El nuevo gran perfil de The New Yorker no retrata solo a un fundador brillante y eficaz: reconstruye, con entrevistas y documentos reservados, un patrón persistente de desconfianza sobre la manera en que Sam Altman ejerce el poder en la empresa que aspira a definir el futuro de la inteligencia artificial.
El nuevo reportaje de The New Yorker sobre Sam Altman llega en un momento especialmente sensible para OpenAI: la compañía domina la conversación global sobre inteligencia artificial, prepara movimientos de enorme calado empresarial y político, y su consejero delegado se ha consolidado como una de las figuras más influyentes del sector. Pero el texto de Ronan Farrow y Andrew Marantz no se centra en los modelos, ni en los productos, ni en las cifras de crecimiento. Lo que pone bajo el foco es algo más incómodo y más decisivo: si la persona que hoy concentra una parte creciente del poder de la industria puede ser realmente digna de confianza. El artículo sostiene esa pregunta con nuevas entrevistas y con documentos internos que, según el propio semanario, no se habían divulgado públicamente en su totalidad.
El reportaje reconstruye el episodio de noviembre de 2023, cuando el consejo de OpenAI destituyó abruptamente a Altman alegando que no había sido “consistentemente sincero” en sus comunicaciones con el board. Esa frase se convirtió entonces en una fórmula críptica, casi burocrática, que abrió más preguntas que respuestas. Lo nuevo ahora es que The New Yorker afirma haber revisado memorandos internos en los que se acusa a Altman de tergiversar hechos ante ejecutivos y consejeros, y de engañarlos sobre protocolos internos de seguridad. Uno de esos documentos, según el artículo, arrancaba con una lista de patrones atribuidos al CEO cuyo primer punto era “mentir”.
Ese dato no prueba por sí solo una culpabilidad definitiva, pero sí reordena la discusión pública. Durante meses, la narrativa dominante tras la restitución de Altman fue que su salida había sido el resultado de una rebelión precipitada, ideológica y mal ejecutada por parte de un consejo desconectado de la realidad empresarial. El nuevo reportaje complica esa lectura. No borra el hecho de que la operación del consejo fue torpe y políticamente desastrosa, pero sugiere que detrás de aquella decisión existían preocupaciones más profundas y acumuladas sobre el comportamiento de Altman, no solo una discrepancia abstracta sobre el ritmo de desarrollo de la IA.
La pieza de The New Yorker insiste en ese punto con un caso concreto especialmente delicado. Según el reportaje, en una reunión de diciembre de 2022 Altman aseguró a consejeros que varias funciones de GPT-4 habían sido aprobadas por un panel de seguridad, y Helen Toner pidió documentación sobre ello. El texto presenta ese episodio como parte de un clima interno en el que algunos miembros del consejo empezaron a pensar que las omisiones o engaños del CEO podían tener consecuencias reales sobre la seguridad de los productos de OpenAI. Esa conexión entre confianza personal y gobernanza de sistemas críticos es probablemente el núcleo más grave del reportaje.
Ahí está la verdadera dimensión política de la historia. Sam Altman no dirige una red social más, ni una aplicación de consumo cualquiera. Dirige la empresa que, para muchos gobiernos, inversores y laboratorios rivales, ha abierto la fase de despliegue masivo de la IA generativa y puede condicionar la evolución de sistemas todavía más poderosos. Cuando las dudas sobre un CEO se refieren a exageraciones, promesas incumplidas o juegos de poder internos, el problema ya es serio. Pero cuando esas dudas rozan la veracidad con la que informa sobre procesos de seguridad, el problema cambia de escala.
El artículo también describe el modo en que Altman respondió a su destitución. Mientras el consejo guardaba silencio, él organizó desde San Francisco una especie de “gobierno en el exilio”, apoyado por figuras como Ron Conway, Brian Chesky y Chris Lehane, y articuló una estrategia de presión pública y privada para volver al mando. Microsoft, principal socio financiero de OpenAI, fue informado con escasísimo margen, y muchos aliados externos interpretaron la situación como un golpe incomprensible. Ese ecosistema de apoyos ayuda a entender por qué Altman regresó tan rápido: no solo tenía poder formal o prestigio mediático, sino una red de lealtades y relaciones estratégicas excepcionalmente eficaz.
Esa capacidad para construir alianzas es, precisamente, una de las claves del retrato que hace The New Yorker. El texto no dibuja a Altman como un villano lineal, sino como una figura de enorme habilidad política, extremadamente persuasiva, capaz de suscitar fascinación, lealtad y temor a la vez. El problema, según la investigación, es que esa misma habilidad habría ido acompañada durante años de un patrón de ambigüedad, promesas contradictorias y manipulación del contexto según el interlocutor. El artículo se remonta incluso a etapas anteriores a OpenAI, como Loopt y Y Combinator, para mostrar que las reservas sobre su estilo de liderazgo no nacieron con ChatGPT, sino que le acompañan desde hace tiempo.
En el caso de Loopt, The New Yorker recoge testimonios de antiguos empleados que describen una tendencia a exagerar incluso sobre asuntos menores, y recuerda que hubo intentos de apartarlo como CEO. En el caso de Y Combinator, el reportaje sostiene que su salida no fue tan voluntaria como durante años se dio a entender públicamente. Según el texto, Paul Graham llegó a decir en privado que Altman había estado “mintiéndonos todo el tiempo”, y el semanario afirma que varios fundadores y socios de YC sitúan la desconfianza como un factor central en aquella ruptura. Altman niega en esencia esa lectura o la matiza, pero el reportaje la incorpora como parte de un patrón histórico de sospecha.
Ese patrón no equivale necesariamente a una condena concluyente, pero sí a una constante. Y esa es una de las grandes aportaciones del perfil: desplaza la conversación desde el episodio aislado de 2023 hacia una continuidad biográfica. La pregunta ya no sería solo por qué un consejo se atrevió a destituir al directivo más admirado del momento, sino por qué acusaciones de opacidad y falta de franqueza aparecen una y otra vez en distintos entornos, con distintos actores y en distintas fases de su carrera.
También es revelador el contraste entre el reportaje y la versión oficial que terminó imponiéndose dentro de OpenAI. En marzo de 2024, la empresa anunció que la investigación del despacho WilmerHale, encargada por un comité especial del consejo, había revisado más de 30.000 documentos y decenas de entrevistas, y concluyó que la crisis había sido el resultado de una “ruptura de confianza” entre el antiguo board y Altman. El comunicado añadía que la decisión inicial de despedirlo no obedecía a preocupaciones sobre seguridad del producto, ritmo de desarrollo, finanzas ni declaraciones a inversores, clientes o socios. Además, el nuevo consejo expresó “plena confianza” en Altman y Greg Brockman.
Esa conclusión oficial es importante porque muestra que OpenAI, ya bajo nueva gobernanza, cerró filas con su CEO. Pero no elimina del todo las preguntas. Primero, porque la propia revisión confirma que hubo una quiebra de confianza real entre el consejo previo y Altman. Segundo, porque la empresa sostuvo que la actuación del board fue precipitada y sin dar a Altman oportunidad suficiente para responder, no que todas las preocupaciones del board carecieran por completo de base. Y tercero, porque desde fuera siempre quedó la impresión de que la victoria política de Altman fue tan total que también condicionó el relato final sobre lo sucedido. Esa última idea es una inferencia, no un hecho demostrado, pero está alimentada por la magnitud del regreso del CEO y la rapidez con que el nuevo consejo reordenó el poder interno.
La tensión entre ambas narrativas ya había aflorado en 2024, cuando Reuters informó de que OpenAI respondía a advertencias de antiguas consejeras como Helen Toner y Tasha McCauley. Ellas defendían que su decisión de cesar a Altman había formado parte de su deber de supervisión independiente y de protección de la misión pública de la compañía. OpenAI replicó entonces que, tras meses de trato casi diario con Altman, el nuevo consejo lo encontraba altamente franco y colegial. La distancia entre ambas versiones no era menor: de un lado, exconsejeras que seguían justificando la destitución; del otro, una empresa ya reconfigurada institucionalmente alrededor del retorno del CEO.
El reportaje de The New Yorker no se limita a revisar la crisis del consejo. También conecta las dudas sobre Altman con el tipo de poder que hoy está acumulando. El texto repasa su capacidad para moverse entre Silicon Valley, Washington, grandes fortunas globales y líderes extranjeros. En uno de los pasajes más comentados, el artículo describe la relación de Altman con Sheikh Tahnoon bin Zayed al-Nahyan, figura central del poder tecnológico y financiero de Emiratos Árabes Unidos. El semanario señala reuniones, viajes y regalos cuya naturaleza específica Altman no quiso detallar, aunque afirmó que cualquier obsequio recibido de potenciales socios comerciales se había comunicado a la empresa conforme a la política interna.
Ese tipo de escenas importa porque refuerza una idea central del texto: Sam Altman no es solo un fundador carismático, sino un operador de poder extraordinariamente sofisticado. Ha aprendido a hablar a científicos preocupados por la seguridad, a políticos obsesionados con la competencia geoestratégica frente a China, a inversores que temen quedarse fuera del próximo gran monopolio tecnológico y a la opinión pública que ve en la IA tanto promesa como amenaza. En ese contexto, la confianza personal deja de ser un atributo blando y pasa a ser un activo estructural. Si quien ocupa ese papel genera dudas persistentes en quienes más de cerca lo han observado, esas dudas no pueden despacharse como simple resentimiento de antiguos colaboradores.
Ahora bien, una lectura rigurosa del reportaje obliga también a reconocer sus límites. The New Yorker ofrece una reconstrucción poderosa, pero no una sentencia judicial. Muchas de las acusaciones descansan en testimonios, documentos internos y reconstrucciones de conversaciones privadas. Altman niega algunos puntos, matiza otros y, en general, sostiene que sus decisiones deben entenderse en el contexto de liderar una de las empresas más importantes y presionadas del mundo. Además, el propio desenlace institucional pesa: tras una revisión formal, OpenAI lo mantuvo al mando y reforzó la estructura de gobernanza en torno a él. Eso no invalida el reportaje, pero sí obliga a leerlo como una investigación muy relevante sobre patrones y credibilidad, no como la prueba definitiva de una conducta ilícita específica.
Aun así, el efecto político y cultural del texto puede ser considerable. En un sector acostumbrado a idolatrar fundadores visionarios, la pregunta “¿puede ser confiable?” es más corrosiva que cualquier crítica técnica. No discute si Altman es inteligente, eficaz o influyente. Da todo eso por descontado. Lo que cuestiona es si esas virtudes pueden convivir con una forma de liderazgo demasiado elástica con la verdad, demasiado hábil para adaptar relatos a conveniencia y demasiado fuerte como para que los mecanismos de control funcionen cuando más se necesitan.
Esa pregunta llega, además, en el peor momento posible para ser ignorada. OpenAI ya no es una organización experimental con misión casi académica. Es un actor central de la economía digital, con ambiciones de infraestructura, contratos estratégicos, alianzas geopolíticas, productos de consumo masivo y capacidad creciente para influir en la regulación. Cuanto más poder concentra, menos sostenible resulta la idea de que la personalidad del líder pertenece a la esfera privada o al folclore de Silicon Valley. Si la IA va a afectar empleo, educación, seguridad, información y capacidad estatal, entonces el carácter de quien lidera una de las compañías que más empujan esa transición se convierte en una cuestión de interés público.
En ese sentido, el gran valor del trabajo de The New Yorker no está solo en aportar nuevos documentos, sino en reabrir una conversación que el éxito empresarial de Altman había desplazado. El reportaje sugiere que la historia de OpenAI no puede contarse únicamente como una secuencia de avances técnicos, rondas gigantescas y triunfos de producto. También debe leerse como una lucha constante por la gobernanza, la sinceridad interna y el control de una empresa cuyo impacto potencial excede de largo el de una startup convencional. Y en ese terreno, la figura de Altman vuelve a aparecer como lo que siempre ha sido para sus admiradores y sus detractores: no solo el principal activo de OpenAI, sino también su mayor interrogante.