Skip to main content

El Govern quiere limitar la inteligencia artificial en las escuelas hasta los 14 años dentro de una ofensiva contra el exceso de pantallas, pero el gran debate educativo será distinguir entre consumo digital, adicción tecnológica y utilización crítica de una herramienta que los alumnos encontrarán fuera del aula.

Salvador Illa quiere poner una edad a la inteligencia artificial en las escuelas catalanas. El presidente de la Generalitat ha anunciado su intención de limitar el uso de la IA en los centros educativos hasta los 14 años como parte de una estrategia mucho más amplia para reducir la exposición de niños y adolescentes a las pantallas, combatir comportamientos digitales problemáticos y recuperar hábitos que el Govern considera esenciales para el aprendizaje: leer libros, escribir a mano, mantener la concentración y reforzar las relaciones personales sin la intermediación constante de dispositivos electrónicos.

La propuesta no aparece aislada. Forma parte de un paquete de más de 60 medidas que la Generalitat prepara alrededor del denominado bienestar digital de la infancia y la adolescencia. El Govern trabaja además con la perspectiva de convertir una parte de estas recomendaciones en normativa. Según explicó el propio Illa, el objetivo es actuar dentro de las competencias catalanas «lo antes posible», aunque buscando consenso y evitando una aplicación precipitada. El Ejecutivo prevé trabajar en un anteproyecto de ley sobre pantallas y entorno digital que quiere tener preparado en marzo.

La cuestión, sin embargo, va bastante más allá de determinar si un estudiante de 12 o 13 años puede abrir ChatGPT, Gemini, Claude o cualquier otra herramienta generativa durante una clase. La decisión obliga a responder una pregunta educativa más compleja: ¿la inteligencia artificial debe tratarse fundamentalmente como otra pantalla de la que hay que proteger a los menores o como una nueva herramienta intelectual que tendrán que aprender a utilizar?

Illa sitúa la IA dentro del problema de las pantallas

El planteamiento del presidente catalán parte de una preocupación que excede ampliamente la inteligencia artificial. Illa habló en RAC1 de la necesidad de combatir la «adicción a las pantallas» y defendió el concepto de «bienestar digital»: utilizar la tecnología buscando un equilibrio en el que sus beneficios sean superiores a los riesgos.

El Govern se apoya en la nueva Guía de Salud Digital elaborada por la Generalitat, que reúne recomendaciones sobre la exposición de niños y adolescentes a dispositivos y entornos digitales. El documento forma parte de una estrategia que aborda los riesgos asociados a un uso excesivo de móviles, tabletas, redes sociales y otros servicios digitales. El Ejecutivo plantea medidas diferentes según las edades y quiere endurecer algunas restricciones ya introducidas en los centros educativos.

La preocupación dispone de datos que explican la urgencia política. Según información del Departament de Salut recogida por la Cadena SER, un 34% de los adolescentes presenta un uso problemático de las redes sociales, caracterizado por pérdida de control, utilización compulsiva y malestar cuando no puede conectarse. Durante los fines de semana, los jóvenes pasan una media de siete horas diarias con el móvil.

Es en ese contexto donde Illa incorpora la inteligencia artificial. Su planteamiento es que las decisiones se adopten siguiendo criterios científicos y que el límite de los 14 años responda a las recomendaciones de los expertos consultados por el Govern.

Apagar pantallas y abrir libros

La otra mitad del discurso de Illa no habla de tecnología, sino de lectura. El presidente ha relacionado explícitamente la reducción de las pantallas con la necesidad de recuperar el contacto de niños y adolescentes con los libros.

Su mensaje contiene una reivindicación cultural además de educativa. Illa ha citado a Mercè Rodoreda, Joanot Martorell, Miguel de Cervantes y Ramon Llull para advertir de que el exceso de pantallas no puede provocar que las nuevas generaciones pierdan el hábito de leer. También ha defendido recuperar el libro de texto como referencia dentro de las aulas, aunque ha presentado esta última cuestión como una posición personal que deberá discutirse dentro del debate educativo abierto por el Govern.

El lema utilizado en uno de los actos institucionales resulta inequívoco: «Apaguemos pantallas, abramos libros». La Generalitat quiere reforzar la lectura, la escritura y la oralidad y convertir nuevamente los libros en objetos cotidianos dentro de los centros educativos. El objetivo declarado es que Catalunya disponga de un modelo propio de bienestar digital para niños y adolescentes.

El debate aparece, además, en un momento delicado para la educación catalana. El Govern ha abierto un proceso de discusión más amplio sobre el sistema educativo que abordará la escuela inclusiva, la formación del profesorado, la incorporación de nuevos alumnos, la tecnología en las aulas, la dirección de los centros y otros problemas estructurales. El proceso debe culminar en abril de 2027.

Una IA no es necesariamente TikTok

Aquí aparece, sin embargo, uno de los principales interrogantes de la propuesta. Meter dentro de una misma categoría el teléfono móvil, las redes sociales, los vídeos de consumo rápido y una herramienta de inteligencia artificial puede resultar útil para establecer límites de exposición digital, pero no necesariamente para diseñar una política educativa.

Una pantalla es el soporte. Lo decisivo educativamente es qué hace el alumno con ella.

Pasar dos horas consumiendo vídeos breves de forma compulsiva no constituye la misma actividad cognitiva que mantener una conversación en inglés con una IA, pedirle que explique de tres maneras diferentes una ecuación, utilizarla para entender por qué un programa informático contiene un error o comparar críticamente una respuesta de ChatGPT con un libro de texto.

Tampoco significa que cualquiera de estos usos sea automáticamente positivo. Un alumno puede utilizar una IA para evitar pensar, copiar unos deberes, generar una redacción que no ha escrito o resolver mecánicamente un ejercicio. Pero también puede utilizar exactamente la misma tecnología para preguntar, experimentar, contrastar y aprender.

El reto educativo está precisamente en distinguir ambos comportamientos.

Prohibir antes de enseñar

La edad introduce otra dificultad. Un estudiante que tenga prohibido utilizar IA en el centro hasta los 14 años no necesariamente dejará de utilizarla fuera de la escuela. Las herramientas generativas ya están integrándose en buscadores, teléfonos, sistemas operativos, aplicaciones ofimáticas y plataformas de uso cotidiano.

La cuestión es, por tanto, qué sucede cuando el instrumento desaparece del aula pero continúa existiendo en casa.

La escuela siempre ha tenido, entre otras funciones, la de enseñar a utilizar herramientas intelectuales con criterio. Enseña a buscar información, evaluar fuentes, interpretar textos, realizar cálculos y construir argumentos. La llegada de la IA añade una nueva alfabetización: comprender qué puede hacer un modelo, qué no puede hacer, por qué puede inventarse información, cómo comprobar una respuesta y cuándo utilizarlo perjudica el aprendizaje en lugar de mejorarlo.

Un alumno no necesita conocer todos los detalles técnicos de un gran modelo de lenguaje. Pero sí puede aprender que una respuesta formulada con seguridad no necesariamente es verdadera.

Esa competencia será difícil de adquirir si la IA se convierte únicamente en algo que la escuela mantiene fuera de sus puertas.

El riesgo de delegar antes de haber aprendido

Eso no invalida la preocupación del Govern. Existe un argumento educativo sólido para limitar determinadas utilizaciones de la IA durante las primeras etapas del aprendizaje: antes de delegar una capacidad cognitiva, hay que haberla desarrollado.

Una calculadora es extraordinariamente útil, pero aprender aritmética continúa siendo necesario. Un corrector ortográfico puede ayudar a escribir, pero no elimina la necesidad de conocer la lengua. Un GPS facilita llegar a un destino, pero puede reducir nuestra capacidad de orientación si dependemos completamente de él.

Con la IA ocurre algo semejante, aunque a una escala mayor.

Si un niño utiliza sistemáticamente un modelo generativo para resumir antes de haber aprendido a identificar las ideas principales de un texto, redactar antes de haber desarrollado capacidad expresiva o resolver problemas antes de adquirir razonamiento matemático, la herramienta puede convertirse en sustituto del aprendizaje.

El desafío es establecer cuándo ayuda y cuándo sustituye.

Y esa distinción probablemente requerirá más precisión que una frontera única basada exclusivamente en la edad.

Leer libros e introducir IA no tienen por qué ser objetivos incompatibles

La contraposición entre inteligencia artificial y lectura tampoco es inevitable. Se puede defender más lectura, más escritura manual, menos móviles y, simultáneamente, una introducción pedagógica y limitada de la IA.

Un estudiante puede leer Tirant lo Blanc sin ChatGPT y después utilizar una herramienta de IA para contrastar interpretaciones, detectar errores del modelo o analizar cómo cambia una respuesta cuando se formula una pregunta de manera diferente.

La propia falibilidad de la IA puede convertirse en material educativo.

Pedir a los alumnos que encuentren cinco errores en una respuesta generada por un modelo puede enseñar más sobre fuentes, razonamiento crítico y verificación que simplemente advertirles de que la inteligencia artificial se equivoca.

El objetivo no tendría que ser necesariamente introducir más tecnología en las aulas, sino enseñar mejor qué tecnología merece ser utilizada, cuándo y para qué.

La regulación todavía necesita concreción

Hay además cuestiones prácticas que el anuncio todavía debe resolver. ¿Qué significa exactamente «prohibir la IA» hasta los 14 años? ¿Se impedirá utilizar cualquier herramienta generativa? ¿También cuando la emplee un profesor delante de sus alumnos? ¿Quedarán excluidas aplicaciones educativas que incorporen IA de manera invisible? ¿Qué ocurrirá con los buscadores que integren respuestas generativas? ¿Y con los procesadores de texto, traductores, correctores o plataformas de aprendizaje que incorporen modelos de IA?

La frontera tecnológica es cada vez menos evidente.

La IA está dejando de ser una página web concreta a la que un estudiante decide entrar. Empieza a convertirse en una funcionalidad integrada dentro del software.

Por eso, el paso de una recomendación política a una ley necesitará definiciones mucho más precisas. El Govern ha expresado su intención de transformar las recomendaciones en regulación dentro de sus competencias, pero los detalles técnicos y normativos serán determinantes para conocer el alcance real de la medida.

También ha aparecido ya la crítica política. El portavoz de los Comuns en el Parlament, David Cid, calificó la propuesta de «campaña publicitaria» y reclamó concreciones al Govern en materia educativa. Es una valoración política atribuida a su autor, pero evidencia que el anuncio abrirá una discusión parlamentaria sobre su contenido y aplicación.

El verdadero debate es qué significa aprender en la era de la IA

Catalunya no está discutiendo únicamente cuánto tiempo deben pasar los menores delante de una pantalla. Está empezando a discutir algo bastante más importante: qué capacidades humanas debe garantizar la escuela cuando las máquinas ya pueden redactar, resumir, traducir, programar, resolver ejercicios y producir contenidos en segundos.

Proteger la lectura sostenida, la escritura, la memoria, la concentración y el razonamiento tiene todavía más sentido en un mundo rodeado de inteligencia artificial. Precisamente porque una máquina puede producir una respuesta inmediatamente, será más importante que el alumno tenga conocimientos suficientes para saber si esa respuesta merece confianza.

La escuela no puede convertirse en una carrera para introducir la última herramienta tecnológica. Pero tampoco debería confundir toda tecnología con el mismo problema.

Un móvil, TikTok, un videojuego, un libro electrónico y ChatGPT pueden aparecer en una pantalla, pero producen experiencias radicalmente diferentes. La cuestión educativa no debería reducirse al número de horas delante de un dispositivo, sino incorporar qué actividad se realiza, con qué finalidad, a qué edad y bajo qué acompañamiento pedagógico.

La propuesta de Illa tiene la virtud de abrir esa discusión y de colocar en primer plano un problema real: una infancia sometida a una enorme presión digital necesita límites. La dificultad estará en construir esos límites sin convertir la protección en desconocimiento.

Porque los alumnos de hoy vivirán y trabajarán en un mundo lleno de inteligencia artificial. La pregunta decisiva para la escuela catalana no será únicamente hasta qué edad debe mantenerla fuera del aula.

Será a partir de qué edad, de qué manera y con qué criterio debe empezar a enseñar a utilizarla.

Dejar un comentario