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Dario Amodei y Sam Altman trabajaron juntos para construir OpenAI antes de que una disputa sobre el poder, Microsoft, la seguridad y quién debía controlar una futura AGI acabara provocando una ruptura de la que nació Anthropic, hoy el principal rival de OpenAI.

La batalla entre OpenAI y Anthropic no empezó con ChatGPT contra Claude, ni con una guerra de precios, ni con los contratos empresariales, los anuncios del Super Bowl o la carrera por construir los modelos más potentes del mundo. Empezó mucho antes, dentro de la propia OpenAI, cuando Sam Altman y Dario Amodei trabajaban para la misma organización y compartían, al menos sobre el papel, un objetivo extraordinariamente ambicioso: desarrollar una inteligencia artificial avanzada que beneficiara a la humanidad. El reportaje que Kevin Roose publica en The Atlantic reconstruye cómo aquella colaboración acabó transformándose en una de las enemistades personales y empresariales más importantes de Silicon Valley y, sobre todo, por qué esa ruptura continúa condicionando la carrera actual hacia la inteligencia artificial general y la superinteligencia.

Roose, periodista especializado en tecnología y autor de The AGI Chronicles: The Inside Story of the Race to Create an Artificial Superintelligence, explica que dedicó alrededor de un año a investigar el origen de la fractura y realizó más de 150 entrevistas. El resultado ofrece una lectura distinta de una historia que suele explicarse simplemente como una divergencia sobre la seguridad de la IA. La seguridad fue fundamental, pero la separación también estuvo atravesada por luchas de poder, desacuerdos estratégicos y una pérdida profunda de confianza entre quienes tenían que decidir cómo desarrollar una tecnología que ellos mismos consideraban potencialmente más poderosa que cualquier otra creada hasta entonces.

Cuando Amodei trabajaba para Altman

Dario Amodei, físico formado en Princeton, había trabajado en Google antes de incorporarse en 2016 a una OpenAI todavía muy diferente de la empresa actual. La organización había nacido como laboratorio sin ánimo de lucro y defendía que una inteligencia artificial de capacidades extraordinarias debía desarrollarse pensando en el interés general. Amodei fue adquiriendo un papel central en la investigación y terminó dirigiendo buena parte de los esfuerzos relacionados con el escalado de los modelos.

Ese periodo es importante porque desmiente la idea de que OpenAI y Anthropic representen dos escuelas completamente separadas. Una parte importante del ADN científico de ambas compañías procede del mismo lugar. Amodei y varios de quienes posteriormente fundarían Anthropic participaron directamente en el desarrollo de OpenAI antes de marcharse. Los actuales competidores fueron durante años compañeros intentando resolver los mismos problemas.

Pero conforme aumentaba la capacidad de los modelos también aumentaban las discrepancias sobre qué hacer con ellos. OpenAI necesitaba cantidades crecientes de capital y capacidad computacional. Entró Microsoft. La organización creada inicialmente como una entidad sin ánimo de lucro fue desarrollando una estructura comercial que le permitiera captar miles de millones. Para Altman, acceder a enormes recursos era una condición para competir y avanzar. Para Amodei y otros investigadores, cada movimiento empresarial abría nuevas preguntas sobre la misión fundacional y sobre quién acabaría controlando una tecnología potencialmente transformadora.

La relación comenzó a deteriorarse.

El temor no era solo la tecnología, sino quién tendría el poder

Uno de los aspectos más llamativos de la reconstrucción de Roose es que las diferencias no giraban únicamente alrededor de si los modelos eran seguros. También afectaban al poder institucional. Amodei desconfiaba de algunas decisiones de Altman y Greg Brockman y temía que la organización pudiera alejarse de sus compromisos originales a medida que crecían las necesidades comerciales.

Entre los episodios reconstruidos por The Atlantic aparece una controvertida propuesta relacionada con cómo distribuir el acceso a una futura AGI entre gobiernos. Según el relato de Roose, dentro de OpenAI llegó a discutirse un planteamiento que contemplaba una especie de mecanismo competitivo para ofrecer acceso a esa tecnología, con la posibilidad de incluir incluso a países como Rusia o China. La propuesta alarmó profundamente a Amodei y se convirtió en otro elemento de una desconfianza que ya era difícilmente reversible.

La cuestión de fondo era extraordinaria: si OpenAI conseguía desarrollar una inteligencia superior o comparable a la humana, ¿quién debía decidir quién podía utilizarla? ¿Una empresa? ¿Su consejo de administración? ¿Los gobiernos? ¿El mercado? ¿Los científicos que habían construido el sistema?

No eran discusiones filosóficas abstractas. Quienes participaban en ellas creían que podían estar tomando decisiones con consecuencias históricas.

El «divorcio» que dio origen a Anthropic

A finales de 2020, la convivencia se hizo insostenible. Dario Amodei, su hermana Daniela y otros investigadores abandonaron OpenAI. Entre ellos figuraban profesionales que posteriormente ocuparían posiciones centrales en Anthropic, como Jack Clark y Sam McCandlish. El grupo acabaría fundando en 2021 una compañía cuyo nombre pretendía expresar su filosofía: construir inteligencia artificial orientada hacia los seres humanos.

La salida fue algo más que una escisión empresarial. Dentro del grupo se llegó a hablar del episodio como un «divorcio». Anthropic nació con la intención inicial de ser un laboratorio relativamente contenido, muy concentrado en investigación y seguridad. Pero la lógica competitiva de la IA transformó rápidamente aquella idea.

Para investigar modelos avanzados había que construirlos. Para construirlos hacía falta capacidad computacional. Para conseguirla hacían falta miles de millones. Y para justificar esas inversiones había que desarrollar productos y competir comercialmente.

Anthropic terminó recorriendo, aunque con diferencias importantes, un camino que recordaba al que sus fundadores habían cuestionado en OpenAI: grandes inversiones, alianzas con gigantes tecnológicos, modelos cada vez más capaces y una expansión comercial acelerada.

La pequeña organización dedicada a la seguridad se convirtió en una compañía con miles de trabajadores y Claude pasó de ser un experimento de laboratorio a competir directamente con ChatGPT por usuarios, desarrolladores y grandes clientes corporativos. La paradoja acompaña a Anthropic desde entonces: la empresa sostiene que la IA puede representar riesgos extraordinarios para la humanidad mientras participa activamente en la carrera por construirla.

Claude contra ChatGPT: la rivalidad sale del laboratorio

Con el crecimiento de Anthropic, la ruptura personal se convirtió en competición empresarial. OpenAI y Anthropic empezaron a disputar el mismo talento, los mismos clientes, los mismos inversores y una posición privilegiada en el mercado de la IA generativa.

Las diferencias también se trasladaron al relato público. Anthropic ha intentado proyectarse como una alternativa especialmente centrada en la seguridad y la fiabilidad, mientras que desde OpenAI se ha cuestionado la coherencia de una empresa que alerta sobre los peligros de la IA mientras acelera el desarrollo de modelos cada vez más potentes.

La rivalidad alcanzó una visibilidad excepcional en 2026. Durante el Super Bowl, Anthropic emitió anuncios que ironizaban sobre la posibilidad de introducir publicidad en asistentes de inteligencia artificial, una referencia inequívoca a la estrategia de OpenAI con ChatGPT. La campaña presentaba implícitamente a Claude como una alternativa sin anuncios y convirtió una diferencia de modelo de negocio en un ataque público contra su principal competidor.

Las tensiones también se hicieron visibles en encuentros públicos. Una fotografía de Altman y Amodei en una cumbre internacional en India circuló ampliamente porque ambos aparecían evitando estrecharse la mano mientras el resto de participantes del escenario sí lo hacía. Una imagen anecdótica acabó funcionando como metáfora de una relación deteriorada desde hacía años.

Una enemistad que ya forma parte de la cultura de ambas empresas

El reportaje de The Atlantic va más lejos y sostiene, basándose en personas próximas a los protagonistas, que la animadversión continúa siendo intensa. Roose relata que Dario y Daniela Amodei mantienen una profunda hostilidad hacia Altman y Brockman y que, en conversaciones internas, el consejero delegado de Anthropic habría llegado a describir a OpenAI y a Altman en términos extremadamente duros. En sentido contrario, personas de OpenAI han cuestionado las motivaciones de los Amodei y han interpretado parte de su discurso sobre seguridad como una forma de diferenciación empresarial. Son caracterizaciones atribuidas a fuentes y conversaciones reconstruidas por el periodista, no hechos que permitan determinar las intenciones personales de ninguno de los protagonistas.

Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de toda la historia. Ambas organizaciones dedican enormes cantidades de recursos a conseguir que sus modelos sean cooperativos, prudentes, amables y capaces de resolver conflictos razonablemente. Sin embargo, las personas que dirigen esas compañías mantienen una relación marcada por años de desconfianza.

Y esa desconfianza importa porque no estamos hablando únicamente de dos empresarios enfrentados por una cuota de mercado.

Dos visiones enfrentadas que cada vez se parecen más

OpenAI y Anthropic suelen presentarse como culturas distintas. OpenAI ha construido una marca de alcance masivo, con ChatGPT como producto global y una estrategia orientada a extender la inteligencia artificial a centenares de millones de usuarios. Anthropic ha cultivado una imagen más técnica, empresarial y vinculada a la seguridad, con Claude como un sistema especialmente dirigido al trabajo profesional, la programación y tareas complejas.

Pero cuanto más crecen, más se parecen.

OpenAI habla cada vez más de seguridad, alineamiento y límites al desarrollo. Anthropic crea productos comerciales cada vez más ambiciosos y necesita enormes cantidades de capital e infraestructura. Las dos empresas construyen agentes. Las dos buscan clientes corporativos. Las dos necesitan centros de datos gigantescos. Las dos compiten por los mejores investigadores. Y las dos sostienen que sus sistemas podrían convertirse en tecnologías de una trascendencia histórica excepcional.

Incluso sus posiciones sobre la necesidad de reducir la velocidad de la carrera han convergido recientemente. Este septiembre, Amodei pidió desacelerar el aumento de capacidades y permitir un mayor control independiente. Altman respaldó la idea de evaluadores externos con acceso profundo a los sistemas y Elon Musk también apoyó públicamente parte de la propuesta. Rivales que llevan años acusándose mutuamente de equivocarse sobre cómo desarrollar la IA empiezan a coincidir en que la velocidad alcanzada puede ser peligrosa.

La paradoja que define la carrera hacia la superinteligencia

Esta coincidencia convierte la rivalidad reconstruida por Kevin Roose en algo más que una crónica de Silicon Valley. Altman y Amodei discreparon precisamente porque ambos consideraban extraordinariamente importante quién construiría la IA avanzada y bajo qué reglas. El resultado de aquella disputa fue la creación de otra compañía capaz de competir por construirla.

El intento de reducir el riesgo produjo más competencia.

Anthropic nació, en parte, de la preocupación por la dirección que estaba tomando OpenAI. Pero su éxito convirtió una carrera con un gran protagonista en una carrera con dos. Después llegaron Google DeepMind, xAI, Meta y otros actores. Cada empresa argumenta que no puede detenerse porque otra podría adelantarse. Y cada nuevo competidor aumenta la presión sobre los demás.

Esa es probablemente la dimensión más relevante del relato de The Atlantic. La historia de OpenAI y Anthropic permite entender que la carrera actual no está determinada únicamente por avances científicos. También está condicionada por relaciones humanas, incentivos económicos, conflictos institucionales y una cuestión que lleva una década sin resolverse: quién debe tener el poder de construir una inteligencia superior a la humana si esa posibilidad acaba materializándose.

Altman y Amodei empezaron intentando responder juntos a esa pregunta. Terminaron convencidos de que no podían confiar el uno en el otro para hacerlo.

Y de aquella ruptura nacieron dos de las organizaciones que hoy corren más deprisa para llegar primero.

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