La inteligencia artificial se ha instalado en los medios no como una promesa futura, sino como una capa operativa que ahorra tiempo, acelera cierres y multiplica tareas, pero también obliga a redefinir el criterio humano, la ética profesional y el valor real de cada pieza informativa.
La inteligencia artificial ha dejado de ser en los medios de comunicación una conversación de laboratorio, una tendencia de congresos o una curiosidad reservada a equipos de innovación. Ha entrado en la cocina diaria del periodismo. Está en las transcripciones, en los resúmenes, en la documentación previa, en la generación de borradores, en la traducción, en la adaptación lingüística, en el apoyo a titulares y, cada vez más, en procesos audiovisuales y de automatización editorial. El cambio ya no se mide en discursos, sino en rutinas. Y esa es, probablemente, la conclusión más importante que deja el I Estudi sobre l’ús i impacte de la intel·ligència artificial en el periodisme i la comunicació, elaborado por el Grup de Treball d’Intel·ligència Artificial del Col·legi de Periodistes de Catalunya en marzo de 2026: la IA ya está dentro del sistema productivo de medios, agencias y profesionales de la información, aunque su integración siga siendo desigual y esté lejos de haber resuelto sus dilemas más delicados.
El estudio parte de una base modesta, pero muy reveladora: 56 respuestas obtenidas a partir de un formulario de 36 preguntas dividido en cinco áreas temáticas —perfil, uso actual, impacto y resultados, ética y responsabilidad social, e innovación y retos— y distribuido con la colaboración de entidades como XAL, AMIC, APEC y CIC. Su objetivo era claro: conocer cómo la inteligencia artificial está transformando el trabajo en medios de comunicación, agencias y profesionales de la información en Catalunya. No se trata, por tanto, de un informe teórico sobre el potencial de la tecnología, sino de una radiografía aplicada sobre cómo se está usando ya, qué tareas está alterando y qué tensiones introduce en la práctica profesional.
El primer dato que conviene subrayar es que la IA ha penetrado de manera amplia en las rutinas de trabajo. Según el estudio, un 44,6% de las organizaciones encuestadas afirma que la utiliza en algunas áreas, mientras que un 30,4% sostiene que ya está totalmente integrada en su flujo de trabajo. Es decir, tres de cada cuatro participantes se sitúan ya en un escenario de uso efectivo, parcial o pleno. Solo una parte minoritaria sigue aún en fase de exploración puntual. La conclusión es inequívoca: la discusión en los medios ya no gira alrededor de si usar o no IA, sino alrededor de cómo usarla, para qué tareas, con qué controles y bajo qué criterios editoriales.
Ese uso, además, no se distribuye de forma homogénea. La IA no está sustituyendo por completo la actividad periodística central, pero sí está colonizando con rapidez aquellas áreas donde el retorno inmediato es más evidente. El informe identifica como principales campos de aplicación la transcripción de audio a texto, la búsqueda de información y documentación, la redacción de textos, la traducción y adaptación lingüística, la reducción y resumen de textos, la generación de titulares, la ideación, el análisis de datos, la creación de imágenes, la edición audiovisual y, en menor medida, el fact-checking y la integración en software. En otras palabras, la tecnología está ganando terreno allí donde reduce fricción, ahorra tiempo mecánico y permite escalar producción con menos coste operativo.
No es casual que el gran beneficio señalado por los encuestados sea, con diferencia, el ahorro de tiempo. Lo menciona el 89,3% de la muestra. Después aparecen el incremento de la productividad, citado por un 66,1%, y la mejora de la creatividad, con un 35,7%. También se registran referencias a reducción de costes y a la aparición de nuevos productos o servicios, aunque con menor intensidad. El patrón es nítido: en el ecosistema mediático actual, sometido a cierres continuos, plantillas ajustadas, presión multiformato y exigencias de actualización constante, la IA se adopta primero como herramienta de eficiencia. Antes que un salto artístico o una gran disrupción narrativa, se percibe como un mecanismo de alivio operativo.
Ahí reside una de las claves del momento. La inteligencia artificial está siendo absorbida por los medios menos como un ideal tecnológico que como una respuesta pragmática a un problema estructural: hacer más con menos. Por eso la transformación más citada en las tareas internas tiene que ver con la generación de textos y contenidos, seguida de la transcripción de audios y entrevistas y de la automatización de tareas rutinarias o administrativas. La IA, según el informe, se ha convertido ya en una herramienta fundamental para producir borradores, notas de prensa, artículos y resúmenes, mientras libera tiempo en procesos antes tediosos y puramente mecánicos. En términos de organización del trabajo, esto significa que parte del valor se desplaza desde la ejecución básica hacia la supervisión, la edición, la validación y la contextualización.
Sin embargo, el estudio también deja claro que esta adopción no se apoya en una fe ciega. El grado de confianza en los resultados generados por la IA se concentra en una valoración intermedia. La mayoría no la considera una fuente plenamente fiable ni una tecnología madura hasta el punto de poder delegarle el trabajo sin vigilancia. Del mismo modo, cuando se pregunta si la calidad del contenido ha mejorado gracias a la IA, las respuestas vuelven a agruparse en una zona media, con algunos matices positivos, pero sin entusiasmo desbordado. La percepción dominante parece ser esta: la IA mejora procesos, acelera flujos y puede ayudar en determinadas fases del trabajo, pero no garantiza por sí sola mejor periodismo.
Ese matiz es central. Porque uno de los mayores riesgos en el debate público sobre IA y medios consiste en confundir productividad con calidad. El estudio catalán apunta precisamente a esa dualidad. Por un lado, los profesionales reconocen que la tecnología reduce costes, simplifica procesos y permite trabajar con más agilidad. Por otro, aflora el temor a una pérdida de frescura, originalidad y creatividad en los textos. Aparece, de hecho, la preocupación por las “noticias refritas”, por contenidos que repiten, condensan o reformulan materiales existentes sin aportar mirada propia, valor añadido ni trabajo genuino de contraste. Es una advertencia muy relevante: cuanto más fácil es producir texto, más importante se vuelve discernir qué texto merece realmente ser publicado.
En este punto, la IA tensiona una de las bases del oficio. El periodismo no consiste únicamente en convertir información dispersa en frases bien ordenadas. Consiste en jerarquizar, verificar, interpretar, dudar, poner en contexto, detectar lo importante y asumir responsabilidad sobre lo que se publica. La automatización puede asistir en varias de esas capas, pero no resuelve el núcleo profesional del criterio. Por eso el informe insiste en la primacía del factor humano: los participantes subrayan que la supervisión humana permanente y la actitud crítica siguen siendo indispensables para validar la información y evitar errores. La tecnología puede redactar, resumir o sugerir; lo que no puede reemplazar de forma solvente es la responsabilidad editorial plena.
Hay otro dato que merece atención: el uso de la IA no ha desplazado todavía a los buscadores tradicionales. En la búsqueda de información, la mayoría de respuestas se sitúa todavía lejos de un reemplazo completo. Es decir, la IA se integra como apoyo en la documentación, pero no domina todavía esa fase del trabajo. El estudio también señala que el tráfico procedente de recomendaciones de IA sigue siendo, para la mayoría, incipiente o incluso desconocido. Esto introduce una dimensión estratégica de enorme interés para los medios: mientras las redacciones incorporan IA para producir, todavía no tienen claro hasta qué punto las nuevas interfaces basadas en IA les están redistribuyendo audiencia o alterando sus canales de acceso. El riesgo de dependencia futura es evidente, aunque el impacto presente siga siendo difuso.
En paralelo, el mapa de herramientas confirma que el ecosistema es ya fragmentado y competitivo. En generación de textos, ChatGPT aparece como referencia principal, acompañado por Gemini, Copilot, Perplexity, Claude y otras soluciones, incluidas herramientas propias. En imagen, vídeo y audio, la adopción es más dispersa y menos madura, con porcentajes todavía significativos de organizaciones que no usan ninguna herramienta de IA en esos apartados. Esto sugiere que la primera gran ola de incorporación se ha producido en el texto, donde el encaje con las necesidades de redacción es más inmediato, mientras que lo audiovisual avanza, pero con más cautela y mayor heterogeneidad de soluciones.
Conviene además leer estos resultados a la luz del tipo de muestra. El estudio recoge respuestas de medios impresos y digitales, radio, televisión, agencias de comunicación, agencias de marketing, freelancers, creadores de contenido digital y gabinetes institucionales. Predominan las organizaciones privadas y los entornos generalistas, con fuerte peso de estructuras locales o comarcales y de equipos pequeños o muy pequeños. Este punto es importante porque permite entender por qué la IA aparece asociada, sobre todo, a eficiencia y ahorro de tiempo: para redacciones reducidas, profesionales autónomos o estructuras con pocos recursos, cualquier herramienta que alivie carga mecánica tiene un impacto inmediato en la capacidad de producir y sostener actividad.
Donde el informe se vuelve especialmente interesante es en el terreno ético. No porque ofrezca soluciones cerradas, sino porque expone la dimensión del problema. Los comentarios recogidos reflejan inquietud por la fiabilidad, los sesgos, las burbujas informativas y la necesidad de aplicar criterio editorial para corregir distorsiones. También muestran preocupación por cómo integrar la IA respetando los códigos deontológicos del periodismo. No es una alarma abstracta. Si los modelos tienden a condensar consensos aparentes, a sobrepresentar ciertas fuentes, a reproducir errores previos o a ofrecer salidas plausibles pero falsas, el riesgo no es solamente técnico: es profesional y democrático. Un periodismo que delega sin control en sistemas opacos puede acabar erosionando la confianza que precisamente necesita preservar.
Por eso uno de los hallazgos más sólidos del estudio no tiene que ver con la tecnología en sí, sino con la forma en que los periodistas y comunicadores la imaginan a medio plazo. La expectativa dominante no es la sustitución total, sino la simbiosis. La IA se percibe como una herramienta complementaria, un apoyo para redactar, transcribir o resumir, siempre bajo supervisión humana. Al mismo tiempo, se espera una integración progresiva y una normalización creciente de su uso en las redacciones. La paradoja es evidente: cuanto más se generalice, más urgente será establecer protocolos, guías internas, transparencia ante la audiencia y formación específica. La normalización no reduce la necesidad de reglas; la aumenta.
También resulta significativo que la preocupación explícita por el empleo aparezca en segundo plano frente a las expectativas de mejora de calidad y eficiencia. Esto no significa que el riesgo laboral no exista, sino que, en esta fase, buena parte del sector parece interpretar la IA más como una tecnología de reconfiguración de tareas que como una amenaza inmediata de reemplazo masivo. Aun así, sería imprudente leer esta calma como garantía. En medios con estructuras financieras frágiles, la tentación de usar IA no para mejorar periodismo sino para abaratarlo puede intensificarse. El verdadero conflicto no será únicamente si una máquina puede hacer determinadas tareas, sino qué estándares de calidad, autoría y responsabilidad está dispuesto a sacrificar cada medio en nombre de la eficiencia.
En definitiva, la fotografía que deja este informe es la de un sector que ya ha cruzado el umbral de adopción, pero que sigue en plena negociación cultural y profesional con la herramienta. La IA no ha sustituido al periodista, pero sí ha modificado el reparto del tiempo, el valor de ciertas habilidades y la arquitectura de la producción informativa. Ha demostrado utilidad clara en tareas repetitivas y de apoyo. Ha mejorado ritmos y ha abierto posibilidades. Pero también ha situado en primer plano una pregunta incómoda: si producir texto, imagen o audio es ahora más fácil y más barato, ¿qué distingue al periodismo valioso del simple relleno automatizado? La respuesta, a la luz del estudio, no está en la máquina. Está en el criterio editorial, en la verificación, en la transparencia y en la capacidad de sostener una voz propia en medio de una abundancia artificial de contenidos. Ese será el verdadero examen de los medios en la era de la IA.