La fusión de SpaceX y xAI convierte a Elon Musk en algo más que un empresario tecnológico: lo sitúa al frente de una infraestructura privada con alcance estratégico global, justo cuando Europa cuestiona el poder y los límites de su imperio digital.
El anuncio llegó de madrugada y, como suele ocurrir con Elon Musk, mezcló ambición tecnológica, opacidad financiera y un relato de futuro que apunta mucho más allá de los mercados. El magnate confirmó que su compañía aeroespacial SpaceX ha adquirido la startup de inteligencia artificial xAI, en una operación que integra bajo un mismo paraguas cohetes reutilizables, satélites, redes de telecomunicaciones, centros de datos potenciales y modelos avanzados de IA.
La explicación oficial habla de crear “el motor de innovación integrado verticalmente más ambicioso dentro y fuera de la Tierra”. Pero detrás del mensaje hay algo más concreto: una respuesta radical al cuello de botella energético y computacional que amenaza el desarrollo de la inteligencia artificial a gran escala. Según Musk, la demanda eléctrica que exige entrenar y operar modelos avanzados no puede satisfacerse únicamente desde la Tierra sin generar un impacto ambiental y social insostenible. La solución, sostiene, está en el espacio.
Centros de datos orbitales y el salto fuera del planeta
El plan es tan descomunal como coherente con la trayectoria de SpaceX. Musk asegura que lanzar hasta un millón de toneladas de satélites al año permitiría añadir alrededor de 100 gigavatios de capacidad de cómputo de IA anualmente. En su visión, dentro de dos o tres años la computación más barata para la inteligencia artificial no estará en tierra firme, sino en órbita.
El argumento técnico se apoya en varias ventajas: energía solar continua, disipación de calor más sencilla y transmisión de datos mediante enlaces láser, sin depender de infraestructuras terrestres de fibra óptica. En ese contexto, la constelación Starlink, con más de 9.000 satélites ya operativos, deja de ser solo una red de internet global para convertirse en el esqueleto de futuros centros de computación orbitales.
La integración con xAI aporta el otro elemento crítico: la necesidad voraz de potencia de cálculo. La empresa, valorada en cientos de miles de millones de dólares, quema alrededor de mil millones mensuales en su carrera por competir con los grandes laboratorios de IA. Bajo el paraguas de SpaceX, esa sangría financiera se apoya ahora en una compañía rentable, con contratos estratégicos con la NASA y el Departamento de Defensa estadounidense, y con una capacidad de lanzamiento que ningún competidor iguala.
Del corto plazo a la Luna
El horizonte no se limita a la órbita baja. Musk insiste en que el sistema de lanzamiento Starship permitirá operaciones más allá, incluida la Luna. Allí, plantea, podrían establecerse fábricas capaces de aprovechar recursos lunares para fabricar satélites y desplegarlos directamente en el espacio. Una cadena de producción extraplanetaria que, de materializarse, rompería muchos de los equilibrios actuales de la industria tecnológica y aeroespacial.
Según Bloomberg, el conglomerado resultante podría salir a bolsa con una valoración cercana a los 1,25 billones de dólares, una cifra que lo situaría entre los mayores actores económicos del planeta. La operación recuerda a movimientos anteriores de Musk, como el rescate de SolarCity mediante Tesla, donde trasladó recursos de una empresa sólida para apuntalar otra en dificultades estratégicas.
El otro frente: Europa y la investigación judicial
Mientras Musk dibuja este futuro orbital, en Europa el tono es muy distinto. Las autoridades francesas registraron las oficinas de la red social X en el marco de una investigación abierta en enero de 2025. La Fiscalía de París, con apoyo de la gendarmería y Europol, investiga el funcionamiento del modelo de IA Grok integrado en la plataforma.
Las denuncias apuntan a la difusión de contenidos negacionistas y deepfakes de carácter sexual, incluidos materiales que podrían involucrar a menores. Entre los delitos investigados figuran la complicidad en la posesión de imágenes pedopornográficas, atentados contra la representación de la persona mediante deepfakes, extracción fraudulenta de datos y manipulación de sistemas informáticos.
La Fiscalía ha convocado a Musk y a la directora ejecutiva de X, Linda Yaccarino, a un “interrogatorio libre” el próximo 20 de abril, una figura legal que permite comparecer sin estar detenido, pero que puede desembocar en una imputación formal. Bruselas, por su parte, también ha abierto diligencias sobre el uso de Grok para generar imágenes sexualizadas, reforzando la presión regulatoria sobre el ecosistema Musk .
Un poder difícil de encajar en los marcos clásicos
La coincidencia temporal entre la fusión empresarial y la ofensiva judicial no es casual. Al integrar SpaceX, xAI y X, Musk concentra bajo un mismo techo capacidades que van desde el lanzamiento de satélites y la conectividad global hasta el control de flujos informativos y el procesamiento de grandes volúmenes de datos, incluidos potencialmente datos sensibles y militares.
Para Europa, que intenta reforzar su soberanía tecnológica, este conglomerado plantea un dilema incómodo. SpaceX no es solo un proveedor comercial: es infraestructura crítica. Starlink ha sido esencial en conflictos como el de Ucrania, y los lanzamientos de SpaceX son hoy imprescindibles para múltiples programas institucionales. Regular, limitar o sancionar a Musk implica riesgos geopolíticos que van más allá del ámbito digital.
Algunos analistas comparan este fenómeno con las antiguas Compañías de Indias: entidades privadas con capacidades cuasi soberanas. La diferencia es que, en el siglo XXI, esas capacidades incluyen satélites, algoritmos, redes sociales y sistemas de IA capaces de influir en la opinión pública a escala planetaria.
La fusión como síntoma, no como causa
En realidad, la integración formal de SpaceX y xAI solo hace visible una realidad que ya existía. Ambas compartían talento, datos e infraestructura. Ponerlo por escrito es admitir que el proyecto de Musk funciona como un sistema unificado, no como empresas independientes. Un sistema que combina energía, computación, comunicaciones y narrativas públicas en manos de un único actor privado.
Occidente, que durante años priorizó rapidez e innovación externalizando capacidades críticas, se enfrenta ahora a las consecuencias. El debate ya no es tecnológico ni financiero, sino profundamente político: cómo gestionar un poder que no encaja en los marcos tradicionales de competencia, telecomunicaciones o regulación digital.
La apuesta espacial de Musk puede redefinir el futuro de la inteligencia artificial. Pero su encaje con las democracias liberales, especialmente en Europa, está lejos de resolverse.