La fotógrafa y creadora visual Ariadna Arnés transforma Barcelona con herramientas de inteligencia artificial en La ciutat imaginada, una serie que propone una mirada femenina, crítica y poética sobre la ciudad que aún está por construir.
Barcelona vuelve a convertirse en laboratorio de futuro, pero esta vez no desde la arquitectura institucional, el urbanismo técnico o la planificación administrativa, sino desde la imaginación visual de una artista. La fotógrafa y creadora Ariadna Arnés presenta La ciutat imaginada, una serie integrada en el proyecto La ciutat, en femení, que propone una mirada femenina sobre la ciudad que todavía está por venir. La exposición parte de una idea sencilla pero poderosa: imaginar la ciudad es el primer paso para transformarla. Imaginarla más segura, más visible, más diversa, más habitable y más compartida no es una evasión estética, sino una forma de intervención cultural.
La propuesta de Arnés se sitúa en un momento especialmente significativo para Barcelona. La ciudad vive un debate intenso sobre vivienda, turismo, espacio público, movilidad, desigualdad, memoria, seguridad, convivencia y derecho a la ciudad. En paralelo, la capital catalana se prepara para la Capital Mundial de la Arquitectura 2026, un contexto que convierte cualquier reflexión visual sobre el espacio urbano en algo más que una exposición artística. La ciutat imaginada no describe simplemente una Barcelona futura. La reinterpreta, la desplaza y la somete a una pregunta: ¿qué ciudad podríamos construir si la miráramos desde otros cuerpos, otros ritmos y otras experiencias cotidianas?
Ariadna Arnés no llega a este proyecto desde la fascinación superficial por la inteligencia artificial. Su trayectoria está profundamente vinculada a la fotografía documental, el retrato, la edición visual y la experimentación con nuevos lenguajes. Nacida en Barcelona en 1976, formada en fotografía en la EFFPC de Barcelona y con una larga experiencia como fotógrafa freelance desde finales de los años noventa, Arnés ha desarrollado una obra situada entre la observación documental y la construcción de atmósferas íntimas, extrañas y emocionalmente densas.
Ese punto es importante porque La ciutat imaginada no es una colección de imágenes generadas por IA sin anclaje fotográfico. Arnés utiliza fotografías y herramientas de inteligencia artificial para desplazar sutilmente la realidad. Parte de la ciudad existente y la transforma mediante gestos mínimos pero significativos. El resultado no es una fantasía futurista desbordada, sino una forma de realismo mágico urbano: espacios reconocibles que se vuelven posibles de otra manera. La IA no aparece como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para hacer visible aquello que la ciudad actual todavía no permite ver.

La propia exposición lo formula con claridad: imaginar la ciudad significa imaginarla segura, visible y diversa; habitarla de otra manera, con nuevos ritmos y otros recorridos. La serie no renuncia a la belleza, pero tampoco se limita a producir imágenes agradables. Hay en ella una crítica de la ciudad construida, de los recorridos que expulsan, de los espacios que no acogen, de las ausencias que se han normalizado. La ciudad imaginada de Arnés señala que el espacio urbano no es neutral. Es el resultado de decisiones políticas, económicas, arquitectónicas, sociales y culturales. Reimaginarlo se convierte, por tanto, en una manera de cuestionarlo.
El término “promptógrafa”, aplicado a Arnés, resulta especialmente sugerente. No describe simplemente a alguien que escribe instrucciones para un modelo de IA. Señala una nueva figura híbrida entre fotógrafa, directora visual, editora, narradora y diseñadora de mundos posibles. La promptografía no sustituye la mirada fotográfica; la expande. La cámara deja de ser el único dispositivo de captura y se convierte en parte de un proceso más amplio donde memoria, imagen, archivo, texto, algoritmo y edición se combinan para producir nuevas escenas. En manos de Arnés, el prompt no es una orden técnica, sino una herramienta de imaginación crítica.
Este enfoque conecta con una transformación más amplia del arte contemporáneo. Durante los últimos años, la inteligencia artificial generativa ha entrado en museos, galerías, festivales, ferias de arte y plataformas digitales. Muchos artistas la utilizan para producir imágenes imposibles, expandir archivos personales, revisar memorias colectivas o cuestionar los límites entre fotografía, pintura, render, collage y simulación. En este nuevo escenario, el debate ya no puede reducirse a si la IA “crea” o no crea. La cuestión relevante es qué hace cada artista con ella, desde qué experiencia visual la utiliza y qué preguntas consigue formular.

Arnés pertenece a una generación de fotógrafas que no ha abandonado la lógica documental al trabajar con inteligencia artificial. Al contrario, la traslada a otro territorio. Sus imágenes no documentan necesariamente lo que existe de forma literal, pero sí documentan deseos, tensiones, miedos, ausencias y posibilidades. En La ciutat imaginada, la IA permite visualizar escenarios que no existen físicamente pero que revelan algo verdadero sobre la manera en que habitamos la ciudad. Esta es una de las paradojas más interesantes del proyecto: cuanto más se aleja de la fotografía directa, más cerca puede situarse de una verdad urbana emocional y política.
El proyecto forma parte de La ciutat, en femení, una iniciativa que reúne a varias creadoras visuales alrededor de la ciudad desde perspectivas diversas. Además de Arnés, participan Bego Antón, Berta Vicente, Espe Pons, Maite Caramés, Paola de Grenet, Rita Puig-Serra y Tanit Plana. El conjunto propone un recorrido por la ciudad desde miradas que históricamente han sido menos centrales en la representación urbana. Las series abordan la intimidad, la noche, la memoria, la fatiga, la arquitectura, los recorridos y las formas de habitar.
Este marco colectivo es fundamental. La ciudad ha sido representada durante siglos desde una mirada predominantemente masculina, técnica, productiva o monumental. Las grandes narrativas urbanas suelen hablar de ejes viarios, edificios emblemáticos, expansión económica, infraestructuras o poder institucional. La ciutat, en femení desplaza el foco hacia otra experiencia: la ciudad recorrida, cuidada, temida, deseada, compartida, recordada y transformada desde la vida cotidiana. Arnés aporta a este conjunto una dimensión especulativa: no solo muestra la ciudad que existe, sino la ciudad que podría existir.
La elección de Barcelona como materia visual no es neutra. Barcelona es una ciudad intensamente fotografiada, reproducida y codificada. Sus iconos —la Sagrada Família, la Torre Glòries, el Eixample, el mar, Montjuïc, el metro, las plazas, las calles estrechas, los mercados, los balcones— forman parte de un imaginario global. Precisamente por eso resulta difícil mirarla de nuevo. Arnés trabaja sobre esa saturación visual y la desplaza. En lugar de reproducir la postal, introduce extrañeza. En lugar de confirmar la marca Barcelona, la somete a una ligera alteración. En esa fricción aparece una ciudad menos turística y más imaginativa, menos cerrada y más abierta.

Las imágenes incluidas en la serie sugieren vuelos, casas suspendidas, colores inesperados, noches transformadas, camas en espacios improbables, elementos plásticos, nubes, fuentes y arquitecturas reconocibles intervenidas por una imaginación que no destruye la ciudad, sino que la vuelve porosa. Son escenas que parecen posibles y extrañas al mismo tiempo. No pertenecen a la ciencia ficción dura ni al urbanismo de despacho. Operan en otro registro: el de la posibilidad poética. Lo cotidiano se desvía lo suficiente como para obligarnos a mirar de nuevo.
La fuerza del proyecto reside precisamente en esa sutileza. Muchas obras generadas con IA buscan impresionar mediante el exceso: ciudades imposibles, rascacielos infinitos, cuerpos perfectos, estéticas hiperbólicas, fantasías tecnológicas. Arnés elige otra vía. Sus transformaciones son más delicadas, más sensibles y más inquietantes. No intenta sustituir Barcelona por una ciudad futurista, sino abrir grietas en la ciudad existente. Es en esas grietas donde aparece la pregunta política: ¿por qué no podría la ciudad ser más cuidadosa, más amable, más accesible o más inesperada?
La mirada femenina de la exposición no debe entenderse como una categoría decorativa. Remite a una experiencia concreta del espacio urbano. Las mujeres han vivido históricamente la ciudad de manera distinta: con otros mapas de seguridad, otros horarios, otras estrategias de desplazamiento, otras responsabilidades de cuidado y otros niveles de exposición. Pensar la ciudad desde esa experiencia implica cuestionar los criterios con los que se ha diseñado el espacio público. ¿Quién se siente autorizado a ocupar una plaza? ¿Quién evita determinadas calles? ¿Quién puede descansar? ¿Quién cuida? ¿Quién es visible? ¿Quién queda fuera?
La ciutat imaginada introduce estas preguntas sin convertirlas en cartel. No necesita explicar de forma literal cada conflicto urbano. Las imágenes trabajan por resonancia. Al proponer espacios más habitables, cuidados y compartidos, hacen visible la insuficiencia de muchos espacios actuales. Al imaginar otros recorridos, señalan los recorridos que hoy excluyen. Al alterar la ciudad, muestran que la ciudad siempre pudo haber sido distinta. Ese es uno de los grandes aciertos de la obra: convertir la imaginación en una forma de crítica.
La inteligencia artificial juega aquí un papel especialmente interesante porque permite producir imágenes de una ciudad que todavía no existe. El urbanismo siempre ha trabajado con visualizaciones: planos, maquetas, renders, simulaciones, cartografías. La IA generativa introduce una herramienta nueva en esa tradición. Permite crear escenarios especulativos de forma rápida, flexible y visualmente convincente. Pero en manos de una artista como Arnés, esa herramienta no se limita a anticipar edificios o infraestructuras. Sirve para imaginar formas de vida.
Ese desplazamiento es crucial. Muchas visualizaciones urbanas producidas por promotores o instituciones suelen estar orientadas a vender proyectos: calles limpias, personas felices, edificios luminosos, árboles perfectos, una ciudad sin conflicto. Arnés no trabaja desde ese imaginario publicitario. Su ciudad imaginada no es un render inmobiliario ni una promesa comercial. Es una ficción poética que mantiene una tensión crítica con lo real. No vende una ciudad futura; invita a pensarla.
La trayectoria de Arnés en el ámbito de la IA refuerza esta lectura. Su obra reciente explora la feminitat, la memoria, la belleza, la soledad, la nostalgia y los sueños mediante imágenes generadas o transformadas con inteligencia artificial. Ha presentado trabajos en espacios internacionales vinculados al arte digital y NFT, como NFT New York, Miami Art Basel y NFT Paris, y su práctica se ha situado en la intersección entre fotografía, narrativa visual e imagen sintética. Su página profesional la describe como fotógrafa y creadora visual especializada en retrato, imagen editorial y visuales generados con IA, interesada en el espacio donde la fotografía clásica se encuentra con nuevos relatos visuales construidos con tecnología.
Esta combinación de oficio fotográfico y experimentación tecnológica diferencia su trabajo de parte de la producción masiva generada con IA. Arnés no parte de cero ni delega la mirada en la máquina. Lleva más de veinte años construyendo una sensibilidad visual, trabajando con personas, retratos, cuerpos, atmósferas y silencios. La IA entra en esa trayectoria como una extensión de la mirada, no como una sustitución. La imagen final sigue dependiendo de decisiones humanas: qué se imagina, qué se descarta, qué se corrige, qué tensión se mantiene, qué belleza se permite y qué incomodidad se conserva.
La exposición también invita a repensar el vocabulario crítico de la fotografía. Durante mucho tiempo, la fotografía fue asociada a la captura de lo real. La IA generativa rompe esa relación directa, pero no necesariamente destruye la verdad fotográfica. La desplaza. En la obra de Arnés, la verdad no reside en que la escena haya ocurrido ante una cámara, sino en que expresa una posibilidad significativa sobre la ciudad. La imagen deja de ser prueba y se convierte en hipótesis. No dice “esto fue”, sino “esto podría ser” o incluso “esto debería ser”.
Esa transformación tiene implicaciones profundas para el periodismo visual, el arte, la arquitectura y la comunicación urbana. En una época de deepfakes, desinformación y contenido sintético, existe una preocupación legítima por la pérdida de confianza en las imágenes. Pero también sería un error reducir toda imagen generada con IA a amenaza. Proyectos como La ciutat imaginada muestran que la IA puede utilizarse de manera transparente, autoral y crítica para abrir debates sociales. La clave está en el contexto, la intención y la honestidad del dispositivo.
Barcelona, además, es un escenario especialmente fértil para este tipo de experimentación. La ciudad ha construido parte de su identidad contemporánea sobre la relación entre diseño, arquitectura, espacio público y cultura visual. Desde el urbanismo olímpico hasta las superilles, desde la transformación del frente marítimo hasta los debates sobre turismo y vivienda, Barcelona siempre ha sido una ciudad discutida a través de imágenes. Arnés se inscribe en esa tradición, pero introduce una herramienta nueva y una perspectiva distinta: la ciudad imaginada desde una sensibilidad femenina y postfotográfica.
El subtítulo de la exposición —“Una mirada femenina sobre la ciudad que aún está por venir”— resume bien su alcance. No se trata solo de mostrar obras atractivas, sino de intervenir en el imaginario urbano. Las ciudades se transforman primero en la imaginación colectiva. Antes de que una calle cambie, alguien debe imaginar que puede funcionar de otra manera. Antes de que un espacio sea más seguro, alguien debe señalar que hoy no lo es. Antes de que una plaza sea más inclusiva, alguien debe imaginar otros usos, otros cuerpos, otras presencias.
En ese sentido, la obra de Arnés puede leerse también como una forma de urbanismo especulativo. No propone planos ni normativas, pero genera imágenes que amplían el campo de lo posible. Su fuerza no está en ofrecer soluciones técnicas, sino en modificar la sensibilidad desde la que pensamos la ciudad. Y eso no es menor. Muchas transformaciones urbanas fracasan porque se diseñan sin cambiar previamente la imaginación social. La ciudad futura necesita infraestructuras, sí, pero también necesita relatos, imágenes y deseos compartidos.
La presencia de Arnés dentro de La ciutat, en femení confirma también que la IA generativa empieza a entrar en los proyectos culturales de Barcelona no como una curiosidad tecnológica, sino como una herramienta artística legítima. La discusión ya no es si la IA pertenece o no al campo de la creación, sino qué tipo de creación permite, con qué mirada, desde qué ética y para qué públicos. Arnés aporta una respuesta clara: la IA puede servir para mirar la ciudad de otra manera, siempre que esté guiada por una sensibilidad, una experiencia y una intención crítica.
El riesgo de banalización existe. La facilidad para generar imágenes puede producir una avalancha de estéticas vacías, ciudades irreales y fantasías urbanas sin relación con la vida cotidiana. Pero precisamente por eso adquiere más valor el trabajo de artistas con trayectoria fotográfica y criterio visual. Arnés demuestra que la IA no sustituye la autoría; la vuelve más exigente. Cuando la producción de imágenes se vuelve abundante, lo que importa es la mirada. Y su mirada está anclada en Barcelona, en la feminitat, en la memoria y en una belleza que no evita la extrañeza.
La ciutat imaginada conquista Barcelona porque no la reproduce, sino que la interroga. No ofrece una postal más de una ciudad ya fotografiada hasta el agotamiento. Propone una Barcelona desplazada, posible, crítica y sensible. Una ciudad que no se conforma con ser eficiente, turística o monumental, sino que aspira a ser más habitable. En tiempos de inteligencia artificial, esa quizá sea una de las tareas más urgentes del arte: no solo producir nuevas imágenes, sino ayudarnos a imaginar otros futuros antes de que parezcan imposibles.
