Skip to main content

El consejero delegado de CaixaBank sostiene que la inteligencia artificial hará más productivo al sector financiero, pero admite que algunos sectores tendrán que afrontar ajustes de empleo a medio y largo plazo.

El debate sobre la inteligencia artificial ya no gira únicamente en torno a la innovación tecnológica, la productividad o la competitividad empresarial. Cada vez más, la gran pregunta es laboral: qué empleos se transformarán, cuáles se reducirán y qué sectores deberán reorganizar sus plantillas. El consejero delegado de CaixaBank, Gonzalo Gortázar, ha situado esta cuestión en el centro del debate económico al reconocer que la adopción de la IA provocará “necesidades de ajustes” en las plantillas de algunos sectores, aunque no prevé un impacto significativo en el empleo a corto plazo. La afirmación la realizó durante su intervención en el VII Foro Internacional organizado por Expansión, según informó Europa Press.

El mensaje de Gortázar es relevante porque procede de uno de los principales bancos españoles y porque evita tanto el alarmismo como el triunfalismo. No habla de una destrucción inmediata de empleo, pero tampoco niega que la inteligencia artificial vaya a modificar la estructura de las empresas. Su tesis es que, en el corto plazo, la IA no reducirá necesariamente la necesidad de trabajadores, sino que obligará a poner “más manos a la obra” para rediseñar procesos, reorganizar tareas y hacer una “reingeniería” interna de muchas funciones empresariales.

La frase es importante porque introduce un matiz que suele desaparecer del debate público. La inteligencia artificial no sustituye de golpe a miles de trabajadores de un día para otro. Antes exige inversiones, reorganización, formación, integración tecnológica, revisión de procesos y cambios culturales dentro de las compañías. En esa primera fase, la empresa necesita perfiles técnicos, gestores del cambio, especialistas en datos, responsables de cumplimiento normativo, expertos en ciberseguridad y profesionales capaces de adaptar la actividad ordinaria a herramientas nuevas.

Pero la segunda fase puede ser distinta. Gortázar admitió que, en el medio y largo plazo, habrá que “acabar de ver” las consecuencias. Es ahí donde aparece la posibilidad de ajustes de plantilla. Cuando los procesos ya se han rediseñado y la IA empieza a producir ganancias de eficiencia, algunas tareas pueden necesitar menos intervención humana. En sectores intensivos en información, documentación, atención al cliente, análisis repetitivo o gestión administrativa, el impacto puede ser especialmente visible.

La banca está en primera línea de ese cambio. No porque sea el único sector expuesto, sino porque combina tres características que la convierten en terreno fértil para la IA: enormes volúmenes de datos, procesos muy estructurados y una presión permanente para mejorar eficiencia. La inteligencia artificial puede aplicarse a detección de fraude, análisis de riesgo, atención personalizada, cumplimiento normativo, gestión documental, scoring crediticio, automatización de oficinas, asesoramiento financiero, prevención del blanqueo de capitales y ciberseguridad.

Gortázar defendió que la IA hará “más productivo” tanto al sector financiero como a CaixaBank. Esta es la parte optimista del diagnóstico. Si la tecnología permite hacer más con los mismos recursos, reducir errores, acelerar procesos y liberar tiempo de tareas repetitivas, puede mejorar la rentabilidad de las empresas y la calidad del servicio. Pero la productividad siempre tiene una doble lectura: puede significar más capacidad de crecimiento, pero también menos necesidad de empleo en determinadas funciones si la demanda no crece al mismo ritmo.

El propio Fondo Monetario Internacional ha advertido de que la IA afectará de forma muy intensa a las economías avanzadas. Según el FMI, alrededor del 60% de los empleos en economías avanzadas puede verse impactado por la inteligencia artificial; aproximadamente la mitad de esos puestos podría beneficiarse de la integración tecnológica, mientras que la otra mitad podría enfrentarse a una reducción de demanda laboral, salarios más bajos o incluso desaparición de algunas funciones.

En España, el debate empieza a concretarse con cifras. Funcas estimó recientemente que la IA podría destruir entre 1,7 y 2,3 millones de empleos en la próxima década, aunque matiza que no se trataría necesariamente de despidos masivos inmediatos, sino de reducción de tareas, menor reposición de vacantes, reorganización de funciones y cambios en la contratación.

Esa precisión es fundamental. El impacto laboral de la IA puede producirse de manera silenciosa. No siempre aparecerá como un expediente de regulación de empleo anunciado públicamente. Puede tomar la forma de jubilaciones no cubiertas, sustituciones que no se realizan, departamentos que se fusionan, tareas que se externalizan menos, nuevos perfiles que reemplazan a antiguos perfiles o plantillas que crecen mucho menos de lo que habrían crecido sin automatización.

En el sector financiero internacional, las señales ya son más explícitas. Reuters informó de que el consejero delegado de HSBC, Georges Elhedery, ha advertido a sus empleados de que la IA destruirá algunos puestos y creará otros nuevos, al tiempo que ha pedido a la plantilla que no se resista al cambio. Standard Chartered, por su parte, ha anunciado planes para recortar miles de empleos en funciones no orientadas al cliente en los próximos años, en un contexto de automatización y reorganización interna.

La banca española todavía no ha planteado el debate en esos términos tan duros, pero el fondo es parecido. Las entidades financieras llevan más de una década reduciendo oficinas, digitalizando servicios y ajustando estructuras tras fusiones, crisis bancarias y cambios en los hábitos de los clientes. La IA añade una nueva capa a ese proceso. Ya no se trata solo de cerrar sucursales porque los clientes operan desde el móvil, sino de automatizar funciones cognitivas que antes requerían empleados especializados.

La cuestión de la escala, mencionada también por Gortázar, será decisiva. El consejero delegado de CaixaBank reconoció que los grandes bancos tienen ventaja porque pueden comprar tecnología, invertir en equipos propios, desplegar modelos de IA con mayor capacidad y absorber los costes iniciales. Sin embargo, también matizó que la escala no determinará por sí sola el éxito. Los bancos pequeños y medianos pueden compensar su desventaja tecnológica con estructuras más simples, menos burocracia y mayor agilidad para transformar procesos.

Este punto es relevante para el mapa financiero español. Las grandes entidades podrán construir infraestructuras propias, negociar con grandes proveedores tecnológicos y aplicar IA en múltiples áreas de negocio. Las entidades medianas, cooperativas o especializadas deberán elegir mejor dónde aplicarla. No podrán competir en todo, pero sí podrán usar la IA para mejorar atención al cliente, reducir cargas administrativas, personalizar productos o reforzar controles internos.

El otro gran frente es la ciberseguridad. Gortázar advirtió de que la ingeniería social se ha convertido en la primera vía de fraude y defendió la necesidad de mejorar las defensas como industria, país, economía y personas. La IA no solo aumenta la productividad de las empresas legítimas; también aumenta la capacidad de los delincuentes para crear fraudes más sofisticados. Correos falsos más creíbles, llamadas con voces clonadas, mensajes personalizados, suplantaciones de identidad y ataques automatizados pueden multiplicar el riesgo para clientes y entidades.

Por eso el impacto laboral de la IA no será lineal. Destruirá o reducirá algunas tareas, pero aumentará la demanda de otras. Habrá menos necesidad de determinados procesos manuales, pero más necesidad de especialistas en seguridad, datos, cumplimiento normativo, supervisión algorítmica, auditoría tecnológica y gestión del riesgo digital. La pregunta no es solo cuántos empleos desaparecerán, sino si el sistema educativo, las empresas y las políticas públicas serán capaces de preparar a suficientes trabajadores para los nuevos puestos.

El Banco Central Europeo también ha subrayado que la IA puede elevar la productividad en Europa, aunque sus beneficios dependerán de la adopción real por parte de las empresas. En marzo de 2026, el BCE recordó que la exposición laboral a la IA es mayor en economías avanzadas por el peso de ocupaciones intensivas en tareas cognitivas, una idea alineada con los análisis del FMI.

El debate llega en un momento especialmente sensible para España. Gortázar vinculó la discusión tecnológica con desafíos estructurales de largo plazo: demografía, acceso a la vivienda e infraestructuras energéticas. Según recordó, España cuenta actualmente con 33 millones de personas en edad de trabajar y 10 millones mayores de 65 años, mientras que en 2050 habría 30 millones en edad laboral y 15 millones jubiladas, de acuerdo con datos de la AIReF citados por el directivo.

Esa evolución demográfica cambia la interpretación del impacto de la IA. En una economía envejecida y con menos población activa, aumentar la productividad no es solo una opción empresarial, sino una necesidad macroeconómica. Si hay menos trabajadores disponibles para sostener más población jubilada, España necesitará producir más por hora trabajada. La IA puede ayudar a cubrir parte de esa brecha, pero también puede agravar desigualdades si los beneficios se concentran en empresas grandes, trabajadores cualificados y sectores con mayor capacidad de adaptación.

Gortázar también defendió la necesidad de inmigración, aunque subrayó que debe analizarse qué tipo de formación se necesita y cómo integrar a esa población para evitar tensiones sociales. Este punto conecta directamente con la IA. Si la tecnología cambia la demanda de perfiles laborales, las políticas migratorias, educativas y de formación profesional deberán coordinarse mejor con las necesidades reales de la economía.

La advertencia del consejero delegado de CaixaBank, por tanto, no puede leerse como una frase aislada sobre despidos futuros. Es una señal de que las grandes empresas españolas empiezan a interiorizar que la IA tendrá consecuencias organizativas profundas. La primera etapa será de inversión y reingeniería. La segunda, de productividad. La tercera, probablemente, de redimensionamiento de funciones.

El reto político y empresarial será gestionar esa transición sin convertir la IA en una fuente de fractura social. Para ello harán falta pactos internos en las empresas, formación continua, recualificación, transparencia en los procesos de automatización y una discusión honesta sobre qué tareas se sustituyen, qué empleos se crean y qué trabajadores corren más riesgo. La peor respuesta sería negar el impacto hasta que los ajustes lleguen de forma abrupta.

En el caso de la banca, la transformación puede ser especialmente visible porque el sector ya ha vivido otras oleadas de ajuste. La digitalización redujo oficinas; la concentración bancaria redujo duplicidades; la automatización eliminó procesos manuales; y ahora la IA puede afectar a tareas de análisis, gestión documental, atención y soporte. La diferencia es que esta vez el cambio no se limita a canales físicos o procesos administrativos. Afecta también a trabajo intelectual.

La intervención de Gortázar introduce, además, una dimensión europea. El directivo defendió que Europa necesita más autonomía en energía, seguridad y tecnología, aunque manteniendo el vínculo con Estados Unidos. Esta reflexión es clave porque la IA europea depende en gran medida de proveedores, chips, nubes y modelos desarrollados fuera del continente. Si Europa quiere que la IA aumente su productividad sin quedar subordinada tecnológicamente, deberá invertir en infraestructura, talento, datos y capacidades propias.

En definitiva, el mensaje de Gortázar contiene una advertencia y una oportunidad. La advertencia es que la inteligencia artificial obligará a ajustar plantillas en algunos sectores. La oportunidad es que, bien gestionada, puede elevar la productividad, reforzar la competitividad y ayudar a una economía envejecida a sostener su crecimiento. La diferencia entre un escenario y otro dependerá menos de la tecnología en sí que de la forma en que empresas, gobiernos y trabajadores preparen la transición.

La IA no llega solo para automatizar tareas. Llega para redibujar el contrato laboral de muchas profesiones. Y cuando el consejero delegado de uno de los mayores bancos españoles reconoce que habrá ajustes, el debate deja de ser teórico. Entra de lleno en la agenda económica del país.

Dejar un comentario