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El divulgador advierte de que el gran desafío no es el destino final de la IA, sino gestionar una transición que transformará el empleo, la economía, la educación y las instituciones

«Los riesgos no son tecnológicos. Los riesgos son políticos, económicos y sociales.»

«No se trata de ganar la Champions. Se trata de tener una red de seguridad.»

«Esto no es una moda tecnológica. Es un cambio de época. Y los cambios de época no esperan a nadie.»

Cuando ChatGPT apenas empezaba a despertar la curiosidad del gran público, Jon Hernández (Barcelona, 1983) ya advertía de que la inteligencia artificial no era una moda pasajera, sino el comienzo de un cambio de civilización. Fotógrafo autodidacta desde 2008, creador de contenidos y divulgador tecnológico, ha conseguido explicar una tecnología extraordinariamente compleja con un lenguaje directo, cercano y comprensible. En apenas dos años se ha convertido en una de las voces más influyentes de la divulgación sobre IA en castellano. Su canal de YouTube, Inteligencia Artificial, reúne a cientos de miles de seguidores, ha impulsado una escuela de formación con alumnos de todo el mundo y asesora a profesionales y empresas que intentan comprender la magnitud de la transformación. Con Jon Hernández nos une, además, una relación de hace tiempo, y le agradecemos especialmente que sea seguidor y lector de Paréntesis MEDia y de Algoritmo Transparente. Hernández rechaza la etiqueta de gurú y se define como una persona «absolutamente normal». Su libro, La hostIA que viene, condensa su principal advertencia: la revolución que se avecina no será únicamente tecnológica, sino que alterará profundamente nuestra manera de trabajar, producir, gobernar y entender la sociedad.

—¿Cómo se explica que en tan poco tiempo se haya convertido en una de las principales voces de la divulgación sobre IA en castellano?

—Es una pregunta difícil de responder. Yo creo que, precisamente, la clave es que soy una persona absolutamente normal. La mayoría de la gente que me ve se siente reflejada en mí. No vengo del mundo técnico ni pretendo explicar la IA como lo haría un investigador o un ingeniero.

—¿Eso es una ventaja?

—Yo creo que sí. La inteligencia artificial es extraordinariamente compleja. Si te la explican con un lenguaje demasiado técnico, es muy fácil perderse. En cambio, si alguien te la explica como te la explicaría un amigo tomando una cerveza, todo resulta mucho más sencillo. Es más fácil de digerir, más fácil de procesar y, sobre todo, más útil.

—Ha huido de los tecnicismos.

—Porque creo que no aportan nada. A la gente no le interesa tanto entender cómo funciona matemáticamente un modelo de lenguaje como saber de qué manera cambiará su trabajo, su empresa o su vida. Ese es el debate real.

—También hay otra característica muy evidente: su lenguaje es muy directo.

—Porque es mi manera de ser. No es un personaje. Hablo exactamente igual delante de una cámara que cuando estoy tomando una cerveza con un amigo, cuando estoy con la familia o cuando participo en una reunión de dirección de una empresa. Evidentemente, intento controlar un poco los tacos dependiendo del contexto, pero la forma de comunicar es la misma.

—¿No teme que esa espontaneidad le reste credibilidad?

—Al contrario. Creo que a los adultos hay que tratarlos como adultos. Existe demasiada tendencia a endulzarlo todo, a envolver los mensajes para que no molesten a nadie. Yo prefiero explicar las cosas tal como las veo. Siempre recuerdo una frase que me gusta mucho: «Por encima de todo, dame verdad». Es lo que intento hacer.

—Mucha gente lo considera un tecnooptimista. ¿Se reconoce en esa definición?

—No demasiado. Me considero realista.

—Pero suele poner mucho énfasis en los riesgos de la IA.

—Sí, porque creo que existe un enorme desequilibrio. La inmensa mayoría de los divulgadores explican los beneficios de la inteligencia artificial, y es normal porque son espectaculares. Los veremos en medicina, educación, investigación científica, productividad… Pero los beneficios prácticamente vendrán solos.

—En cambio…

—En cambio, los problemas no. Los problemas exigirán mucha gestión. Precisamente por eso les dedico tanta atención.

—Es la tesis central de su libro, La hostIA que viene.

—Exactamente. Yo odio y amo la IA a partes iguales. Me apasionan las oportunidades que abre, pero, al mismo tiempo, me preocupan profundamente las consecuencias que puede tener si no gestionamos bien esta transformación.

—¿Qué consecuencias?

—La sociedad tiende a mirar únicamente los beneficios inmediatos porque son muy visibles. Los riesgos, en cambio, son más sutiles. No se ven tanto, pero están ahí. Y precisamente porque son menos evidentes necesitan mucha más atención.

—Por eso algunos lo consideran pesimista.

—Sí, pero no es cierto. No creo que la IA acabe destruyendo a la humanidad. De hecho, pienso que lo más probable es que termine aportándonos enormes beneficios. Mi problema no es el destino final.

—¿Cuál es, entonces?

—La transición.

—Una palabra que repite mucho.

—Porque creo que ahí estará el verdadero reto. Tanto si la IA acaba funcionando extraordinariamente bien como si termina generando problemas, habrá una etapa intermedia muy dura. Tendremos que transformar mercados laborales enteros, sectores económicos, sistemas educativos e instituciones públicas. Esta transición es lo que realmente me preocupa, y tengo la sensación de que todavía no le estamos dando la importancia que merece.

—Durante mucho tiempo la IA parecía una conversación reservada a las empresas tecnológicas. Ahora, en cambio, los gobiernos entran de lleno. El papa le dedica una encíclica, Donald Trump convierte la IA en una prioridad estratégica y la rivalidad con China marca toda la política tecnológica mundial. ¿Hemos entrado en una nueva etapa?

—Sí. Y, de hecho, creo que es una muy buena noticia. Hace solo dos años hablábamos de inteligencia artificial casi exclusivamente desde una perspectiva tecnológica. Hoy ya es evidente que es mucho más que eso. Es economía, defensa, soberanía, política internacional y acabará afectando a la manera en que se organizan los Estados.

—¿Le ha sorprendido el Vaticano?

—Muy positivamente. El papa ha hecho una aportación muy importante. Puede que no comparta todas las conclusiones a las que llega ni todas las propuestas que plantea, pero valoro enormemente que una figura con esa influencia mundial haya decidido situar la IA en el centro del debate público.

—¿Por qué es tan importante?

—Porque ha conseguido algo que los divulgadores no habíamos sido capaces de hacer. Cuando el papa habla de inteligencia artificial, millones de personas que hasta ese momento consideraban que era un asunto exclusivamente tecnológico empiezan a entender que afecta al conjunto de la sociedad. Eso es muy valioso.

—Aun así, también ha criticado algunos de sus planteamientos.

—Sí, porque creo que es un discurso algo ingenuo en algunos aspectos. Identifica bien determinados riesgos, pero aporta pocas soluciones. Ahora bien, tampoco creo que esa sea su función. Su trabajo consiste en alertar sobre cuestiones morales y antropológicas. Las respuestas tendremos que construirlas entre todos.

—¿Y qué le parece el giro de Estados Unidos?

—También lo considero positivo. No entro tanto a valorar las decisiones concretas de Donald Trump como el hecho de que el Gobierno estadounidense haya asumido que la IA es una cuestión de Estado.

—Hasta el punto de intervenir directamente en algunos modelos.

—Exacto. Cuando un Gobierno decide retirar temporalmente un modelo del mercado o imponer determinadas restricciones, está enviando un mensaje muy claro: esto es suficientemente importante como para que el Estado intervenga.

—¿La reunión entre Trump y Xi Jinping sobre IA también iba en esa dirección?

—Absolutamente. No sabemos de qué hablaron porque prácticamente no se ha explicado nada, pero el simple hecho de que ambos líderes dedicasen una cumbre a hablar específicamente de IA ya indica hasta qué punto se trata de un asunto estratégico.

—¿Es una nueva carrera espacial?

—En algunos aspectos es todavía más importante. La IA no solo determinará quién lidera la innovación tecnológica. Determinará quién controla la productividad, el desarrollo científico, la defensa, la investigación biomédica, la educación y, en definitiva, buena parte del poder mundial.

—Por eso insiste en que la sociedad todavía no es consciente.

—Exacto. Seguimos pensando en ChatGPT o en los generadores de imágenes, pero eso solo es la punta del iceberg. Lo que está en juego es mucho más profundo. Hablamos de una tecnología que transformará la manera en que trabajamos, aprendemos, tomamos decisiones e incluso entendemos el mundo.

—Europa, en cambio, parece ir varios pasos por detrás.

—Esa es mi sensación.

—¿Por qué?

—Porque existe una diferencia muy clara entre considerar la IA una prioridad absoluta o considerarla una prioridad más. Estados Unidos y China juegan la primera partida. Europa todavía juega la segunda.

—Suele poner el ejemplo de las inversiones.

—Sí, porque las cifras son muy ilustrativas. Cuando ves que China anuncia inversiones directas de cientos de miles de millones de euros en inteligencia artificial y comparas esas magnitudes con las europeas o españolas, te das cuenta inmediatamente del lugar que ocupa esta cuestión en la agenda política de cada uno.

—No es una cuestión de dinero.

—No. Es una cuestión de prioridades. Evidentemente, España no puede invertir lo mismo que China, pero tampoco es normal que, proporcionalmente, la diferencia sea tan enorme. Eso indica hasta qué punto nosotros todavía no hemos asumido la importancia estratégica de la IA.

—Hay quien culpa a Europa de imponer demasiada regulación.

—Discrepo bastante.

—¿Por qué?

—Porque es demasiado fácil convertir a Bruselas en el chivo expiatorio. Francia también es Europa y está invirtiendo mucho más. Por tanto, el problema no es solo Europa. El problema es la falta de ambición de algunos Estados miembros.

—¿Eso incluye a España?

—Sí. Creo que durante los primeros años todavía era comprensible que existiesen dudas. Después de la aparición de ChatGPT, había expertos que aseguraban que todo aquello sería una moda pasajera, una especie de nuevo metaverso, mientras otros advertían de que comenzaba una transformación histórica. Entiendo que muchos gobiernos fueran prudentes.

—¿Pero ahora ya no?

—No. Ahora ya no hay excusa. Hoy, cualquier responsable político que continúe menospreciando la IA está cometiendo un grave error. Dentro de unos años será recordado como aquel dirigente que no entendió lo que representaba internet en los años noventa. La diferencia es que esta vez el coste puede ser todavía mayor.

—Ha insistido en que Europa necesita modelos propios.

—Es imprescindible.

—¿Aunque nunca alcancen el nivel de OpenAI o Google?

—Sí. No se trata de ganar la Champions. Se trata de tener una red de seguridad.

—¿Qué quiere decir?

—Que si algún día Estados Unidos decide restringir el acceso a sus modelos más avanzados —y ya hemos visto movimientos en esa dirección—, Europa no puede quedarse sin alternativas.

—¿Es un riesgo real?

—Cada vez más. Si Washington decide que determinadas tecnologías solo pueden ser utilizadas por empresas estadounidenses, o si Pekín adopta una decisión similar, Europa se encontraría completamente a merced de otros.

—Y eso afectaría a las empresas.

—Por supuesto. Una empresa no puede construir toda su actividad sobre una tecnología que mañana puede desaparecer por una decisión política. Necesitamos, como mínimo, un modelo europeo suficientemente competitivo para continuar funcionando, aunque no sea el mejor del mundo.

—Por tanto, la soberanía tecnológica ya no es un concepto teórico.

—No. Es una necesidad económica y geopolítica. Si no tenemos tecnología propia, siempre dependeremos de las decisiones de los demás. Y eso, tarde o temprano, acaba pasando factura.

—En los últimos meses hemos visto cómo Estados Unidos restringía el acceso a algunos modelos de IA muy avanzados. ¿Este escenario explica que insista tanto en la necesidad de que Europa desarrolle modelos propios?

—Exactamente. Como decía, hay quien interpreta esta reivindicación como una cuestión de orgullo europeo, pero no lo es. Es una cuestión de supervivencia. Si los mercados extranjeros se cierran, nuestra economía sufriría un bloqueo absoluto si no dispusiera de alternativas propias.

—No se trata, por tanto, de competir con OpenAI.

—No. Es evidente que hoy Europa no está en condiciones de liderar esta carrera. Pero eso no significa que debamos renunciar a participar en ella. Como comentaba, funciona como un seguro, una especie de plan B en el que apoyarnos para mantener la competitividad regional.

—Es un seguro.

—Exactamente. Porque si algún día te cierran el grifo tecnológico por motivos geopolíticos, lo peor que puede ocurrirte es descubrir que no has desarrollado ninguna base de contingencia en casa.

—Por eso insiste en que hace falta invertir más en talento y no solo en infraestructuras.

—Es una de las cosas que más me preocupan. Estamos hablando mucho de centros de datos, superordenadores y gigafactorías, que son importantes, pero el gran valor sigue siendo el talento.

—¿Europa lo tiene?

—Por supuesto que sí. El talento está aquí. El problema es que no somos capaces de retenerlo.

—¿Qué falla?

—Que nuestros mejores investigadores acaban marchándose a OpenAI, Google, Anthropic o Meta porque allí les ofrecen recursos, libertad y salarios que aquí nadie puede ofrecerles. No podemos lamentarnos después de no tener grandes modelos europeos si antes hemos dejado escapar a todas las personas capaces de construirlos.

—Suele poner el ejemplo de DeepSeek.

—Porque demuestra que todavía hay margen. Mucha gente piensa que únicamente las empresas gigantes pueden crear modelos competitivos, y no es cierto. DeepSeek ha demostrado que equipos relativamente pequeños, con mucho talento y una buena estrategia, pueden competir mucho más arriba de lo que todo el mundo imaginaba.

—Por tanto, el problema europeo no es la falta de científicos.

—No. El problema es que todavía no hemos convertido la inteligencia artificial en una prioridad política comparable a la de Estados Unidos o China. El talento sin una apuesta estratégica termina marchándose allí donde sí existe esa visión a largo plazo.

—Otra batalla es la regulación. Apple acusa a Europa de frenar el despliegue de muchas funcionalidades de inteligencia artificial. ¿Tiene razón?

—No del todo. Es muy fácil construir el relato de que Europa impide innovar, pero la realidad es más compleja.

—¿Por qué?

—Porque muchas de estas discusiones tienen bastante más que ver con la competencia que con la tecnología. Europa le dice a Apple que, si tiene una posición dominante en el mercado de los teléfonos, no puede reservarse en exclusiva el acceso a determinadas funcionalidades del sistema operativo.

—Es el caso de Siri.

—Exacto. Si Siri tiene acceso a determinadas funciones internas del dispositivo, otros asistentes como Gemini, ChatGPT o Perplexity también deberían poder competir en condiciones similares. Eso es lo que intenta garantizar la normativa europea.

—Apple, en cambio, lo presenta como un problema regulatorio.

—Es su estrategia. Y es legítimo que defienda sus intereses empresariales. Pero también es legítimo que Europa intente evitar una situación de monopolio.

—Existe una paradoja evidente: Apple acaba apoyándose en modelos de Google.

—Sí, pero tampoco me parece especialmente sorprendente. Hoy prácticamente todos los laboratorios aprovechan conocimientos desarrollados por otros. Nadie empieza completamente desde cero.

—Por tanto, no ve contradictorio que Apple utilice tecnología derivada de Gemini.

—No. Me parece una decisión empresarial inteligente. Si puedes ahorrarte años de desarrollo aprovechando una tecnología existente y construir sobre ella tu propia arquitectura, es perfectamente razonable.

—El debate, por tanto, es otro.

—Exactamente. El debate es si esa tecnología estará abierta a la competencia o quedará encerrada dentro de un ecosistema propietario. Ahí es donde entran las instituciones públicas.

—Durante muchos meses parecía que Anthropic se había situado claramente por delante de OpenAI. ¿Continúa pensando lo mismo?

—No exactamente. Hubo un momento muy claro en el que Anthropic hizo mejor las cosas.

—¿Qué ocurrió?

—OpenAI quiso hacer demasiadas cosas al mismo tiempo. Puso mucho el foco en el consumidor final: Sora, las imágenes, el hardware, posibles redes sociales… Intentó ocupar todos los espacios posibles.

—Mientras Anthropic…

—…se concentró en una sola cosa: construir el mejor producto posible para empresas, especialmente para desarrolladores de software. Esa especialización le proporcionó una gran ventaja durante unos meses.

—¿Fue un error estratégico de Sam Altman?

—Yo creo que sí. Durante un tiempo OpenAI perdió el foco.

—Pero eso ha cambiado.

—Sí. Cuando OpenAI detecta que Anthropic está ganando terreno en el mercado corporativo, reacciona muy rápidamente. Codex demuestra que han entendido perfectamente dónde estaba el problema.

—Por tanto, en el momento de esta entrevista —OpenAI todavía no había anunciado GPT-5.6—, ¿vuelve a situar a OpenAI en cabeza?

—Creo que hoy la situación está mucho más equilibrada de lo que mucha gente piensa. Anthropic continúa teniendo puntos muy fuertes, pero OpenAI ha recuperado mucho terreno.

—Y el mercado empresarial también valora otra cosa.

—La fiabilidad.

—Es ahí donde entra el factor político.

—Exactamente. Una empresa necesita estabilidad. No puede construir todos sus procesos sobre un modelo que puede desaparecer o quedar restringido por una decisión política de un día para otro. Esa estabilidad tiene un enorme valor. Y OpenAI, hoy, transmite más estabilidad que Anthropic.

—¿Cuestiona el liderazgo empresarial de Dario Amodei?

—Sí. Y no tiene nada que ver con su capacidad científica.

—¿Qué quiere decir?

—Que una cosa es ser un investigador extraordinario y otra muy diferente dirigir una empresa valorada en decenas o cientos de miles de millones de dólares.

—No es lo mismo ser un gran ingeniero que un gran CEO.

—Exactamente. Son trabajos completamente diferentes.

—¿Por eso admira más a Sam Altman?

—Como director ejecutivo, sí. Ha sabido construir alianzas políticas, empresariales e institucionales muy sólidas. Esa también es una parte esencial del trabajo de un CEO.

—¿Y Satya Nadella?

—Para mí es uno de los grandes referentes. Ha convertido Microsoft en una empresa mucho más relevante de lo que era hace diez años y lo ha hecho tomando decisiones muy inteligentes.

—Demis Hassabis también sale muy bien parado en su análisis.

—Es probablemente la persona con la que me siento más cómodo. Me transmite una combinación muy equilibrada de rigor científico, prudencia y visión estratégica.

—Si tuviera que confiar a alguien las llaves del futuro de la IA…

—Probablemente sería Demis Hassabis. Es quien más confianza me genera entre todos los grandes líderes actuales.

—Cuando habla de la falta de ambición de Europa siempre acaba regresando al mismo concepto: el talento. ¿Por qué le concede tanta importancia?

—Porque es el recurso más valioso que tenemos. En Europa hay investigadores extraordinarios, ingenieros excelentes y universidades capaces de competir con cualquier país del mundo. El problema es que, con demasiada frecuencia, ese talento acaba trabajando para empresas estadounidenses porque es allí donde encuentra recursos, proyectos y una apuesta decidida.

—Por tanto, no es una cuestión de capacidad.

—No. Es una cuestión de estrategia. Nos hemos acostumbrado demasiado a formar talento para que después lo capitalicen otros. Eso es lo que deberíamos cambiar.

—¿Cree que todavía estamos a tiempo?

—Sí, pero no durante mucho más tiempo. La ventana de oportunidad continúa abierta, pero cada año que pasa será más difícil recuperar el terreno perdido. Las grandes decisiones se están tomando ahora.

—Usted procede del mundo de la fotografía. ¿Cuándo comenzó esa relación con la imagen?

—La fotografía ha sido mi gran pasión desde 2008. Durante muchos años fue mi lenguaje para explicar el mundo y, de alguna manera, creo que eso también explica la forma en que hoy divulgo la inteligencia artificial. Siempre intento explicar conceptos muy complejos de una manera visual y muy intuitiva.

—Muchos creadores temen que la IA termine sustituyendo a la creatividad humana. ¿Comparte esa preocupación?

—No exactamente. Lo que cambiará será la manera de crear. Del mismo modo que la fotografía no mató a la pintura ni el cine mató a la fotografía, la inteligencia artificial tampoco eliminará la creatividad. Lo que hará será modificar sus herramientas.

—¿Habrá profesiones creativas que desaparecerán?

—Habrá trabajos que cambiarán profundamente. Algunos desaparecerán tal como los conocemos hoy y surgirán muchos otros. Esto ha ocurrido siempre que ha aparecido una gran tecnología. La diferencia es que esta vez todo sucederá mucho más deprisa.

—Por eso insiste tanto en la necesidad de adaptarse.

—Exacto. El problema no es que aparezca una nueva tecnología. El problema es pensar que podemos continuar trabajando exactamente igual que antes.

—¿Tiene la sensación de que la sociedad continúa infravalorando la magnitud del cambio?

—Sí. Creo que todavía estamos hablando demasiado de ChatGPT, de generar imágenes o de escribir textos, cuando todo eso solo es la superficie.

—¿Qué es lo que todavía no estamos viendo?

—Que la inteligencia artificial transformará todas las estructuras productivas. No solo determinadas profesiones. Estamos hablando de sanidad, educación, Administración pública, industria, investigación científica, finanzas… No habrá prácticamente ningún sector que no resulte afectado.

—También los medios de comunicación.

—Por supuesto. El periodismo tendrá que redefinir muchas cosas. Producir información será mucho más barato, pero eso hará que el valor no esté en generar más contenido, sino en producir mejor contenido.

—La confianza.

—Exactamente. En un mundo lleno de contenidos generados automáticamente, la credibilidad será todavía más valiosa que hoy.

—Por tanto, no ve un futuro sin periodistas.

—No. Veo un futuro en el que los buenos periodistas serán todavía más necesarios. Lo que desaparecerá serán muchas tareas mecánicas que hoy todavía ocupan mucho tiempo.

—Cuando escucha algunos discursos sobre la IA, ¿tiene la sensación de que existe demasiada pasividad?

—Sí. A menudo parece que esperamos que la tecnología resuelva por sí sola todos los problemas. Y eso no ocurrirá.

—¿Por qué?

—Porque la tecnología solo es una herramienta. Las herramientas no deciden cómo se utilizan. Las decisiones continuamos tomándolas las personas.

—También los gobiernos.

—Especialmente los gobiernos. Por eso insisto tanto en que los riesgos no son tecnológicos. Los riesgos son políticos, económicos y sociales. La tecnología evolucionará igualmente. La diferencia estará en si nosotros sabemos gestionar bien esa evolución.

—Si tuviera que resumir todo lo que hemos hablado en una sola idea, ¿cuál sería?

—Que todavía estamos a tiempo.

—¿A tiempo de qué?

—De hacer bien las cosas. Todavía podemos construir una transición razonable hacia una sociedad profundamente transformada por la inteligencia artificial. Pero eso exige empezar a tomar decisiones hoy.

—¿Cuál es la decisión más urgente?

—Entender que esto no es una moda tecnológica. Es un cambio de época. Y los cambios de época no esperan a nadie.

—¿Es optimista?

—Soy prudente. Sigo pensando que el resultado final puede ser extraordinariamente positivo. La inteligencia artificial puede permitirnos avanzar más en medicina, ciencia, educación o calidad de vida que cualquier otra tecnología anterior.

—Pero…

—Pero eso no ocurrirá automáticamente. Dependerá de las decisiones que tomemos durante los próximos años.

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