Raúl Ordóñez: “La IA estará integrada en casi todo lo que hacemos”.
El divulgador tecnológico advierte de que el verdadero reto no será usar inteligencia artificial, sino entender cómo convivir con ella sin perder criterio, pensamiento crítico ni humanidad.
“La gente no necesita solo novedades. Necesita contexto.”
“La IA propone, acelera y amplifica; pero me gusta ser el que tiene la responsabilidad, el criterio y la voz final.”
“La pregunta no es solo qué podrá hacer la IA, sino qué sociedad queremos construir alrededor de ella.”
Raúl Ordóñez es uno de los divulgadores de inteligencia artificial y tecnología más conocidos de España. Consultor, profesor, conferenciante y creador de contenidos, lleva más de dos décadas vinculado al ámbito tecnológico y digital. En los últimos años se ha convertido en una de las voces más activas en la divulgación de la IA aplicada a empresas, educación y sociedad. Ha participado recientemente en iniciativas y eventos vinculados a Google España relacionados con nuevas herramientas de inteligencia artificial para educación y formación.
Eres uno de los divulgadores de IA más conocidos de España. ¿Cómo vives el actual momento de subidón de la IA?
Lo vivo con una mezcla de entusiasmo, responsabilidad y, en los últimos meses hasta te diría con bastante prudencia. Entusiasmo porque estamos viviendo un momento tecnológico realmente histórico. No es una moda más ni una herramienta nueva que aparece y desaparece: la inteligencia artificial está cambiando la forma en la que trabajamos, aprendemos, creamos y tomamos decisiones y además lo hace a un ritmo vertiginoso; siempre digo eso de que si pestañeas, te lo pierdes.
Y eso enlaza con la responsabilidad, porque cuando tienes una comunidad grande y mucha gente te escucha, no puedes limitarte a decir “esto es increíble” cada vez que sale una novedad. Hay que explicar bien qué puede hacer la IA, qué no puede hacer, dónde aporta valor real y dónde se está vendiendo humo.
Creo que estamos en una fase muy parecida a los primeros años de internet o de los smartphones: hay muchísimo ruido, muchísima exageración, pero debajo de todo eso hay una transformación profunda. Mi trabajo, al menos como yo lo entiendo, es ser agente del cambio e intentar traducir ese cambio para que cualquier persona, profesional o empresa pueda entenderlo y aprovecharlo sin miedo, pero también sin ingenuidad.
Y personalmente lo vivo con mucha ilusión, porque llevo años divulgando sobre tecnología y pocas veces he sentido que una herramienta tenga tanta capacidad de democratizar oportunidades. La IA puede ayudar a una pyme, a un docente, a un autónomo, a un creador de contenido o a una persona que simplemente quiere aprender mejor. Pero para que eso ocurra hace falta aún mucha educación, pensamiento crítico y acompañamiento. Ahí creo que los divulgadores tenemos un papel importante.
¿Crees que estamos cerca de una burbuja o aún puede crecer más el interés por la IA en España?
Creo que hay una parte evidente de burbuja: mucho ruido, mucho “IA washing” y muchas promesas exageradas. Pero no confundiría el hype con la tecnología de fondo. Seguro que todos recordamos que también hubo burbuja en internet y eso no impidió que internet lo cambiara todo.
En España, y si me apuras, también el resto del mundo todavía queda muchísimo recorrido. Estamos aún en la punta del iceberg, porque una cosa es haber probado ChatGPT y otra muy distinta es integrar la IA de verdad en empresas, educación, administración o procesos profesionales. Creo que bajará el ruido, pero crecerá el valor real. Y esa será la fase verdaderamente importante.
¿Desde qué año te dedicas a divulgar IA en redes sociales? ¿A qué conclusión has llegado de tu labor en el último año?
Realmente llevo divulgando sobre tecnología incluso antes de la llegada de las primeras redes sociales. Mi blog lo comencé en enero de 2002 y en Twitter también tuve una de esas primeras cuentas en español, allá por 2007, que por supuesto aún mantengo. Durante más de dos décadas he trabajado en el ámbito de la consultoría tecnológica, la formación y el marketing digital, pero fue realmente a partir de 2020 cuando empecé a formarme intensamente en IA y, paralelamente, a divulgarla.
Desde entonces se ha convertido en una especie de círculo virtuoso que no para. Cuanto más te formas, lees e investigas, más necesidad sientes de divulgar; y al mismo tiempo, el feedback que recibes de la comunidad te ayuda muchísimo a seguir aprendiendo y a entender mejor las dudas, miedos y necesidades reales de la gente.
En el último año he tenido la suerte de estar en lugares y vivir de primera mano grandes momentos. Por poner algunos ejemplos, el Google I/O de mayo de 2025, al que además asisto de nuevo en pocos días, o el Parlamento Europeo, donde se debate la regulación que más directamente nos afecta. Y la gran conclusión es que la gente no necesita solo novedades. Necesita contexto. Necesita que alguien le ayude a separar lo importante de lo anecdótico, lo útil de lo vistoso, lo real del humo. Porque la IA avanza tan rápido que muchas personas sienten una mezcla de fascinación y agotamiento.
Y además he confirmado algo en lo que creo mucho: la divulgación no consiste en demostrar cuánto sabes, sino en hacer que los demás entiendan mejor. Para mí, esa es la clave. Traducir la complejidad, aterrizarla en casos reales y ayudar a que la gente no se quede fuera de esta transformación.
¿Detectas más interés positivo o más miedo por parte del público que asiste a tus eventos o que te sigue en redes?
Detecto mucho interés, pero sería ingenuo decir que no hay miedo. De hecho, creo que las dos cosas conviven constantemente. Hay una parte del público que llega con una curiosidad enorme, con ganas de aprender y con la sensación de que la IA puede abrirle muchas oportunidades. Pero también hay otra que se acerca con preocupación: miedo a quedarse atrás, a no entender nada, a que su trabajo cambie demasiado rápido o incluso a que la tecnología avance sin control.
Y me parece lógico. La IA no es una herramienta más. Toca temas muy profundos: el empleo, la creatividad, la educación, la privacidad, la manera en la que tomamos decisiones o incluso cómo nos relacionamos con la información. Es normal que despierte entusiasmo, pero también incertidumbre.
Lo que sí observo es que, cuando la gente entiende mejor cómo funciona, qué puede hacer y qué límites tiene, el miedo baja muchísimo. No desaparece del todo, porque algunas preguntas son legítimas y hay que tomarlas en serio, pero se transforma en algo más útil: criterio, prudencia y ganas de aprender.
Para mí, esa es una de las partes más bonitas de la formación y la divulgación: ver cómo una persona pasa de “esto me supera” a “vale, ahora entiendo cómo puedo empezar a usarlo en mi contexto”. Ahí es donde se produce realmente el cambio.
Y de los políticos o responsables de regulaciones y adopción de decisiones que afectan a la IA, ¿qué percibes?
La percepción rápida es que todavía falta mucha cultura tecnológica en muchos espacios donde se toman decisiones importantes, algo que lamentablemente no es nada nuevo.
La IA avanza a una velocidad que no encaja bien con los tiempos habituales de la política, la administración o la regulación. Cuando una institución empieza a analizar una herramienta, a veces esa herramienta ya ha cambiado o incluso ha sido sustituida por otra. A eso se suma que Europa es la región del mundo más restrictiva en cuanto a legislación de la IA.
Y regular es importante, pero creo que el gran reto está en hacerlo sin frenar la innovación, proteger sin paralizar y acompañar sin caer en el miedo. Europa tiene una tradición muy valiosa en defensa de derechos, privacidad y garantías, pero no podemos permitirnos mirar la innovación solo desde la sospecha. Necesitamos reglas claras, sí, pero también inversión, formación, talento y una visión mucho más ambiciosa.
Raúl, ¿qué herramientas de IA usas en tu día a día?
Ufff… La lista es larga, porque mi perfil, como sabes, no es sólo de creador de contenido al uso, sino que también soy profesor, conferenciante e incluso gestor de mi propia empresa… y al final es muy importante probar casi todo lo nuevo que vaya saliendo.
Pero por aterrizártelo un poco, suelo pivotar mucho (y dependiendo del momento y la tarea) entre Gemini, ChatGPT y Claude y sus extensiones agénticas (Claude Cowork y Codex). Para determinados temas, sobre todo los que tienen con encontrar información muy reciente y actualizada en redes o tener otros puntos de vista, también uso Grok.
Por supuesto, NotebookLM también de diario y Magnific (antes Freepik) y Flow para toda la creación y edición audiovisual donde también me apoyo en herramientas como CapCut, Captions o OpusClip. Casi mejor no te cuento lo que pago al mes de suscripciones 🙂
Eso sí, intento mantener una relación aséptica con estas herramientas. Las uso muchísimo, pero no les delego el juicio y peinado final. La IA propone, acelera y amplifica; pero me gusta ser el que tiene la responsabilidad, el criterio y la voz final.
¿Qué oficios o profesiones crees que se van a transformar o desaparecer en los próximos meses o años con la IA?
Más que hablar de profesiones que desaparecen de golpe, me gusta hablar de tareas que se transforman. Porque a veces el debate se plantea de una forma demasiado simple en plan “la IA va a quitar este trabajo o este otro”. Y la realidad suele ser más compleja.
Lo que sí tengo claro es que cualquier profesión basada en tareas repetitivas, administrativas, de análisis básico de información, generación de documentos, atención inicial al cliente, producción de contenidos muy estandarizados o procesamiento de datos va a cambiar muchísimo. No necesariamente desaparecerá la profesión entera, pero sí desaparecerá una parte importante de cómo se hacía ese trabajo hasta ahora.
Por tanto lo veremos (y de hecho ya estamos viendo) en perfiles administrativos, atención al cliente, marketing, comunicación, diseño, programación, traducción, formación, consultoría, recursos humanos, legal, finanzas… prácticamente en todos los sectores habrá capas de trabajo que podrán automatizarse o amplificarse con IA.
Google está demostrando un nivel de adaptación importante, cuando hace unos meses muchos gurús auguraban dificultades por el cambio de hábitos de consulta con los buscadores tradicionales. ¿Qué impacto te imaginas en el futuro de grandes tecnológicas como Google?
Posiblemente durante un tiempo se simplificó el diagnóstico sobre Google infravalorando incluso el poder real de la compañía. Se decía: “si la gente deja de buscar y empieza a preguntar a una IA, Google tiene un problema”. Y algo de verdad había en esa preocupación, pero reducir Google solo al buscador es no entender la dimensión real de la compañía.
Google tiene más de 25 años de historia, modelos de IA, computación propia, infraestructura, talento y, sobre todo, un ecosistema de distribución brutal: buscador, Chrome, Android, Gmail, YouTube, Maps, Calendar, Drive, Workspace, Gemini… Está presente en muchísimas capas de nuestra vida digital.
Por eso creo que el gran movimiento no va solo de poner IA en el buscador, sino de pasar de la inteligencia artificial como aplicación a la inteligencia artificial como sistema. Hasta ahora entrábamos en una web o app, escribíamos algo y recibíamos una respuesta. Lo que viene es una IA integrada en el móvil, el navegador, el correo, los documentos, los mapas, el calendario o las búsquedas.
El reto para Google es enorme: reinventar su propio negocio sin romperlo. Pero si consigue combinar bien el buscador, Gemini, Maps, Gmail, Calendar, YouTube, Chrome y Android, el impacto puede ser gigantesco para el SEO, el marketing digital, los medios, los creadores y cualquier empresa que dependa de cómo la gente encuentra información.
Creo que las tecnológicas que ganen esta etapa no serán solo las que tengan el mejor chatbot, sino las que consigan convertir la IA en una capa útil, contextual e integrada en la vida diaria. Y ahí Google tiene mucho pero que mucho terreno ganado.
¿Qué opciones tiene Europa o España de jugar algún papel en la batalla geoestratégica de la IA ante monstruos como China y Estados Unidos?
Siendo honesto creo que lo tenemos muy difícil. La escala de recursos, talento concentrado, capital privado, infraestructura y velocidad de ejecución de esos dos bloques es enorme.
Ahora bien, eso no significa que Europa o España no puedan jugar un papel relevante. Creo que la clave está en no intentar copiar exactamente el modelo de Estados Unidos o China, sino encontrar nuestro espacio. Europa puede aportar mucho en regulación inteligente, estándares éticos, privacidad, soberanía tecnológica, investigación aplicada y adopción sectorial. Y España, en concreto, tiene oportunidades importantes en ámbitos como la educación, la salud, la administración pública, el turismo, la industria, la creatividad o el propio idioma español.
Eso sí, para eso no basta con dictar leyes, proteger o advertir de los riesgos; necesitamos invertir, formar talento, facilitar que las empresas adopten IA, apoyar a startups, modernizar la administración y crear una cultura tecnológica mucho más fuerte.
España, si juega bien sus cartas, puede ser un buen laboratorio de adopción de IA en sectores muy concretos. No seremos necesariamente quienes construyan todos los grandes modelos, pero sí podemos ser muy buenos aplicándolos.
¿Eres pro-regulación al estilo europeo o crees que estamos perdiendo oportunidades a la innovación y la competitividad global?
Soy partidario de regular, porque una tecnología con este impacto no puede desarrollarse sin ningún marco. Sobre todo, porque la IA afecta al empleo, la educación, la privacidad, la información, la salud o incluso a procesos democráticos. Sería ingenuo dejarlo todo simplemente en manos del mercado.
Pero como expliqué antes también creo que Europa corre el riesgo de sentirse demasiado cómoda en el papel de quien pone las normas, mientras otros construyen los modelos, las plataformas y los productos que luego usamos todos. Y ahí sí me preocupa que confundamos protección con parálisis. En este sentido, estamos perdiendo una oportunidad muy valiosa.
¿Cómo te imaginas la sociedad de los próximos 10 años por el impacto de la IA?
Me imagino una sociedad profundamente transformada, aunque no necesariamente de una forma cinematográfica. Creo que el gran cambio será más silencioso: la IA estará integrada en casi todo lo que hacemos, muchas veces sin que la llamemos siquiera IA.
Vamos hacia una IA mucho más plástica y general, capaz de entender mejor cómo funciona el mundo y también nuestro contexto personal: qué necesitamos, dónde estamos, qué estamos haciendo, qué preferimos o qué intención hay detrás de una petición. Ya no será solo una herramienta a la que le escribes algo y te responde, sino una capa de inteligencia distribuida en nuestros dispositivos, servicios y entornos.
Y aquí hay algo que me parece especialmente interesante: durante años nuestra relación con la tecnología ha estado dominada por pantallas. Pero si la IA se integra bien en voz, visión, gafas, auriculares, coches, hogares o dispositivos más ambientales, quizá empecemos a depender menos de mirar una pantalla todo el día. A los móviles todavía les queda recorrido, claro, pero intuyo que su papel irá cambiando.
De hecho y paradójicamente, si lo hacemos bien, la IA puede ayudarnos a volver a algo más humano: hablar más y teclear menos, reducir fricción digital, delegar tareas mecánicas y dedicar más tiempo a pensar, crear, cuidar, enseñar o relacionarnos. Pero ese futuro no está garantizado. La pregunta no es solo qué podrá hacer la IA, sino qué sociedad queremos construir alrededor de ella. Ahí estará el verdadero reto.
¿Te arrepientes de alguna decisión, adicción o afición a IAs?
Arrepentirme, no. Pero sí reconozco que la IA tiene algo muy absorbente. Cuando te dedicas a esto, siempre hay una herramienta nueva, un modelo nuevo, una actualización o una posibilidad que probar, y la frontera entre profesión, curiosidad y afición se vuelve muy fina.
Mi “adicción”, si la podemos llamar así, quizá sea esa curiosidad constante por entender qué está pasando y probar casi todo. Pero intento mantener cierta distancia: no me interesa la IA como espectáculo tecnológico, sino por lo que puede significar para las personas, la educación, las empresas, la creatividad o el acceso al conocimiento.
Al final, lo importante sigue estando fuera de la pantalla: mi familia, una conversación tranquila, salir a correr, hacer deporte, cuidar la salud y tener tiempo para aburrirse, pensar o simplemente estar. Y quizá esa sea también una buena forma de relacionarnos con la IA: usarla mucho, sí, pero sin olvidar para qué la usamos.