Skip to main content

El artículo de José María Lassalle sitúa a León XIV frente a una nueva forma de poder global: la alianza entre tecnolibertarismo, inteligencia artificial, nacionalismo trumpista y corporaciones capaces de monopolizar las infraestructuras digitales de Occidente.

El artículo de José María Lassalle publicado en El País bajo el título «León XIV contra el antipapa Thiel» plantea una de las discusiones más inquietantes del presente: la confrontación entre una visión humanista de la inteligencia artificial y una nueva teología política nacida en Silicon Valley, donde la tecnología ya no aparece solo como herramienta económica, sino como promesa de salvación, dominación y rediseño del mundo.

La tesis de Lassalle es poderosa porque no reduce el debate sobre la inteligencia artificial a una disputa técnica. Lo traslada al terreno de la filosofía política, la religión, la geopolítica y la lucha por la hegemonía cultural. En su lectura, León XIV no se enfrenta simplemente a un empresario tecnológico, sino a una forma de poder que pretende ocupar el lugar de las antiguas autoridades morales. Peter Thiel aparece así como algo más que el fundador de PayPal, inversor de Palantir o ideólogo de una derecha tecnológica radicalizada. Se convierte en el símbolo de un nuevo clericalismo digital que aspira a orientar el destino de Occidente desde las infraestructuras de datos, la vigilancia, la inteligencia artificial y la seguridad.

El punto de partida del texto es casi novelesco. Lassalle evoca la posibilidad de que León XIV hubiera rechazado una audiencia a Peter Thiel, que habría viajado a Roma para hablar del Anticristo. La escena permite al autor construir una contraposición de enorme carga simbólica: por un lado, el Papa como guardián de una tradición humanista que sitúa la dignidad humana por encima de cualquier sistema técnico; por otro, Thiel como representante de un Silicon Valley que ya no se limita a crear empresas, sino que pretende formular una visión del orden mundial.

La referencia al Anticristo no es decorativa. En el artículo funciona como una clave de lectura. Lassalle sugiere que Thiel utiliza categorías religiosas para interpretar la política contemporánea y la disputa tecnológica global. En ese marco, la inteligencia artificial, China, la ONU, Europa, el liberalismo occidental, Trump y la Iglesia quedarían inscritos en una narrativa apocalíptica. No se trataría solo de innovación o competencia económica, sino de una batalla escatológica por el control del futuro.

Esa es precisamente la alerta central del texto: cuando la tecnología adopta un lenguaje religioso, puede convertirse en una forma de poder mesiánico. Silicon Valley deja de ser una industria para transformarse en un proyecto civilizatorio. Sus líderes ya no se presentan solo como empresarios, sino como profetas de una nueva humanidad. Sus empresas no serían simples plataformas, sino infraestructuras de gobierno. Sus modelos de inteligencia artificial no serían herramientas, sino instrumentos para anticipar, ordenar y condicionar la vida social.

Lassalle sitúa a Peter Thiel en el corazón de esa mutación. No lo retrata únicamente como un multimillonario excéntrico, sino como un ideólogo con influencia política real. Su relación con Palantir, sus vínculos con el ecosistema trumpista y su apoyo a figuras como J. D. Vance lo convierten en un actor que conecta tres dimensiones: tecnología, seguridad nacional y poder político. Esta triangulación es esencial para entender el nuevo escenario. La IA no avanza en un vacío neutral. Se despliega en redes de intereses corporativos, estrategias estatales, programas de defensa y proyectos ideológicos.

El artículo sostiene que León XIV habría respondido a ese poder no con una negociación pragmática, sino con una afirmación doctrinal. Su encíclica Magnifica Humanitas aparece en el texto como una respuesta a la pretensión de subordinar la condición humana a una infraestructura tecnológica monopolizada. La Iglesia, según esta lectura, no pretende competir con Silicon Valley en capacidad de cálculo, sino recordar que ningún poder técnico puede erigirse en medida última de lo humano.

Ahí reside la fuerza política del gesto. En un mundo donde buena parte de las élites parecen fascinadas por la inteligencia artificial, León XIV no se limitaría a pedir prudencia. Haría algo más profundo: cuestionar la idea de que el ser humano deba ser reinterpretado a partir de los sistemas que lo procesan. Frente al transhumanismo, la cuantificación total de la vida y la promesa de una humanidad administrada algorítmicamente, el Papa reivindicaría la dignidad humana como límite.

El subtítulo del artículo de El País condensa esa idea: el Papa no ha agachado la cabeza ante quienes monopolizan las infraestructuras tecnológicas de Occidente. La palabra «monopolizan» es clave. No se trata solo de condenar la IA como tecnología. El problema es la concentración de poder. Quienes controlan los datos, los modelos, las nubes, las plataformas, las herramientas de vigilancia, los sistemas de defensa y los algoritmos de decisión disponen de una capacidad inédita para intervenir en la sociedad.

La inteligencia artificial ha introducido una nueva forma de soberanía privada. Las grandes corporaciones tecnológicas pueden influir en lo que vemos, leemos, compramos, en cómo trabajamos, cómo nos informamos, cómo se ordena el debate público y cómo se gestionan procesos críticos. Palantir, en particular, representa una versión especialmente dura de este fenómeno: tecnología aplicada a inteligencia, defensa, seguridad, vigilancia, análisis predictivo y toma de decisiones estatales.

Por eso la confrontación entre León XIV y Thiel que dibuja Lassalle no es anecdótica. Es una metáfora del choque entre dos antropologías. Para el humanismo cristiano que el autor atribuye al Papa, la persona es portadora de dignidad, libertad y conciencia moral. Para el imaginario tecnopolítico que encarnaría Thiel, la humanidad aparece como una materia histórica que debe ser organizada, protegida, corregida o incluso superada mediante el poder técnico.

En este punto, el artículo conecta con una de las grandes discusiones contemporáneas: el transhumanismo. Lassalle presenta a León XIV como un Papa que denuncia la sustitución de la condición humana por una estrategia guiada por el transhumanismo. El término remite a una corriente que aspira a mejorar radicalmente las capacidades humanas mediante biotecnología, inteligencia artificial, interfaces cerebro-máquina, edición genética o extensión de la vida. Pero en el debate público el transhumanismo también se ha convertido en una metáfora de una ambición más amplia: rediseñar al ser humano desde la ingeniería.

La crítica no consiste en rechazar la medicina, la ciencia o la mejora de las condiciones de vida. El problema surge cuando la fragilidad, la dependencia, el dolor, el envejecimiento o la vulnerabilidad son tratados como simples errores técnicos. En ese marco, la persona deja de ser un sujeto moral y pasa a ser una versión defectuosa de sí misma, pendiente de una actualización permanente. La inteligencia artificial aparece entonces como una pieza de un proyecto de optimización total.

Lassalle ve en la encíclica de León XIV una resistencia frente a esa lógica. El Papa no niega la importancia de la tecnología, pero cuestiona que pueda convertirse en criterio supremo. La técnica debe estar al servicio del ser humano, y no al revés. Esta afirmación puede parecer obvia, pero en el contexto actual tiene una enorme carga política. Muchas decisiones sociales ya se justifican en nombre de la eficiencia, la seguridad, la predicción o la optimización. El riesgo es que la dignidad humana quede reducida a una variable más dentro de un sistema.

El resto del artículo desarrolla esta idea hasta convertir la confrontación entre León XIV y Peter Thiel en una metáfora de la gran batalla intelectual del siglo XXI: la que enfrenta una visión del ser humano basada en su dignidad intrínseca con otra que tiende a reducirlo a información procesable, optimizable y administrable. Según Lassalle, la cuestión fundamental no es si la inteligencia artificial será más poderosa en el futuro, sino quién la controlará, con qué concepción de la persona y al servicio de qué intereses. El Papa aparece así como una voz que recuerda que el progreso tecnológico no puede sustituir la deliberación moral, que la libertad no puede quedar subordinada al cálculo algorítmico y que ninguna infraestructura digital, por sofisticada que sea, puede convertirse en la autoridad última sobre el destino humano.

Dejar un comentario