La llegada de John Ternus a la dirección de Apple abre una etapa decisiva: la compañía prepara para 2027 AirPods con cámara, gafas inteligentes, nuevos plegables y el iPhone del vigésimo aniversario, pero su mayor reto puede estar dentro de casa, en devolver al diseño el poder que tuvo con Steve Jobs y Jony Ive.
Apple se aproxima a uno de esos momentos en los que una compañía no solo cambia de productos, sino de centro de gravedad. Durante la era de Steve Jobs y Jony Ive, el estudio de diseño industrial fue mucho más que un departamento creativo. Era el corazón simbólico y operativo de Apple. Allí se concebían los objetos que luego cambiarían la cultura tecnológica: el iMac original, el iPod, el iPhone, el iPad. Allí acudían ingenieros, responsables de operaciones, ejecutivos y equipos de marketing no solo para ver prototipos, sino para entender hacia dónde iba la empresa.
Ese equilibrio se ha ido diluyendo. Según Mark Gurman, en su boletín Power On de Bloomberg, la gran prioridad del nuevo consejero delegado John Ternus debería ser rehacer el equipo de diseño y devolver al aspecto, tacto y experiencia de uso de los productos un papel central en la compañía.
La tesis es relevante porque Apple no se juega únicamente una sucesión corporativa. Se juega la identidad. Tim Cook convirtió Apple en una máquina de escala global, disciplina operativa, rentabilidad, servicios, logística y márgenes. Su etapa consolidó una de las compañías más valiosas de la historia. Pero la pregunta que se abre ahora es distinta: ¿puede Apple volver a emocionar con productos que no solo funcionen impecablemente, sino que parezcan inevitables, deseables y culturalmente superiores?
John Ternus llega con un perfil muy distinto al de Cook. No procede de la cadena de suministro, sino del hardware. Se incorporó a Apple en 2001, ha estado vinculado al desarrollo del Mac, el iPad, los AirPods y otros productos clave, y fue ganando peso hasta convertirse en una de las figuras más visibles de la ingeniería de hardware. Reuters informó en abril de 2026 de que Ternus sucederá a Tim Cook como CEO de Apple a partir del 1 de septiembre de 2026, mientras Cook pasará a ejercer como presidente ejecutivo.
El nombramiento tiene una lectura evidente: Apple quiere afrontar la nueva etapa desde el producto. Y esa decisión llega en un momento especialmente delicado. La compañía ha sido cuestionada por su retraso relativo en inteligencia artificial generativa, por el despliegue irregular de Apple Intelligence, por la lenta maduración de Siri y por la recepción limitada de Vision Pro. Mientras OpenAI, Google, Meta, Anthropic y otras compañías han ocupado el imaginario de la IA, Apple ha mantenido su prudencia habitual. Esa prudencia, que durante años fue una virtud, empieza a parecer una forma de retraso si no se traduce pronto en productos convincentes.
Ahí es donde el diseño vuelve a ser decisivo. Apple nunca ha ganado solo por llegar antes. Ha ganado cuando ha logrado llegar mejor. El iPod no fue el primer reproductor de música. El iPhone no fue el primer teléfono inteligente. El iPad no fue la primera tableta. El Apple Watch no fue el primer reloj conectado. La diferencia estaba en convertir categorías confusas en objetos comprensibles, deseables y fáciles de usar. Esa alquimia no nace solo de la ingeniería ni de la eficiencia operativa. Nace de una cultura de producto en la que diseño, hardware, software y experiencia de usuario trabajan con una obsesión común.
Según Bloomberg, el estudio de diseño industrial de Apple ya no tiene la influencia, credibilidad y peso interno que tuvo durante décadas. Eso explica una parte del debate. No se trata únicamente de fichar a nuevos diseñadores o cambiar organigramas. Se trata de decidir quién manda realmente en la definición del producto. Durante la era Jobs-Ive, el diseño no era decoración posterior. Era estrategia. Las demás áreas se alineaban alrededor de una visión formal, funcional y emocional del producto. La pregunta para Ternus es si Apple puede recuperar algo parecido sin copiar el pasado.
La marcha de Jony Ive en 2019 marcó el final simbólico de una época. Después llegó la salida de otros nombres relevantes del equipo de diseño. El grupo perdió continuidad, visibilidad y poder. Al mismo tiempo, Apple se fue convirtiendo en una organización cada vez más grande, más regulada, más dependiente de ciclos de actualización y más presionada por servicios, márgenes y ecosistema. En ese contexto, el diseño corre el riesgo de convertirse en una función más, subordinada a ingeniería, operaciones y marketing, en lugar de actuar como fuerza integradora.
El riesgo de Apple no es fabricar malos productos. Su problema es más sutil: fabricar productos excelentes que ya no sorprenden. El iPhone mejora cada año, pero muchas de esas mejoras son incrementales. El Mac vive una etapa sólida gracias a Apple Silicon, pero no representa por sí solo una nueva categoría cultural. El Apple Watch sigue siendo relevante, aunque ha madurado. Los AirPods son un gran éxito, pero también necesitan una nueva razón de ser. Vision Pro mostró ambición tecnológica, pero su precio, peso, aislamiento y caso de uso limitado impidieron convertirlo en fenómeno masivo.
Por eso 2027 se perfila como un año crucial. Bloomberg y otros medios han avanzado que Apple prepara una oleada de productos especialmente cargada: AirPods con cámaras, gafas inteligentes, un nuevo iPhone plegable, la continuación de esa línea plegable y un iPhone 20 vinculado al vigésimo aniversario del teléfono que redefinió la empresa. The Verge, citando la información de Bloomberg, resume esa hoja de ruta como una combinación de AirPods con cámaras para dar contexto visual a la IA, unas futuras gafas inteligentes y una nueva generación de iPhone plegable.
La acumulación de lanzamientos no garantiza el éxito. De hecho, puede aumentar el riesgo. AirPods con cámara, gafas inteligentes, plegables y un iPhone conmemorativo son apuestas muy distintas, pero comparten una pregunta central: ¿puede Apple definir la interfaz de la IA personal? Hasta ahora, la IA generativa se ha vivido sobre todo en pantallas, chats, buscadores, aplicaciones de productividad y asistentes conversacionales. Apple parece preparar otra respuesta: llevar la IA al cuerpo, al oído, a la vista, al bolsillo y al entorno físico del usuario.
Los AirPods con cámara son quizá el ejemplo más extraño y revelador. A primera vista, la idea puede sonar excesiva: auriculares con cámaras integradas. Pero si se piensa desde la IA contextual, adquiere sentido. Un asistente verdaderamente útil no solo debería escuchar órdenes; debería entender lo que el usuario ve, dónde está, qué objeto tiene delante, qué gesto realiza o qué información necesita en un momento concreto. Unos AirPods con sensores visuales podrían ofrecer contexto a Siri o a futuros sistemas de IA sin obligar al usuario a sacar el iPhone.
El problema es que esa visión roza zonas sensibles: privacidad, vigilancia, aceptación social, batería, ergonomía y utilidad real. Apple tendría que diseñar no solo un dispositivo técnicamente viable, sino socialmente aceptable. Google Glass fracasó en parte porque la cámara en la cara generaba rechazo. Meta ha avanzado con las Ray-Ban Meta, pero todavía hay dudas sobre hasta qué punto el público acepta cámaras integradas en objetos cotidianos. Apple deberá resolver esa tensión con una combinación de diseño, señales visuales, límites de uso y una narrativa clara de utilidad.
Las gafas inteligentes representan un desafío aún mayor. Apple lleva años explorando la computación espacial, pero Vision Pro demostró que la excelencia técnica no basta si el producto es caro, pesado y difícil de integrar en la vida diaria. Unas gafas más ligeras, más sociales y más orientadas a IA podrían ser una vía distinta. No se trataría necesariamente de proyectar un mundo de realidad aumentada completa, sino de crear una interfaz de asistencia permanente, discreta y contextual. Pero aquí, de nuevo, el diseño lo es todo. Nadie quiere llevar en la cara un laboratorio de prototipos. Las gafas deben parecer gafas, no una declaración de ingeniería.
El iPhone plegable será otra prueba de madurez. Apple llega tarde a una categoría donde Samsung, Huawei, Honor, Oppo y otros fabricantes llevan años experimentando. Esa demora puede convertirse en ventaja si Apple logra resolver los puntos débiles tradicionales: grosor, pliegue visible, fragilidad, peso, autonomía, precio y adaptación del software. Pero también puede ser una desventaja si el mercado ya percibe los plegables como una categoría estabilizada. En este terreno, Apple deberá demostrar que esperar tenía sentido.
El iPhone 20, vinculado al aniversario del iPhone original, tiene una carga simbólica especial. El iPhone de 2007 no fue solo un producto. Fue el objeto que reorganizó la industria tecnológica, la telefonía, el software, la fotografía, la música, el comercio, los medios y la relación cotidiana con internet. Lanzar un modelo conmemorativo dos décadas después obliga a algo más que una actualización bonita. Apple necesitará un gesto de diseño reconocible, una ruptura formal o una experiencia que justifique la narrativa del aniversario.
Y ahí vuelve el dilema inicial: sin un equipo de diseño fuerte, esa hoja de ruta puede convertirse en una lista de especificaciones. Cámaras en AirPods, pantallas plegables, chips más avanzados, gafas con IA, iPhone aniversario. Todo eso puede sonar impresionante en una presentación, pero Apple no se hizo Apple por enumerar componentes. Se hizo Apple por convertir componentes en experiencias. La diferencia entre un producto más y un icono está en la coherencia entre forma, función, interfaz y deseo.
Ternus, como ingeniero de hardware, puede entender mejor que nadie esa frontera. Su reto será no dejar que Apple se convierta en una compañía dominada exclusivamente por rendimiento, sensores y roadmaps. La nueva etapa exigirá recuperar la autoridad del diseño sin caer en la nostalgia de Ive. El objetivo no puede ser volver al minimalismo extremo, a la delgadez a cualquier precio o a decisiones controvertidas tomadas en nombre de la pureza formal. La Apple de 2027 necesita otro tipo de diseño: más sensible al contexto, más atento a la IA, más responsable con la privacidad, más consciente de la reparabilidad, más flexible y más humano.
El rediseño del equipo de diseño debería empezar por devolverle interlocución estratégica. Si el estudio de diseño no está en la mesa donde se definen categorías, calendarios y prioridades, llega tarde. No basta con embellecer productos decididos por ingeniería. El diseño debe participar en la pregunta anterior: qué problema humano merece resolverse y con qué forma de interacción. En la era de la IA, esa pregunta será aún más importante, porque los productos tenderán a escuchar, mirar, anticipar y actuar. Cuanto más íntima sea la tecnología, más exigente debe ser su diseño.
La privacidad es un ejemplo claro. Apple ha construido buena parte de su diferenciación pública alrededor de la protección de datos. Pero los dispositivos que se rumorean para 2027 —AirPods con cámaras, gafas inteligentes, asistentes visuales— llevan esa promesa al límite. No bastará con decir que los datos se procesan en el dispositivo o que Apple protege al usuario. Habrá que diseñar señales, límites, permisos, modos de uso y experiencias que resulten comprensibles. La privacidad también es diseño.
La inteligencia artificial plantea otra tensión. Durante años, Apple ha preferido integrar tecnologías de forma silenciosa, sin convertirlas en espectáculo. Pero la IA generativa ha cambiado las expectativas. Los usuarios comparan Siri con ChatGPT, Gemini, Claude o Copilot. Esperan conversaciones naturales, memoria contextual, respuestas útiles, acciones complejas y asistencia multimodal. Si Apple quiere que sus nuevos dispositivos tengan sentido, necesita que la IA deje de ser una promesa aplazada y se convierta en una experiencia cotidiana fiable.
El hardware puede ser la vía de Apple para diferenciarse. OpenAI domina la conversación, Google domina infraestructura y modelos, Meta avanza en gafas y dispositivos sociales, Microsoft integra IA en productividad. Apple tiene otra ventaja: controla el dispositivo que millones de personas llevan encima, el reloj que registra su cuerpo, los auriculares que usan a diario, el ordenador con el que trabajan, la tableta con la que consumen contenido y el sistema operativo que lo conecta todo. Si consigue que la IA viva de forma natural en ese ecosistema, puede recuperar terreno.
Pero esa ventaja solo funciona si el producto resulta impecable. Unas gafas de IA mal diseñadas serían un problema reputacional. Unos AirPods con cámara percibidos como invasivos serían un error cultural. Un plegable demasiado caro o frágil sería una prueba de que Apple llega tarde. Un iPhone 20 sin una idea fuerte sería una oportunidad perdida. La hoja de ruta de 2027 puede ser el gran relanzamiento de Apple o una acumulación de apuestas dispersas.
La historia de Apple demuestra que el diseño no es un adorno. Es una forma de mando. Cuando el diseño tiene poder, la compañía dice no a muchas cosas, simplifica, concentra y convierte complejidad técnica en claridad de uso. Cuando el diseño pierde poder, los productos pueden volverse más funcionales pero menos memorables. La Apple de Cook fue extraordinaria en ejecución. La Apple de Ternus tendrá que demostrar si puede volver a ser extraordinaria en imaginación.
Eso no significa despreciar el legado de Cook. Al contrario. Sin la escala, los chips propios, la cadena de suministro, los servicios y la base instalada construidas durante su mandato, Apple no tendría la posición desde la que ahora puede intentar su siguiente salto. Pero cada etapa exige una virtud distinta. Cook fue el CEO de la eficiencia global. Ternus deberá ser, si quiere marcar época, el CEO de la recomposición del producto.
La comparación con Jobs e Ive es inevitable, pero también injusta si se interpreta literalmente. Apple no puede recrear 2007. El mundo tecnológico es más maduro, más regulado, más fragmentado y más escéptico. Los usuarios ya no reciben cada novedad con inocencia. Preguntan por privacidad, precio, utilidad, dependencia, sostenibilidad y fatiga digital. La nueva belleza tecnológica no será solo visual. Tendrá que ser ética, funcional y ambiental. Un producto bello será también el que no invada, no agobie, no complique y no obligue a vivir pendiente de otra pantalla.
En ese contexto, la prioridad número uno de Ternus no debería ser lanzar más productos, sino reconstruir el criterio que decide qué productos merecen existir. Esa es la esencia del diseño en Apple. No se trata de elegir colores, materiales o curvas. Se trata de decidir qué experiencias tienen sentido y cuáles deben descartarse. La compañía necesita volver a formular una visión clara sobre cómo deben sentirse los dispositivos personales en la era de la IA.
2027 puede ser el año más importante de Apple desde la presentación del Apple Watch o incluso desde el iPhone. Pero su éxito no dependerá solo de cuántos productos lleguen al mercado. Dependerá de si esos productos cuentan una historia coherente. AirPods con cámara, gafas inteligentes, plegables y un iPhone aniversario podrían ser piezas de una nueva plataforma de computación personal. O podrían parecer intentos separados de responder a presiones externas. La diferencia será el diseño.
Apple se encuentra ante una paradoja. Tiene más recursos que nunca, más usuarios que nunca y una integración vertical que casi ningún competidor puede igualar. Pero también arrastra una presión creciente para demostrar que sigue siendo capaz de abrir caminos, no solo de perfeccionarlos. La llegada de John Ternus ofrece una oportunidad para reequilibrar la empresa hacia el producto, pero esa oportunidad exige decisiones difíciles: dar más poder al diseño, rejuvenecer su liderazgo creativo, asumir riesgos formales y volver a convertir la experiencia de uso en el centro de la estrategia.
La pregunta decisiva no es si Apple lanzará muchos dispositivos en 2027. Todo indica que lo hará. La pregunta es si esos dispositivos volverán a tener esa cualidad que hizo distinta a la compañía: parecer sencillos después de haber resuelto una complejidad enorme. Si Ternus logra eso, Apple podrá abrir una nueva etapa. Si no, 2027 será recordado como un año lleno de productos, pero no necesariamente como el año en que Apple recuperó su alma.