Skip to main content

Cuando todo lo denominamos IA, la palabra pierde sentido.

Como ocurrió con Internet, la IA dejará de ser un nombre para convertirse en infraestructura. La inteligencia artificial no existe. O, dicho de otro modo, no existe tal y como la usamos ahora: como una palabra mágica que sirve para nombrarlo casi todo. Cuando una palabra pretende decirlo todo, empieza a no decir nada.

Con Internet ocurrió algo parecido. Durante unos años, todo era Internet. Las empresas hacían «proyectos de Internet», los medios hablaban «de Internet» como si fuera un mundo aparte. Después empezamos a usar nombres más precisos: webs, buscadores, redes sociales, streaming, nube… Internet no desapareció; se volvió tan importante que dejó de ser noticia. Se convirtió en infraestructura.

Ahora vivimos el mismo momento con la inteligencia artificial. Todo es IA. Un chatbot, un traductor, un recomendador, un diagnóstico médico, un asistente personal. Todo en el mismo saco. Es normal: estamos en la fase inaugural, la de la etiqueta común. Pero esa etiqueta no durará siempre. Pronto hablaremos menos de inteligencia artificial y más de agentes, asistentes, copilotos, sistemas autónomos. Y más adelante, simplemente lo usaremos sin nombrarlo.

Mientras tanto, repetimos el mismo péndulo moral. Primero el entusiasmo, iba a hacernos más libres. Después el pánico: pornografía, pederastia, falsificaciones, el fin de la verdad. Con la IA pasa exactamente igual. Pero las tecnologías no tienen moral. No inventan los males de una sociedad, pero sí pueden amplificarlos, acelerarlos y hacerlos más difíciles de detectar. Por eso no basta con admirarlas o condenarlas. Hay que entenderlas, gobernarlas e incorporarlas con criterio.

Quizá la mejor forma de mirar este momento sea situarlo en una secuencia más larga. La electricidad amplió nuestra capacidad física. Internet amplió nuestra capacidad relacional e informativa. Ahora la IA se apoya sobre ambas y apunta a ampliar nuestra capacidad cognitiva: interpretar, generar, decidir, automatizar, actuar.

No sustituye ni a la electricidad ni a Internet, depende de las dos. Pero sobre esas dos capas puede convertirse en una tercera gran infraestructura: una capa cognitiva que atraviese el trabajo, la educación, la salud, la cultura, la política y la vida diaria. El día que dejemos de hablar de inteligencia artificial no significará que haya desaparecido, significará que ha triunfado, que habrá dejado de ser etiqueta para convertirse en subsuelo, eso que no se ve, pero lo hace casi todo posible.

Antoni Esteve

(Con colaboración de la IA).

Antoni Esteve

Periodista y empresario. Editor de Paréntesis MEDia.

Dejar un comentario