entre física e información y contribuyendo a establecer que computar, transmitir y almacenar información no son procesos independientes de la termodinámica o de la mecánica cuántica. IBM resume esa trayectoria como una búsqueda de décadas sobre la conexión entre computación y leyes físicas, una línea de pensamiento que acabó convergiendo con el nacimiento de la computación cuántica como disciplina.

Brassard, por su parte, desarrolló desde muy pronto una carrera dedicada a combinar los principios de la informática y la física cuántica. La Université de Montréal lo presenta como una figura que contribuyó ampliamente a crear el propio campo de la computación cuántica y destaca entre sus aportaciones la criptografía cuántica y la teleportación cuántica. No es una exageración institucional. Su nombre aparece una y otra vez en la genealogía de casi todas las grandes ideas que hicieron posible que la información cuántica dejara de ser una curiosidad teórica y empezara a pensarse como una infraestructura científica real.

El punto de inflexión más conocido de esa historia es BB84, el protocolo que Bennett y Brassard propusieron en 1984 y que hoy sigue siendo la referencia fundacional de la criptografía cuántica. IBM lo describe como el primer y más utilizado protocolo de criptografía cuántica, y ACM lo sitúa entre los hitos centrales de la contribución premiada. Lo que BB84 demostró fue radical: que la seguridad de una comunicación podía apoyarse no en una mera dificultad matemática, sino en las leyes de la física. En el esquema clásico, el cifrado suele descansar en problemas que se consideran difíciles de resolver computacionalmente. En el esquema cuántico de Bennett y Brassard, cualquier intento de espionaje altera el sistema y puede ser detectado. La seguridad deja así de depender solo de la prudencia sobre la potencia futura de los ordenadores y pasa a anclarse en propiedades físicas del mundo.

Esa idea ha tenido un eco inmenso. No solo abrió el camino a la distribución cuántica de claves, sino que cambió el modo de pensar la privacidad y la seguridad de las comunicaciones. La National Science Foundation subraya precisamente que su trabajo ayudó a hacer posible una comunicación segura basada en principios cuánticos. Y el perfil institucional de Brassard en la Université de Montréal resume con contundencia la promesa de este campo: la criptografía cuántica permitiría alcanzar el viejo sueño del criptógrafo, la confidencialidad incondicional de las comunicaciones. Dicho de otro modo, no estamos ante una mejora incremental de la seguridad digital, sino ante un cambio de paradigma en la forma de concebirla.

Pero reducir el Turing de Bennett y Brassard a BB84 sería quedarse muy corto. Uno de los motivos por los que ACM habla de “fundaciones” y no solo de “protocolo” es que ambos participaron en más hitos decisivos del campo. IBM recuerda que en 1993 Bennett, Brassard y colaboradores demostraron que estados cuánticos intactos podían transmitirse gracias a una combinación de comunicación clásica y entrelazamiento previo: lo que hoy conocemos como teleportación cuántica. Brassard también es presentado por su universidad como inventor de la teleportación cuántica. Esta aportación fue clave porque mostró que fenómenos que parecían materia de ciencia ficción podían reformularse en términos rigurosos de teoría de la información cuántica. La teleportación no consiste en mover materia de un lugar a otro al estilo de una fantasía audiovisual, sino en transferir estados cuánticos usando correlaciones no clásicas. Aun así, su impacto conceptual ha sido enorme: hizo visible hasta qué punto la información cuántica obedecía reglas nuevas y exigía lenguajes nuevos.

Ese cruce entre intuición profunda y fertilidad técnica explica por qué el premio llega ahora. Lo que durante décadas fue una investigación muy abstracta se ha convertido en la base de un ecosistema científico y tecnológico gigantesco. Hoy la computación cuántica moviliza programas públicos, inversión industrial, estrategia militar, nuevos laboratorios y una carrera global por el talento. Que el Turing reconozca a Bennett y Brassard en 2025 significa que la informática, como disciplina, está asumiendo formalmente que una de sus transformaciones más profundas no vendrá solo del software clásico, la IA o la arquitectura tradicional, sino de una reconsideración radical de lo que significa computar cuando el soporte físico de la información obedece a reglas cuánticas.

Hay, además, una dimensión histórica muy interesante en esta decisión. IBM recuerda que muchos sitúan el origen simbólico de la computación cuántica moderna en la conferencia Physics of Computation celebrada en 1981 en Endicott House, donde Richard Feynman lanzó su célebre intuición de que los ordenadores “deberían ser cuánticos porque el mundo es cuántico”. Bennett estuvo allí, y su trabajo posterior ayudó a transformar esa intuición en una agenda intelectual consistente. El premio, por tanto, también funciona como una línea de continuidad entre aquella fase casi visionaria de principios de los ochenta y la realidad actual, en la que la computación cuántica ya no es una rareza de seminario, sino una tecnología perseguida activamente por empresas, gobiernos y universidades.

La elección de Brassard aporta otra capa importante. Su trayectoria representa una tradición de investigación menos centralizada en Silicon Valley o en los grandes polos corporativos estadounidenses, y recuerda que la ciencia de la información cuántica nació de colaboraciones transnacionales y de una conversación genuinamente interdisciplinar. Según su perfil institucional, obtuvo el doctorado en Cornell en 1979 y ha sido profesor en la Université de Montréal desde entonces; desde 2001 ocupa además la Canada Research Chair in Quantum Information Science. Su universidad destaca no solo sus descubrimientos, sino también una larga lista de reconocimientos previos, entre ellos la medalla Herzberg, el Killam Prize, el Order of Canada y su elección como fellow de la Royal Society. El Turing llega así a coronar una carrera que ya venía siendo considerada excepcional desde hace años.

Bennett, a su vez, personifica una figura cada vez menos frecuente y extraordinariamente influyente: la del investigador de largo recorrido en un gran laboratorio corporativo que trabaja durante décadas sobre preguntas básicas antes de que el mercado esté listo para convertirlas en producto. IBM destaca que lleva más de cinco décadas en IBM Research y que ha ayudado a fundar la “quantum informatics”, un marco que extiende las teorías de Shannon y Turing para incorporar superposición y entrelazamiento. Esa continuidad importa mucho. La ciencia de la información cuántica no nació de un sprint comercial, sino de una acumulación persistente de preguntas fundamentales sobre la naturaleza de la información.

Otro aspecto notable de este Turing es que premia una manera de pensar que, durante mucho tiempo, resultó incómoda para las divisiones académicas tradicionales. Bennett no empezó preguntándose cómo construir una gran máquina cuántica comercial; empezó preguntándose qué relación existía entre computación y leyes físicas. Brassard no se limitó a practicar criptografía en el sentido clásico; ayudó a trasladarla a un terreno donde las partículas elementales, el entrelazamiento y la imposibilidad de copiar estados cuánticos alteraban por completo las reglas del juego. En ambos casos, el premio respalda una lección de fondo: que los mayores avances de la informática no siempre nacen de optimizar lo que ya existe, sino de reformular qué es posible.

También conviene detenerse en el impacto conceptual del no-cloning, esa propiedad según la cual la información cuántica no puede copiarse arbitrariamente. Bennett lo explica en IBM con una metáfora muy suya: la información cuántica se parece a la de un sueño, porque al intentar contarla ya la transformas. Más allá de la imagen, esa imposibilidad de copia perfecta es una de las razones por las que la información cuántica obliga a repensar a fondo la comunicación segura, la computación y el propio concepto de canal. Cuando la copia deja de ser trivial, cambian las arquitecturas posibles y cambia también la teoría de la seguridad. En ese sentido, el Turing premia tanto resultados concretos como una nueva ontología de la información.

La noticia tiene además una carga institucional significativa. Durante mucho tiempo, el Premio Turing se percibió sobre todo como el gran reconocimiento a avances en algoritmos, lenguajes, sistemas, arquitectura, teoría de la computación o internet. Que ahora recaiga en dos pioneros de la información cuántica es una forma de ampliar oficialmente el canon. La informática, parece decir ACM, ya no puede contarse solo a partir de la lógica clásica y la electrónica convencional. Debe contarse también desde ese territorio extraño donde la superposición, el entrelazamiento y la medición se convierten en recursos computacionales.

Hay una ironía hermosa en todo esto. Muchas de las contribuciones de Bennett y Brassard parecían durante años demasiado teóricas, demasiado remotas o demasiado extrañas para el mundo práctico. Y, sin embargo, han terminado moldeando una de las áreas con mayor densidad estratégica del siglo XXI. Sus ideas abrieron caminos que hoy conectan seguridad de las comunicaciones, redes cuánticas, distribución de claves, nuevos modelos de computación y una comprensión mucho más sofisticada de la relación entre información y naturaleza. El campo aún está lejos de haber agotado sus promesas, pero ya no puede discutirse sin ellos.

Por eso este Turing no mira solo al pasado. Tiene algo de balance histórico, sí, pero también de señal hacia adelante. Reconocer a Bennett y Brassard es reconocer que la próxima gran infraestructura informática puede depender de principios que ellos ayudaron a formular hace más de cuarenta años. Es reconocer que el viejo sueño de comunicar de manera físicamente segura, de computar con fenómenos cuánticos y de tratar la información como una magnitud profundamente física ya no es una nota al pie de la teoría, sino una de las columnas del futuro tecnológico. Y es reconocer, por último, que hay avances cuya importancia tarda décadas en ser plenamente comprendida. Este es uno de ellos.

Dejar un comentario