Las 22 tesis difundidas por Palantir no son solo una provocación ideológica: son el intento de una empresa de defensa, datos e inteligencia artificial de presentar su negocio como destino político de Occidente.
El manifiesto de Palantir ha convertido una publicación corporativa en un artefacto político de primer orden. La compañía fundada por Peter Thiel y dirigida por Alex Karp ha difundido 22 tesis sobre el futuro de Estados Unidos, Silicon Valley y Occidente que han sido interpretadas como una síntesis ideológica de The Technological Republic, el libro publicado en 2025 por Karp junto a Nicholas Zamiska. El texto, comentado y traducido por Le Grand Continent, ha sido leído por críticos y pensadores neorreaccionarios como algo más que una defensa de la industria tecnológica: como un proyecto de reorganización del poder alrededor de la inteligencia artificial, la seguridad nacional y la supremacía estratégica occidental.
La polémica no nace solo del contenido, sino de quién lo firma. Palantir no es una revista de ideas, una fundación académica ni un partido político. Es una de las empresas de software más influyentes en defensa, inteligencia, policía, inmigración, análisis de datos y operaciones militares. Sus plataformas son utilizadas por gobiernos, agencias de seguridad y ejércitos. Por eso, cuando la compañía formula una visión sobre el destino de Occidente, la obligación moral de Silicon Valley con el Estado y la necesidad de construir herramientas de IA para la defensa, el texto adquiere otra densidad: no es filosofía abstracta, sino ideología de una empresa que vende sistemas al poder público.
El núcleo del manifiesto es una impugnación del Silicon Valley de las aplicaciones de consumo. Karp y Palantir sostienen que la élite tecnológica estadounidense ha desperdiciado demasiado talento en productos triviales —apps, redes sociales, economía de la atención— cuando debería haberlo orientado hacia la defensa nacional, la seguridad y los grandes problemas estratégicos. La tesis no es nueva en el pensamiento de Karp, pero su formulación en 22 puntos la convierte en un programa político condensado: la tecnología debe dejar de servir al entretenimiento y ponerse al servicio de la potencia estatal.
La primera idea fuerte es la deuda moral. Según el manifiesto, Silicon Valley debe algo al país que hizo posible su ascenso. No se trataría solo de pagar impuestos, crear empleo o financiar universidades, sino de participar activamente en la defensa de Estados Unidos. Esta formulación desplaza la relación entre empresa y Estado: la tecnología ya no aparece como un sector autónomo, sino como una extensión de la soberanía nacional. La innovación privada queda moralmente subordinada a una misión de seguridad.
Ahí se entiende la frase más citada del manifiesto: si un marine estadounidense pide un rifle mejor, debe construirse; y lo mismo debería ocurrir con el software. Esa comparación entre arma física y software es decisiva. Palantir busca eliminar la distancia moral entre programar y combatir. La ingeniería deja de ser una actividad neutral o comercial para convertirse en una función estratégica del poder militar.
El problema es que esa visión reduce el debate ético a una cuestión de lealtad nacional. Quien dude de la conveniencia de construir sistemas de IA para uso militar puede quedar retratado como ingenuo, cobarde o irresponsable. La complejidad de las armas autónomas, la vigilancia masiva, la identificación de objetivos, el control fronterizo o la gestión algorítmica de poblaciones queda subordinada a una premisa: Occidente debe armarse tecnológicamente antes de que lo hagan sus adversarios.
El manifiesto también es una crítica cultural. Palantir denuncia lo que considera una decadencia moral de las élites occidentales: relativismo, exceso de pluralismo, aversión al poder, sospecha ante la religión y renuncia a defender valores propios. Esta dimensión explica por qué el texto ha sido leído como una pieza neorreaccionaria. No se limita a pedir más inversión en defensa. Propone una restauración cultural: volver a una idea de Occidente como civilización que debe afirmarse, jerarquizar sus valores y abandonar la neutralidad multicultural.
Esta parte es la más inquietante. Cuando una empresa tecnológica con contratos públicos sostiene que algunas culturas son dañinas o que Occidente debe superar su culpa histórica, el mensaje no queda en el plano simbólico. Puede convertirse en criterio de diseño: qué riesgos se priorizan, qué poblaciones se vigilan, qué fronteras se refuerzan, qué enemigos se imaginan y qué decisiones se automatizan.
Por eso varios críticos han definido el manifiesto como tecnofascista o tecnofeudal. El filósofo Mark Coeckelbergh ha advertido que Palantir no es un actor democrático ni una institución deliberativa, sino un contratista tecnológico con capacidad para intervenir en infraestructuras de poder. Yanis Varoufakis, por su parte, ha vinculado este tipo de pensamiento con el tecnofeudalismo: una economía en la que plataformas privadas controlan espacios esenciales de la vida social, extraen rentas y condicionan la soberanía política.
La palabra “dominación” no es casual. El manifiesto no habla el lenguaje blando de la innovación inclusiva, ni el vocabulario habitual de la responsabilidad social corporativa. Habla de fuerza, defensa, civilización, obligación, jerarquía y destino. Su tono rompe con el discurso tecnoliberal clásico que presentaba internet como apertura, descentralización y libertad individual. Palantir propone otra cosa: una tecnología cerrada, estatalizada en su finalidad, militarizada en sus usos y civilizatoria en su justificación.
La paradoja es que Alex Karp no se presenta como un reaccionario al estilo de Peter Thiel o Curtis Yarvin. Le Grand Continent subraya que, a diferencia de Thiel, que desde hace años separa libertad y democracia, o de Yarvin, que teoriza un orden posdemocrático dirigido por un CEO-monarca, Karp mantiene una retórica republicana. No propone abolir las instituciones ni sustituir el Estado por una empresa. Pero sí plantea una república tecnológica en la que la élite ingenieril asume un papel casi fundacional: defender, ordenar y rearmar Occidente.
Ese matiz es importante. El manifiesto no es un golpe contra la democracia liberal, sino una reinterpretación dura de sus prioridades. Su tesis implícita es que la democracia occidental solo sobrevivirá si acepta una lógica de poder más agresiva, si abandona cierta autocrítica cultural y si moviliza a sus mejores ingenieros para competir con China, Rusia, Irán u otros adversarios. En ese marco, la seguridad se convierte en principio ordenador.
El riesgo es que una república definida por la seguridad acabe reduciendo la democracia a una formalidad. Si el imperativo es vencer en la carrera tecnológica, cualquier freno ético puede parecer una traición; cualquier control judicial, una lentitud; cualquier debate público, una debilidad. La lógica de emergencia tiende a expandirse. Y la IA, por su velocidad y opacidad, puede acelerar esa expansión.
El manifiesto también contiene una crítica a la universidad y a las humanidades. Karp ha defendido en otras ocasiones que la IA revalorizará oficios técnicos y devaluará ciertas credenciales universitarias, especialmente aquellas alejadas de la producción material o estratégica. Esta idea conecta con una sensibilidad más amplia en Silicon Valley: impaciencia ante la academia, desprecio por el discurso crítico y fascinación por la ingeniería como forma superior de conocimiento.
Pero esta visión olvida algo esencial: cuanto más poder tiene la tecnología, más necesarias son las humanidades, el derecho, la filosofía política y la historia. Precisamente porque la IA puede decidir, clasificar, vigilar, predecir y orientar operaciones, hace falta más deliberación, no menos. La pregunta no es solo si podemos construir una herramienta, sino qué mundo construye esa herramienta cuando se despliega.
Palantir intenta resolver esa pregunta con una respuesta civilizatoria: construir para Occidente, construir para la defensa, construir para ganar. Ese marco tiene fuerza retórica porque responde a una ansiedad real: el miedo a que las democracias liberales pierdan capacidad de acción frente a potencias autoritarias. Pero también tiene un peligro evidente: convertir todo desacuerdo en debilidad y toda cautela en decadencia.
La comparación con el complejo militar-industrial clásico resulta inevitable. Durante la Guerra Fría, empresas de defensa, laboratorios públicos, universidades y agencias estatales construyeron un ecosistema tecnológico orientado a la superioridad estratégica. Internet, GPS o los semiconductores tienen raíces en ese contexto. Palantir reivindica, en cierto modo, una vuelta a esa tradición: la tecnología importante no debe dedicarse a optimizar publicidad, sino a sostener la capacidad de poder de Estados Unidos.
La diferencia es que ahora el campo de batalla no es solo militar. Los datos atraviesan la administración, la policía, la migración, la sanidad, el trabajo, la educación y las finanzas. Una empresa como Palantir no fabrica únicamente armas: fabrica sistemas para ver, cruzar, predecir y decidir. Su poder reside en convertir datos dispersos en capacidad operativa. Por eso su manifiesto no puede leerse como un simple panfleto patriótico. Es la justificación política de una infraestructura de decisión.
El texto también llega en un contexto económico favorable para Palantir. La compañía ha sido una de las grandes beneficiarias de la fiebre por la IA, con una valoración elevada y una narrativa de crecimiento asociada a defensa, seguridad y automatización gubernamental. Su manifiesto puede funcionar, por tanto, como una operación de marca: no solo vender software, sino vender destino histórico. No solo ofrecer productos, sino ofrecer una doctrina.
Ese punto es central para entender la viralidad. En un mercado saturado de promesas sobre productividad, Palantir se diferencia con épica. Mientras otras tecnológicas hablan de asistentes, eficiencia o creatividad, Palantir habla de civilización, amenaza y supervivencia. Es un lenguaje peligroso, pero comercialmente potente para gobiernos, agencias y sectores que buscan herramientas de decisión en entornos de conflicto.
El debate sobre Palantir no debería reducirse a una caricatura. No basta con presentarla como una empresa malvada ni con despachar el manifiesto como delirio de supervillano. La razón por la que el texto inquieta es precisamente que toca problemas reales: la fragilidad occidental, la dependencia tecnológica, la banalidad de buena parte de la economía digital, la necesidad de defender infraestructuras críticas y la insuficiencia de un Silicon Valley obsesionado con la atención. El problema está en la respuesta: una alianza cada vez más estrecha entre IA, Estado, defensa y élites privadas sin suficiente control democrático.
La cuestión de fondo es quién decide los fines de la tecnología. Palantir responde: quienes entienden el poder y están dispuestos a ejercerlo. Sus críticos responden: una sociedad democrática no puede delegar esa decisión en contratistas tecnológicos. Entre ambas posiciones se juega una parte esencial del futuro de la IA.
El manifiesto obliga a mirar de frente una realidad que muchas empresas prefieren suavizar: la inteligencia artificial no es solo productividad, creatividad o automatización. También es guerra, vigilancia, frontera, policía, propaganda y control. Palantir lo dice sin rodeos. Esa franqueza explica tanto su atractivo como su rechazo.
El peligro no es que una empresa defienda a Estados Unidos o a Occidente. El peligro es que convierta esa defensa en una licencia para definir unilateralmente qué valores importan, qué culturas merecen protección, qué enemigos deben ser neutralizados y qué límites éticos pueden sacrificarse. En democracias liberales, la seguridad no puede sustituir a la deliberación. Y la tecnología no puede convertirse en una soberanía paralela.
La publicación de las 22 tesis marca, por tanto, un cambio de tono en la política tecnológica. Ya no estamos solo ante debates sobre regulación, competencia o privacidad. Estamos ante empresas que formulan visiones completas del orden político. Palantir ha hecho explícito lo que otras compañías quizá practican de forma más discreta: que el control de la infraestructura digital implica una disputa por el poder.
El manifiesto de Palantir incomoda porque es coherente. Une negocio, ideología, geopolítica y producto. Presenta la IA no como herramienta neutral, sino como arma civilizatoria. Y al hacerlo obliga a plantear una pregunta incómoda: si las democracias no definen colectivamente los límites de la tecnología, otros lo harán en su nombre.