Por primera vez, una persona sorda signante puede participar de forma directa en la radio con una voz sintética personalizada.
La inteligencia artificial suele presentarse en los medios como una promesa abstracta, a menudo envuelta en grandes palabras sobre automatización, productividad o asistentes conversacionales. Pero de vez en cuando aparece un proyecto que devuelve la tecnología a un terreno mucho más concreto y mucho más importante: el de los derechos, la accesibilidad y la participación real. Eso es lo que plantea SignarIA, una herramienta desarrollada por investigadores de la Universitat Pompeu Fabra junto con la consultora tecnológica We Are Mortensen, que permite por primera vez que personas sordas signantes puedan intervenir directamente en la radio mediante una voz sintética personalizada.
La propuesta no solo tiene valor técnico. Tiene también un fuerte alcance social, académico y cultural, porque cuestiona una barrera histórica profundamente arraigada: la idea de que la radio, por ser un medio puramente auditivo, queda automáticamente fuera del alcance de quienes se expresan en lengua de signos. Durante décadas, esa exclusión se ha asumido como inevitable. SignarIA demuestra que no lo es.
La relevancia del proyecto no reside únicamente en haber construido un prototipo funcional, sino en haber reformulado una pregunta que durante demasiado tiempo apenas se había planteado: ¿puede una persona sorda signante tener presencia radiofónica propia, directa y reconocible, sin depender siempre de un intermediario? La respuesta es afirmativa, y se articula a través de una combinación sofisticada de visión por computador, modelos de lenguaje adaptados y síntesis de voz basada en un esquema ético de donación vocal.
El sistema capta los signos de la lengua de signos catalana, los interpreta en tiempo real y los convierte en una voz sintética personalizada. Pero aquí hay un matiz fundamental: no se trata de una voz genérica. La voz se construye combinando la huella sonora latente de la persona sorda con la prosodia y la articulación de una persona donante, a menudo un familiar. El objetivo no es solo emitir sonido, sino generar una identidad radiofónica reconocible.
Ese detalle cambia completamente el alcance del proyecto. La mayoría de iniciativas de accesibilidad tecnológica se quedan en la capa funcional: que algo sea usable, que permita completar una tarea o reducir una dificultad. SignarIA va más allá porque entra en el terreno de la identidad. En radio, la voz no es un simple canal de transmisión. Es presencia, matiz, carácter, personalidad pública. Es, en muchos casos, la propia marca del comunicador.
Por eso resulta especialmente relevante que el proyecto no opte por una solución estandarizada o neutra, sino por una voz sintética personalizada, vinculada éticamente a la persona usuaria y construida con sensibilidad respecto a quién presta la voz y cómo se articula esa cesión. En un momento en que la inteligencia artificial generativa plantea interrogantes crecientes sobre propiedad, suplantación y consentimiento, el modelo ético de donación vocal que incorpora SignarIA desde su origen no es un detalle menor, sino uno de sus pilares más sólidos.
El origen del proyecto explica buena parte de su fuerza. SignarIA no nace como una demostración tecnológica pensada para congresos ni como una iniciativa abstracta de laboratorio. Surge de una necesidad concreta: la de la primera alumna sorda que cursa el grado de Periodismo de la UPF en los 34 años de historia de la titulación. Al enfrentarse a la asignatura “Teoría y técnicas del periodismo audiovisual I”, centrada en la radio, aparece el problema de fondo: cómo garantizar que pueda seguirla en igualdad de condiciones.
Esa pregunta, que podría haberse resuelto con una adaptación mínima o una solución asistencial basada exclusivamente en intérpretes, se convirtió en el detonante de una investigación aplicada con vocación transformadora. A partir de ahí, el equipo docente e investigador empezó a explorar soluciones que permitieran superar la barrera estructural de la radio como medio exclusivamente auditivo.
De esa búsqueda surge la alianza con We Are Mortensen y el desarrollo de un prototipo capaz de transformar la lengua de signos catalana en voz personalizada. La secuencia es reveladora: la innovación no nace aquí de una agenda tecnológica previa, sino del contacto directo con una necesidad real. Y esa necesidad concreta —la de una estudiante— acaba abriendo una vía inédita para toda una comunidad.
Los responsables del proyecto subrayan que el prototipo ya funciona, aunque todavía requiere mejoras. Roger Cassany, profesor del Departamento de Comunicación de la UPF e investigador principal, señala que ahora el trabajo se centra en afinar el corpus, mejorar la visión por computador y optimizar el modelo de lenguaje, además de explorar en el futuro la dimensión emocional de la voz sintética.
Pero hay una afirmación especialmente significativa: la herramienta ya es utilizable y solo necesita personalización. Esto sitúa a SignarIA en un punto poco habitual en proyectos de este tipo. No es una promesa a largo plazo ni un experimento incipiente, sino una base tecnológica operativa con capacidad de impacto inmediato.
Ese impacto ya se está produciendo. Marcel Mauri, también investigador principal, explica que la estudiante que inicialmente tuvo que seguir la asignatura de radio mediante intérprete ahora puede participar directamente en el Taller Integrado de Periodismo de tercero, con quince horas semanales de radio. Este dato convierte a SignarIA en algo más que un desarrollo técnico: lo convierte en una herramienta que modifica condiciones reales de participación.
No se trata solo de demostrar que la inclusión es posible. Se trata de evidenciar que esa inclusión ya está transformando la experiencia educativa concreta y obligando a repensar cómo se enseña y se practica el periodismo.
El alcance del proyecto, sin embargo, va mucho más allá del ámbito universitario. La radio es aquí tanto un campo de prueba como un símbolo. Si una persona sorda signante puede intervenir directamente en radio, las implicaciones se extienden a múltiples ámbitos: podcasting, comunicación institucional, creación sonora, formación, divulgación o participación en medios.
Durante años, el debate sobre accesibilidad en comunicación se ha centrado en soluciones como subtítulos o interpretación en lengua de signos. Todas ellas siguen siendo imprescindibles. Pero SignarIA introduce una dimensión nueva: la posibilidad de que una lengua visogestual tenga proyección sonora mediada por inteligencia artificial sin perder identidad ni control ético.
Otro elemento clave del proyecto es su enfoque participativo. No se ha diseñado de espaldas a la comunidad. Se han organizado grupos de discusión con personas sordas signantes para analizar usos y evaluar impacto, así como con profesorado para explorar su aplicación educativa. Esta metodología evita uno de los errores más frecuentes en tecnología inclusiva: diseñar para colectivos sin diseñar con ellos.
Además, SignarIA no se limita a la herramienta. Ha generado conjuntos de datos de libre acceso para impulsar la investigación en lengua de signos catalana, un aspecto estratégico en un contexto donde las lenguas minorizadas sufren una enorme escasez de recursos digitales.
El equipo ha desarrollado metodologías innovadoras para generar datos sintéticos, como la conjugación de verbos en LSC, en colaboración con LSC Lab y la cooperativa Laifari. Esto no solo mejora el proyecto actual, sino que deja infraestructura abierta para futuras investigaciones.
En ese sentido, SignarIA representa un ejemplo claro de tecnología situada: una innovación que no busca imponerse desde un enfoque universal, sino responder a una realidad concreta. Y precisamente por eso tiene potencial para escalar y replicarse en otros contextos, lenguas de signos y entornos comunicativos.
La presentación pública del proyecto, acompañada de una mesa redonda sobre periodismo e inclusión, refuerza esa dimensión. No se trata solo de una herramienta, sino de una intervención en el debate sobre quién tiene voz en los medios y en qué condiciones.
La aparición de SignarIA plantea una pregunta incómoda para el sector: si la barrera tecnológica empieza a desaparecer, ¿qué justificación queda para la exclusión?
Conviene, no obstante, evitar el triunfalismo. El propio equipo reconoce que aún hay trabajo por hacer. Pero esa honestidad refuerza el valor del proyecto. No promete soluciones mágicas, sino avances reales, medibles y en evolución.
En un contexto donde la inteligencia artificial oscila entre la exageración y el miedo, SignarIA recuerda algo esencial: la tecnología también puede servir para reparar desigualdades concretas. No como eslogan, sino como práctica.
Y en ese gesto —el de permitir que alguien que nunca había podido hacerlo pueda sonar en la radio con una voz propia— reside su verdadera potencia.