“Algo se transformó en él. Se podía percibir. Estaba enfadado, estaba alterado”, declaró Greg Brockman ante una corte de California al relatar el momento en que pensó que Elon Musk podía agredirlo físicamente.
El enfrentamiento entre Elon Musk y OpenAI ha entrado en una fase mucho más personal, emocional y destructiva de lo que ya sugerían las demandas cruzadas y los ataques públicos entre ambas partes. En el quinto día de testimonios del juicio que se celebra en California para determinar si OpenAI traicionó su misión fundacional sin ánimo de lucro, el presidente de la compañía, Greg Brockman, declaró bajo juramento que llegó a temer que Elon Musk pudiera agredirlo físicamente durante una reunión interna celebrada en 2017.
La escena descrita por Brockman dibuja un momento de ruptura dentro del núcleo fundador de OpenAI y ayuda a entender cómo una organización creada inicialmente como laboratorio abierto de investigación en inteligencia artificial acabó convertida en el epicentro de una de las guerras empresariales y tecnológicas más feroces del planeta. Según el directivo, Musk perdió el control durante una discusión sobre el reparto accionarial de la futura estructura con fines de lucro de OpenAI y exigió tener el control de la compañía. Brockman aseguró que el ambiente cambió de forma radical en cuestión de segundos.
“Algo se transformó en él. Se podía percibir. Estaba enfadado, estaba alterado”, afirmó Brockman durante su declaración judicial. El presidente de OpenAI explicó que el comportamiento de Musk le hizo pensar que podía llegar a agredirlo físicamente. La escena, reproducida por varios medios estadounidenses presentes en el juicio, añade una dimensión casi psicológica a una disputa que hasta ahora se había presentado principalmente como una batalla jurídica y empresarial.
Según la información citada por CNBC, Musk reaccionó con furia después de rechazar la propuesta de reparto accionarial y arrancó de la pared un cuadro que representaba un Tesla Model 3 antes de salir de la sala de manera airada. Fuente: CNBC, cobertura del juicio OpenAI vs. Elon Musk.
El episodio no es un detalle anecdótico. La tensión narrada por Brockman se sitúa en un momento decisivo de la historia de OpenAI. En 2017, la compañía todavía intentaba encontrar una estructura financiera capaz de sostener el enorme coste computacional que empezaba a requerir el desarrollo de modelos avanzados de inteligencia artificial. El laboratorio había nacido en 2015 con una misión declaradamente altruista: desarrollar inteligencia artificial avanzada en beneficio de la humanidad y evitar que quedara concentrada en manos de unas pocas corporaciones. Musk había sido uno de los fundadores más visibles y uno de sus principales financiadores iniciales.
Pero el crecimiento exponencial de las necesidades de computación y talento hizo que OpenAI empezara a estudiar estructuras híbridas que permitieran captar capital masivo sin abandonar formalmente la supervisión de la organización sin ánimo de lucro original. Ese proceso es precisamente el núcleo del juicio actual: Musk sostiene que OpenAI traicionó su misión fundacional al evolucionar hacia un modelo estrechamente vinculado a Microsoft y orientado a generar beneficios multimillonarios.
La declaración de Brockman aporta contexto sobre el momento en que esa fractura interna empezó a hacerse irreversible. Según su testimonio, Musk no solo quería más influencia, sino control directo de la organización. Brockman afirmó también que el fundador de Tesla y SpaceX llegó a proponer una fusión entre OpenAI y Tesla, iniciativa que fue rechazada porque los demás fundadores no tenían interés en integrar la compañía dentro del sector automovilístico.
Este punto resulta clave para entender el conflicto actual. Musk sostiene hoy que OpenAI fue desviada de su propósito original y convertida en una maquinaria comercial. Pero los actuales responsables de OpenAI responden que el propio Musk presionó en su día para controlar la organización y llevarla hacia una estructura distinta. La batalla judicial no gira únicamente en torno al dinero o la gobernanza: también es una disputa por el relato histórico de quién quiso transformar realmente OpenAI y con qué objetivos.
La tensión emocional del juicio ha aumentado todavía más porque las acusaciones ya no son únicamente corporativas. Musk ha acusado directamente a Sam Altman y Greg Brockman de haber “robado a la caridad”, una expresión extremadamente dura en el contexto de una organización nacida bajo principios filantrópicos. OpenAI rechaza esas acusaciones y sostiene que Musk actúa movido por resentimiento y rivalidad empresarial, especialmente desde el lanzamiento de xAI, la compañía de inteligencia artificial fundada por el propio magnate.
Durante su testimonio en días anteriores, Musk afirmó sentirse “un tonto” por haber aportado 38 millones de dólares a una organización que, según él, terminó convertida en una empresa valorada en cientos de miles de millones de dólares. Esa frase resume buena parte del resentimiento que atraviesa el proceso judicial. Musk considera que financió una iniciativa abierta y orientada al interés público que terminó evolucionando hacia un actor corporativo extraordinariamente poderoso, estrechamente alineado con Microsoft y con una estrategia comercial agresiva alrededor de ChatGPT.
OpenAI, por su parte, insiste en que la transición hacia una estructura limitada con ánimo de lucro fue necesaria para competir en una carrera tecnológica cuyo coste se disparó mucho más rápido de lo previsto inicialmente. La compañía sostiene que desarrollar modelos de frontera exige inversiones gigantescas en centros de datos, chips y talento especializado, algo incompatible con una estructura puramente filantrópica.
La declaración de Brockman también reabre interrogantes sobre la personalidad pública y privada de Musk. El empresario ha construido durante años una imagen basada en la intensidad, la presión extrema y el liderazgo confrontacional. Exempleados de Tesla, SpaceX y Twitter/X han descrito en distintas ocasiones ambientes de trabajo marcados por explosiones de ira, cambios abruptos de criterio y exigencias radicales. Sin embargo, escuchar bajo juramento que el presidente de OpenAI temió una agresión física eleva la gravedad del relato a otro nivel.
El juicio se está convirtiendo así en una radiografía de cómo las tensiones personales, ideológicas y económicas moldearon el nacimiento de la actual industria de inteligencia artificial. Lo que comenzó como una alianza entre investigadores y empresarios preocupados por el riesgo de concentración tecnológica terminó derivando en un ecosistema dominado por rivalidades multimillonarias, luchas por el poder computacional y disputas sobre quién controlará los futuros modelos de IA.
En el fondo, el proceso también refleja una contradicción central del sector: la inteligencia artificial se presentó inicialmente como una herramienta destinada a democratizar conocimiento y capacidades, pero su desarrollo ha terminado concentrándose en organizaciones capaces de invertir decenas de miles de millones de dólares en infraestructura. OpenAI simboliza esa transformación mejor que ninguna otra empresa. Nació como laboratorio abierto y hoy compite como uno de los actores corporativos más poderosos del mundo tecnológico.
La figura de Musk ocupa un lugar ambiguo en esta historia. Por un lado, ayudó a fundar OpenAI precisamente por temor a que Google monopolizara el desarrollo de inteligencia artificial avanzada. Por otro, acabó abandonando la organización y construyendo posteriormente su propia compañía, xAI, para competir directamente contra OpenAI y Anthropic. Su evolución refleja también la transformación del sector: del idealismo inicial al enfrentamiento corporativo total.
La presencia de Shivon Zilis en el juicio añade otra capa de complejidad. Brockman declaró que la ejecutiva canadiense —que formó parte del consejo de OpenAI y tiene hijos con Musk— actuó inicialmente como mediadora entre los fundadores y el empresario, antes de abandonar OpenAI para trabajar junto a él. Este detalle muestra hasta qué punto las relaciones personales, profesionales y empresariales se entrecruzan dentro del pequeño círculo que lidera la industria mundial de IA.
Más allá del impacto mediático, el juicio puede tener consecuencias enormes sobre el futuro de OpenAI. Si Musk lograra demostrar que la compañía incumplió compromisos fundacionales esenciales, podrían abrirse escenarios jurídicos complejos sobre su estructura corporativa y sus obligaciones originales. OpenAI, sin embargo, insiste en que las acusaciones carecen de base y que Musk intenta frenar a un competidor directo mediante litigios.
La batalla también tiene implicaciones geopolíticas y económicas. OpenAI no es ya una simple startup: es una de las empresas más influyentes del ecosistema tecnológico global. Sus decisiones afectan a Microsoft, a gobiernos, a reguladores y a industrias enteras. El resultado del juicio podría influir sobre cómo se interpretan en el futuro las obligaciones éticas de organizaciones nacidas como entidades sin ánimo de lucro que luego evolucionan hacia modelos comerciales.
El proceso revela además una transformación más amplia del capitalismo tecnológico contemporáneo. Muchas de las grandes plataformas digitales comenzaron envueltas en discursos idealistas —abrir información, conectar personas, democratizar tecnología— antes de convertirse en estructuras gigantescas con incentivos financieros y poder geopolítico inmensos. OpenAI parece recorrer ahora una trayectoria parecida, aunque acelerada por la velocidad de la carrera de IA.
En este contexto, la declaración de Brockman funciona casi como una escena simbólica del fin de una época. La imagen de Musk arrancando un cuadro de Tesla Model 3 de la pared mientras abandona enfurecido una reunión resume el colapso de la alianza original entre algunos de los actores más influyentes de la inteligencia artificial contemporánea. Lo que estaba en juego entonces no era únicamente una distribución accionarial: era el control del futuro de OpenAI y, en parte, de la propia dirección de la industria de IA.
La intensidad emocional del juicio también refleja hasta qué punto la inteligencia artificial ha dejado de ser solo un campo científico para convertirse en un espacio de poder económico, político y personal. Los protagonistas de esta historia no son únicamente ingenieros o investigadores: son líderes empresariales capaces de mover mercados, influir sobre gobiernos y definir infraestructuras críticas del futuro digital.
Mientras el juicio continúa, la imagen pública de OpenAI y de Musk seguirá sometida a presión. Para OpenAI, el riesgo es aparecer como una organización que abandonó sus principios originales. Para Musk, el peligro es consolidar la percepción de un liderazgo impulsivo, dominado por rivalidades personales y comportamientos erráticos. Ambos saben que no se está librando solo una batalla judicial: también se disputa el control narrativo de la historia de la inteligencia artificial moderna.
Y quizá esa sea la dimensión más relevante de todo el proceso. Porque detrás de los testimonios, las acusaciones y las escenas de tensión late una pregunta mucho más profunda: quién debe controlar las tecnologías más poderosas del siglo XXI y bajo qué principios. La ruptura entre Musk y OpenAI no es únicamente un conflicto entre antiguos socios. Es el reflejo de cómo la IA ha pasado, en menos de una década, de proyecto idealista a campo de batalla empresarial global.