Atacar la ciencia no es cuestionar expertos: es desarmar a la ciudadanía para que deje de distinguir entre verdad y propaganda.
El año 2025 quedará registrado, según el diagnóstico de Ramon López de Mántaras Badia, como algo más que un episodio de crispación cultural. En su artículo “Un año de ofensiva contra la ciencia”, publicado en El País, el investigador describe un fenómeno de mayor calado: una estrategia sostenida de erosión del conocimiento que no busca solo desacreditar resultados científicos concretos, sino debilitar una de las capacidades centrales de cualquier democracia moderna: la de diferenciar hechos contrastados de relatos fabricados para manipular.
El autor sitúa un punto de inflexión claro el 20 de enero de 2025, con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. A partir de ahí, sostiene, los ataques contra la investigación científica, la universidad y el saber académico alcanzan un nivel inédito, no tanto por su estridencia —que ya había existido— como por su carácter sistemático y su escala institucional.
De la polémica al método: la ofensiva como estrategia
Uno de las aportaciones más relevantes del texto de López de Mántaras es el encuadre del problema. No habla de errores aislados, de declaraciones excéntricas ni de desinformación accidental. Habla de arquitectura de poder. La desinformación, en su análisis, no es un subproducto del ecosistema digital, sino una herramienta diseñada para generar confusión, erosionar consensos y degradar el juicio público.
La normalización del ruido mediático cumple aquí una función precisa: diluir la frontera entre conocimiento y opinión. Cuando el calentamiento global pasa a presentarse como “una creencia”, una “exageración” o directamente una “estafa”, no se está proponiendo un debate científico legítimo; se está desactivando la idea misma de evidencia. La consecuencia es política: si todo es opinable, nada es exigible.
La degradación del consenso científico
El artículo enumera ejemplos concretos de esta deriva. Uno de los más significativos es el tratamiento de consensos científicos consolidados —como el cambio climático o la eficacia de las vacunas— como si fueran narrativas interesadas equivalentes a cualquier rumor. Esta equiparación deliberada entre conocimiento validado y propaganda produce un efecto devastador: el ciudadano deja de saber en qué puede confiar.
El resultado no es neutral. López de Mántaras recuerda cómo problemas de salud pública que se creían controlados, como el sarampión, reaparecen envueltos en discursos alarmistas que presentan las advertencias científicas como exageraciones interesadas. La ciencia pasa así de ser una herramienta de prevención a convertirse, en el relato reaccionario, en una amenaza.
Gobernar borrando palabras
Uno de los rasgos más inquietantes que señala el autor es el borrado administrativo del lenguaje. La eliminación de términos como “diversidad”, “género”, “racismo” o “segregación” de documentos oficiales y proyectos de investigación no es un gesto simbólico: es una forma de intervenir en lo que puede investigarse, enseñarse y pensarse.
El ataque no se limita al discurso público; se materializa en recortes presupuestarios, presión sobre universidades y organismos científicos, y criminalización de campos enteros del conocimiento. La batalla cultural se libra con instrumentos burocráticos. No se trata solo de ganar una discusión, sino de desmantelar la infraestructura que permite producir conocimiento.
Ciencia y democracia: una relación estructural
La tesis central del texto es rotunda: la guerra contra la ciencia es, en realidad, una guerra contra la democracia. No hay deliberación informada sin conocimiento fiable; no hay decisión colectiva legítima si la ciudadanía no puede distinguir entre hechos y propaganda. Atacar la ciencia equivale a vaciar de contenido los procedimientos democráticos.
Aquí López de Mántaras introduce un matiz crucial. La ciencia, afirma, no es neutral en el sentido de indiferente a sus consecuencias sociales, pero tampoco es partidista. No milita en siglas ni en ideologías cerradas. Su fuerza reside en sus procedimientos: verificación, contraste, posibilidad de refutación, corrección de errores. Precisamente por eso resulta incómoda para proyectos autoritarios que se alimentan de dogmas y certezas infalsables.
Autoritarismo, ignorancia y confusionismo deliberado
El texto vincula esta ofensiva con una deriva autoritaria más amplia, que no se limita a Estados Unidos aunque allí tenga un epicentro visible. Las fuerzas reaccionarias globales comparten un rasgo común: la hostilidad hacia el conocimiento crítico. La ignorancia no es un fallo del sistema; es un recurso político.
En ese contexto, la libertad académica aparece como un obstáculo. La universidad, la investigación independiente y el pensamiento crítico dificultan la imposición de relatos simples y emocionales. Por eso se convierten en objetivos prioritarios. No se persigue solo a científicos concretos, sino a la idea misma de que la realidad puede conocerse y discutirse con criterios compartidos.
Defender la ciencia como responsabilidad política
Lejos de un lamento defensivo, el artículo concluye con una llamada a la acción. López de Mántaras subraya que la comunidad científica no ha permanecido pasiva. Iniciativas como Stand Up for Science muestran una respuesta organizada frente a la desinformación y la presión institucional.
Defender la ciencia, insiste, no es un gesto corporativo ni un privilegio de expertos. Es una responsabilidad política en sentido cívico. Proteger los entornos que permiten investigar, enseñar y debatir con libertad equivale a proteger el derecho ciudadano a comprender el mundo y transformarlo.
Cada artículo científico, cada clase impartida, cada proyecto de investigación se convierte así en un acto de resistencia frente a quienes buscan imponer silencio, dogmas y confusión. No para ganar una batalla cultural puntual, sino para preservar las condiciones que hacen posible una sociedad capaz de pensar, deliberar y corregirse a sí misma.
En ese sentido, la conclusión es tan sobria como exigente: la ciencia se ha convertido en una trinchera democrática. No porque garantice respuestas definitivas, sino porque ofrece algo cada vez más escaso: métodos para acercarse a la verdad en un mundo saturado de ruido interesado.
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