SoftBank ha cerrado una de las mayores apuestas privadas en la historia de la inteligencia artificial: 40.000 millones de dólares invertidos en OpenAI, la empresa creadora de ChatGPT. Con este movimiento, el conglomerado japonés se convierte en uno de los principales accionistas de la firma, solo por detrás de Microsoft. La operación, completada a finales de 2025, marca un punto de inflexión en el equilibrio de poder de la IA global.
Capital para la era de los modelos gigantes
La inversión se distribuyó en varios tramos. El más reciente, de más de 22.000 millones, se realizó en diciembre de 2025. Los pagos anteriores sumaban cerca de 18.000 millones, canalizados tanto de forma directa como a través de co-inversores. El acuerdo inicial, firmado en marzo del mismo año, establecía un compromiso progresivo de financiación para apoyar la división con fines de lucro de OpenAI.
Con esta inyección, la valoración de la compañía superó los 300.000 millones de dólares. Algunos analistas apuntan que las ventas secundarias de acciones, cerradas en octubre, pudieron situar esa cifra cerca de los 500.000 millones. Una escala que no solo refleja el potencial comercial de sus modelos de lenguaje, sino también la carrera geopolítica por liderar la próxima infraestructura digital. En comparación, inversiones récord como la de Microsoft en OpenAI en 2023 (10.000 millones) quedan claramente por debajo.
La otra cara de la IA: servidores, terrenos y megavatios
El capital de SoftBank no solo se traduce en participaciones. Buena parte del acuerdo está vinculado al proyecto Stargate, una iniciativa conjunta de OpenAI, Microsoft, Oracle y la propia SoftBank para construir centros de datos masivos que permitan entrenar los futuros modelos de IA. El plan incluye el despliegue de cientos de miles de chips especializados, como los diseñados por Nvidia o AMD, infraestructuras de refrigeración líquida y acuerdos energéticos con proveedores regionales para asegurar suministro constante.
Este tipo de instalaciones ya no son simples granjas de servidores: son factorías de cálculo que consumen tanta energía como una ciudad mediana, como Zaragoza o Curitiba. El papel de SoftBank en este frente recuerda su estrategia pasada con ARM: invertir no solo en el software, sino en los cimientos físicos de la próxima plataforma tecnológica.
Lo que se gana, lo que se vende
Para acometer esta operación, SoftBank desinvirtió en otros sectores. Entre las ventas destacan su participación en Nvidia y parte de su posición en T-Mobile. Con estos movimientos, Masayoshi Son, fundador del grupo, reorienta su cartera hacia lo que considera el corazón de la próxima revolución tecnológica. Es una jugada que combina riesgo y visión: apostar todo a que la IA generativa no es solo una moda, sino la base de una nueva infraestructura económica.
Ecos de otras burbujas, o algo distinto
Las cifras recuerdan a otras eras de euforia tecnológica, como la burbuja puntocom a finales de los noventa. Pero a diferencia de aquellas startups infladas, OpenAI ya factura, ya lanza productos, ya se integra en empresas y servicios. Microsoft es su socio estratégico, y las rondas de financiación se producen en un contexto de competencia directa con Google, Amazon y nuevos actores chinos.
El perfil de SoftBank, sin embargo, le otorga un rol distinto: no compite por productos, sino por infraestructuras. Invierte en los cimientos que otros usarán. Y en este escenario, su participación en OpenAI podría ofrecerle no solo retornos financieros, sino una posición de influencia sobre qué IA se construye y dónde se despliega.
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