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Catalunya lidera en producción científica, pero arrastra déficits estructurales —cooperación, transferencia, digitalización y gobernanza— que frenan la conversión del conocimiento en innovación y progreso.

La semana pasada participé en un debate con un grupo de ingenieros, algunos de ellos miembros de la asociación El País del Demà, que llevaba por título: Catalunya: ciencia excelente, innovación pendiente, y cuyo objetivo era analizar las razones por las que no somos capaces de convertir, plenamente, el importante avance científico que se genera en progreso socioeconómico gracias a la innovación.

El punto de partida fue que Catalunya dio un salto cualitativo extraordinario en ciencia y que hoy genera conocimiento de primer nivel. Un hecho indiscutible, como también lo es que no hemos avanzado con la misma intensidad en innovación. Y sin innovación no se cierra el círculo virtuoso entre ciencia, competitividad y progreso social.

El primer aspecto debatido fue si la solución pasa por destinar más recursos. No hubo discrepancia en que hace falta más inversión y mejorar significativamente la retribución de los investigadores. Pero la solución no es solo una cuestión de dinero, dado que es necesario abordar, a la vez, una serie de problemas estructurales; de no hacerlo, el incremento presupuestario será insuficiente para revertir la situación.

Entre estos problemas se constató que existe una falta de voluntad innovadora real en parte de la Administración y del tejido empresarial, ya que a menudo no se apuesta de forma prioritaria y continuada por la innovación. En segundo lugar, estamos inmersos, igual que en gran parte de la UE, en una mentalidad excesivamente reguladora y de control: hay una obsesión por saber cómo se han gastado el dinero, más que por conocer los resultados alcanzados. En tercer lugar, a nivel de las pymes, existe un déficit en transformación digital que dificulta mejorar la productividad y crecer. En cuarto lugar, persiste una falta de capacidad de cooperar para competir. Y, en quinto lugar, se constató una falta de apoyo a los centros tecnológicos y una alarmante disociación entre universidades, centros de investigación e industria.

Identificados estos cinco aspectos, adicionales a la falta de financiación, el debate evolucionó constatando que la ciencia que se hace en Catalunya es global y, en gran parte, pública. Pero, por la estructura del tejido productivo y la falta de cooperación efectiva, muchas aplicaciones de los avances se materializan en otros ecosistemas mejor preparados o en los países de origen donde tienen su sede las empresas que colaboran con nuestros centros de investigación. Esto implica que el valor, fruto de nuestra investigación, se valoriza fuera. Al mismo tiempo, se constata que nuestros hubs locales son de baja intensidad competitiva, lo que nos limita.

Como todo diagnóstico sin propuesta de solución no es un buen diagnóstico, el debate identificó que una de las primeras actuaciones debería centrarse en integrar plenamente a las universidades y los centros de investigación dentro del ecosistema empresarial próximo, configurando polos de innovación de proximidad, con el apoyo indispensable de los centros tecnológicos, y orientándolos a trabajar de manera competitiva con todas las empresas del país. Unas áreas de innovación que, combatiendo la endogamia, articulen vínculos estructurales con ecosistemas empresariales innovadores y de alta competencia, atrayendo a multinacionales con centros de I+D punteros que actúen como motores del sistema.

La creación de ecosistemas de innovación requiere que la Administración pública deje de ser solo gestora de recursos y subvenciones para convertirse en una verdadera palanca de innovación, impulsando la cooperación innovadora con el tejido empresarial y superando la confrontación público-privada.

El debate se prolongó considerando las diversas aristas de la problemática y el papel de Europa con sus paradojas, moviéndose entre la discrepancia y los matices, pero con una clara coincidencia: para superar estos obstáculos hacen falta recursos, pero sobre todo valentía política y capacidad de transformación, desterrando la comodidad de preservar modelos del pasado.

Antoni Garrell Guiu

Ingeniero industrial especialista en temas de tecnología, innovación y economía del conocimiento.

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